Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1985/03/11 00:00

EL SELLO DE LOS ANCESTROS

En el Museo de Arte Moderno de Bogotá se expone una muestra de la gráfica mexicana en este siglo.

EL SELLO DE LOS ANCESTROS

Hace ya más de un año, el Departamento de Asuntos Culturales del ministerio de Relaciones Exteriores de México, le propuso a la División de Bellas Artes del mismo país la elaboración de una muestra de grabado que incluyera los más destacados nombres en dicha disciplina. A partir de aquel momento Bellas Artes escogió de entre sus colecciones (conformadas por ejemplares que los artistas han pagado por impuestos) las ciento sesenta obras que conforman la exposición que hace pocos meses se mostró en Caracas y que ahora llega a Bogotá. Este ambicioso conjunto pretende evidenciar de manera sistemática el trabajo que con los medios gráficos seríados de reproducción de imágenes se ha llevado a cabo desde principios de siglo: a lo largo de su evolución la gráfica va correspondiendo con las grandes divisiones políticas y artísticas, variadas y a veces contradictorias, siempre muy ricas, por las cuales ha atravesado la vida del vecino país en dicho lapso. La exposición llega hasta nosotros gracias a la efectiva acción de la embajada mexicana en Bogotá, indudablemente una de las que más se ha preocupado por hacer ver de los colombianos la obra artística que realizan sus creadores, y también ha contado con el apoyo del Museo de Arte Moderno de Bogotá que ha prestado sus instalaciones y organigrama administrativo para llevar a feliz término este proyecto.
José Guadalupe Posada es el artista que abre el siglo, iniciando su acción hacia finales del porfirismo con una posición política bastante curiosa de acuerdo con la cual caricaturiza y ataca a Madero, el gran reformador. Pero también hace una serie de comentarios vitriólicos contra las costumbres mexicanas del período y registra lo que sucede en el país. Posada, famoso por sus calaveras y referencias a la muerte, es más significativo como artista de la vida cotidiana y habitual vista exacerbadamente, de acuerdo con su percepción peculiar de gran creador. En este sentido da el sabor de estos primeros años: asume el tema político, sátira en mano, para atacar a muchas instituciones claramente establecidas y dar respaldo, así sea tácito, a algunos de los movimientos que se están gestando y que ya se inclinan a la izquierda beligerante.
Posteriormente, la experiencia del Taller de la Gráfica Popular, fundado en 1937, acentúa la tendencia socializante y el tema universal de la gráfica refiere al campesinado desposeído por la voracidad del establecimiento. Hacia mediados de la década del cuarenta, el péndulo de la sensibilidad y el gusto se alejará de la preocupación por lo colectivo y oscilará hacia el campo de lo personal, lírico y subjetivo: menos orientados hacia las luchas sociales y tal tipo de preocupaciones, el arte y la gráfica manejarán temas que siguen siendo figurativos pero que ahora incluyen una dimensión especial, referida más a la interioridad de lo sensible en el ser humano y que quizás por ello mismo vuelve a establecer nexos bastante claros con algunas de las determinantes de la expresión que predominaba en el pasado precolombino del país. Un ejemplo claro de este proceso lo da la evolución de la obra eximia de Rufino Tamayo así como la muy notable producción de Francisco Toledo, presentes en la muestra con tres obras cada uno .
En efecto, en esas relaciones con lo pre-hispánico se intuye la continuidad de lo mexicano: el interés de los artistas de comienzos de siglo por lo político mostrado a través de representaciones figurativas, muchas veces colectivas, acentuadas por la presencia del gusto por lo grotesco, lo singular y lo extraño, llegando a veces a lo estrambótico, siempre enfatiza perfilación campesina del país. En los diferentes procesos políticos que llevan desde la caída de Porfirio Díaz en 1910 hasta el ascenso al poder de Lázaro Cárdenas en 1934, con el énfasis ya oficializado en la posición izquierdizante con tendencias a las nacionalizaciones de diversos recursos del país, se da un tono que sólo cambiará con el advenimiento del presidente Miguel Alemán en 1946. Este hecho marca la aparición del México contemporáneo en lo que muchos han llamado la traición a la revolución y el nuevo arte del país, que ahora, después de varias décadas, finalmente es postheroico y post-muralista. Se restablece entonces la dimensión lírica personal y subjetiva del arte y debido al momento cronológico se abren las puertas a las tendencias abstractas, no figurativas, dentro de las cuales están incluidos muchos creadores de capital importancia en la formulación estética mexicana actual. Los mejores de entre ellos han logrado sobrepasar la nominalidad internacionalizante de lo abstracto para adelantar imágenes de profundos acentos regionales, en las que se siente, de nuevo, el color sensible de lo mexicano ancestral.
Leído a través de las manifestaciones gráficas, el arte mexicano del siglo XX se presenta como un cuerpo de considerable consistencia por lo menos con respecto a otras manifestaciones equivalentes en la América Latina. Aparte de los nombres que todos conocemos como los de los grandes muralistas Orozco y Tamayo, o los más recientes de Cuevas y Rojo, se revelan otros artistas que son, no sólo dominadores absolutos de las técnicas de la reproducción a través de matrices que generan imágenes seriadas, sino también creadores de profunda sensibilidad que dan paso a consideraciones significativas al respecto de sus experiencias personales y nacionales. Es una lástima que el considerable esfuerzo del ministerio de Relaciones Exteriores, de la embajada de México en Colombia, y del Museo de Arte Moderno de Bogotá, no haya estado acompañado por un texto escrito por especialistas de aquel país en el que se intentara dar la visión adecuada, mucho más de lo que puede hacerlo este columnista, de las relaciones precisas y singulares que se dan entre la gráfica, el arte y la historia reciente del país. Por el contrario, Teresa Del Conde, directora de la División de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes, ha escrito comentarios sobre las técnicas del grabado, que, al fin y al cabo, son las mismas en México, en Cafarnaum o en cualquier otro sitio, sin entrar a discutir los aspectos específicos y por ello mismo interesantes de la exposición.

¿QUE PASO CON EL MUSEO?
La directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, cara lectora de esta columna, me ha regañado en público por comentarios aparecidos en la revista SEMANA sobre la disidencia de personajes de aquella institución (Beatriz González, Clemencia Jaramillo, Lucía de Sandoval, Vicky Gross, Beatriz de Cárdenas, etc.). Su tirón de orejas, sin embargo, incluyó el ofrecimiento de aclararme todo el asunto. Esto me alegró sobremanera y consecuentemente le propuse concederme una entrevista sobre el tema para nuestros lectores. Pero a esto último doña Gloria Zea no quiso acceder. ¿Qué pasó en el Museo que puede aclararse privada, pero no publicamente?

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