Viernes, 20 de enero de 2017

| 1986/03/24 00:00

EL SALON LA PATRIA: ¿CUAL REALIDAD?

La nostalgia de una realidad perdida frente a la práctica restauración de lugares habitables en Italia

EL SALON LA PATRIA: ¿CUAL REALIDAD?

El antiguo Salón Azul, que fuera comedor pequeño del Palacio de Nariño, ahora ostenta, entre las yeserías de antes, pero entre nuevos colores neutros y cálidos, los cuadros de Antonio Barrera. Ellos fueron especialmente contratados por la Presidencia de la República, y especialmente pintados para los plafones allí existentes. El altista los llevó a cabo haciendo cuatro tipos de referencias temáticas al territorio del país, a través de los ocho lienzos: a la zona selvática, a la región andina, y a cada una de las dos plataformas costeras. Ese resumen del relato físico y geográfico, que quizás deba ser leído como primer y basico marco referencial, está realizado en un estilo de pintura que evidencia la conmoción de Barrera luego de su permanencia de varios años en París. Además denota su cercanía con los impresionistas, sobre todo con el Monet de la plenitud ejecutoria. En esos términos, la técnica del brochazo roto arma alusiones más sugestivas que narrativas, y diferentes evocaciones de tipo atmosférico y climático que enuncian el predominio de una noción romántica y sentimental, que a su vez permite eludir las presencias humanas, las realidades sociales y políticas para admitir la existencia fundamentalista impoluta, del paisaje que evidente mente es anterior a cualquier intervención cultural. La obra de Barrer; está calificada por un sentido del buen gusto que le permite existir en esto ambientes dieciochescos sin crear mayores conflictos ni contradicciones, su ajuste a las exigencias murales contrasta con el desorden en que está colgado el resto de la colección de la casa presidencial.

* * *
Centros históricos italianos
En el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, en su segundo piso, está a la vista la exposición que contempla los asuntos propios a la intervención, restauro y reinterpretación de los sectores cargados de historia de la nación italiana, lo cual es mucho decir dada la tradición de cultura de la misma; exposición que se cuenta entre las más interesantes que hemos visto en la capital de Colombia últimamente. Ella ha sido organizada por el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia, y puesta en marcha como muestra itinerante por la América Latina a partir de un acuerdo con el Ministerio de Cultura de Cuba. Esta última entidad está interesada en los asuntos de la conservación de zonas históricas que constituyen uno de los grandes filones de potencial turístico de aquel país, y se ha apoyado en la experiencia de los italianos para lograr objetivos muy concretos. Por los propósitos que la misma persigue, es ésta una exposición trascendente, pues ilustra la recuperación de cierto tipo de entorno, sobre todo urbano (aunque las relaciones campo-ciudad están seria y frecuentemente tenidas en cuenta en muchos de los casos incluidos), a través de proyectos que a veces son sectoriales y afectan barrios o ciudades enteras, y que a veces también son puntuales y se refieren sólo a obras específicas de la arquitectura.
Los muchos casos tratados incluyen ciudades tan distintas y distantes entre si como Palermo en Sicilia, y Trieste en los confines con Yugoeslavia, así como toda una secuencia de casos específicos localizados en Venecia, que por su particular tejido urbano y figura edilicia exige un tipo de respuesta muy especial, moderada por la mayor discreción.
Quizás lo que más nos sorprende en esta exposición, a los colombianos, es comprobar con cuánto profesionalismo los italianos se han dedicado a salvaguardar un patrimonio tanto sectorial como monumental que no difiere mayormente de aquel con el cual contamos nosotros, pero que sistemáticamente hemos ignorado y despreciado. Pues más allá de casos muy extremos como el ya mencionado del Palacio Pesaro, o de algunos de los elementos edilicios tratados por De Carlo en su intervención en Urbino, tales como la rampa de Francesco de Giorgio, el Teatro Municipal, etc., de resto son obras individuales o conjuntos que han venido a ser considerados importantes sencillamente porque forman parte de un ambiente urbano general. Y ello es lo mismo que sucede con tantos inmuebles y sectores nuestros, cuya pérdida y destrucción hemos permitido impunemente, empobreciendo el patrimonio cultural colombiano y las huellas de la historia en nuestras ciudades.
Pero existe otro aspecto que puede ser aún más grave, cual es el presupuestal, ya que indudablemente esos edificios que se han destruido podrían haber sido utilizados para propósitos urgentes, como la vivienda social en nuestro medio, con costos considerablemente aminorados por el hecho mismo de existir ya los inmuebles, construidos con especificaciones de consistencia admirables en términos de las exigidas hoy en día; inmuebles localizados en sitios estratégicos de las ciudades. Un caso muy notable en la muestra, y que es especialmente significativo para nosotros, es el proyecto de recuperación de las fábricas de cerveza de Venecia, de acuerdo con el cual ellas quedan convertidas en edificios de apartamentos, por cierto muy hermosos. Ello en relación con nuestro propio caso de la fabrica Bavaria, en pleno centro de Bogotá, por cuya destrucción se han tenido que declarar en quiebra varios demoledores, debido a las altísimas especificaciones de las construcciones y materiales allí existentes que han hecho prácticamente imposible extraer el hierro y otras materias primas de entre el fuertísimo concreto de dichas ruinas. Tal conjunto ha podido perfectamente ser encauzado a otro tipo de propósito económico y social de utilidad común, a diferencia del actual desastre que tenemos a la vista en la Caracas con la 26; campo de escombros que no se acaba de clarificar ni de resolver y que constituye un foco de contaminación visual para la ciudad entera, así como un horrible lote de engorde sin función social de ninguna especie. Ese ha podido ser uno de los conjuntos más importantes de la ciudad, si hubiese sido integrado, como ha debido hacerse, a una función de vivienda; una de las zonas que más pudiera haber contribuido económicamente a la solución de tremendas coyunturas entre nosotros.
En resumen, eso que los italianos llaman "centros históricos' y con lo cual han organizado esta muestra didáctica y trascendental, no corresponde a categoría alguna fundamentalmente distinta de la mayor parte de la materia prima, urbanística y arquitectónica, con la cual están pobladas nuestras ciudades. Ver la exposición en el contexto colombiano sirve para señalar la condición eminentemente histórica, así sea de pasado reciente, que califica nuestras calles y barrios, y el inmenso potencial ambiental y presupuestal que constantemente desperdiciamos. De esta visita también resulta evidente que mientras continuemos actuando con la misma ingenuidad, falta de oportunismo y superficialidad con respecto al sentido del pasado, el presente y el futuro, se nos escaparán las posibilidades para hacer la ciudad que dialoga consigo misma en el tiempo y en el espacio, para beneficio no sólo de los privilegiados, sino también de las inmensas mayorías.--
Galaor Carbonell

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.