Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/07/09 00:00

El sida cumple 20 años

La peste que ha matado a 22 millones de personas no ha terminado de asolar al mundo. Mientras se busca una vacuna la gente sigue muriendo, bien sea de sida o de los efectos de las drogas con las que se trata de curar.

El sida cumple 20 años

El 5 de junio de 1981 el Centro Federal de Control de Enfermedades publicó su boletín semanal sobre brotes de enfermedades y defunciones inusuales en Estados Unidos. Un artículo reportaba el caso de dos turistas que habían regresado de las Antillas Francesas y habían caído a cama con dengue. Un grupo adicional de 6.707 niños habían sido diagnosticados con intoxicación por estaño y, en un artículo de 553 palabras, unos médicos informaban que una rara infección pulmonar causada por parásitos, la Pneumocystis carinii pneumonia, había aparecido en Los Angeles. Había atacado a “cinco hombres jóvenes, todos ellos homosexuales activos”. Los tres enfermos en los que se habían practicado pruebas de inmunología presentaban una inexplicable depresión de sus funciones inmunológicas.

¿Cómo se conmemoran los 20 años de la aparición del sida? Ciertamente con luto por los 22 millones de vidas segadas desde San Francisco a Nairobi, entre las cuales están Ryan White, Rock Hudson, Arthur Ashe, Alvin Ailey, Rudolf Nureyev, Randy Shilts, Elizabeth Glaser, Keith Haring, Liberace y las incontables víctimas sin nombre, todas con sus rostros demacrados y sus ojos sumidos. También hay que manifestar el horror de haber registrado la infección de 5.300.000 personas más el año pasado, es decir, 14.500 al día.

En los países desarrollados también habría que expresar alguna esperanza de que la mortandad de los primeros años de la epidemia esté cediendo, gracias a las drogas que están convirtiendo al sida en una enfermedad crónica con la cual se vive más bien que de la cual se muere. Por lo menos durante un tiempo. Después de todo las propagandas de los nuevos medicamentos muestran hombres jóvenes, corpulentos y seropositivos escalando montañas. Y tal vez en Estados Unidos se conmemora también el 5 de junio con un cierto sentimiento de satisfacción: se clausuraron las casas de baño públicas, se le envió a cada hogar un panfleto titulado ‘Entendiendo el sida’ y se predicó el sexo seguro con el resultado de que en Estados Unidos los nuevos casos de infección alcanzaron un máximo de 150.000 al año a mediados de los 80 y luego cayeron verticalmente hasta 40.000 anuales, cifra que permaneció constante a lo largo de la década de los 90. Cuando apareció en 1997 el primer informe de una disminución en el número de muertes por sida en Estados Unidos se pensó que la peor parte había quedado atrás.

Terrible equivocación. A todo lo ancho del planeta 36 millones de personas —una población mayor que la de Australia— son seropositivas, de las cuales 800.000 a 900.000 viven en Estados Unidos y de ellas unas 300.000 no lo saben aún. El sida ha pasado a ser actualmente la cuarta causa de muerte a nivel mundial y la principal causa de mortalidad en Africa. En dicho continente ha acabado con una generación y ha puesto en peligro el porvenir: despoja a las economías de sus trabajadores, a las familias de sus proveedores y a los niños de sus padres. En siete países africanos más del 20 por ciento de la población entre los 15 y los 49 años está infectada con VIH: es el 20 por ciento en Suráfrica y un sobrecogedor 36 por ciento en Botswana. Zambia no logra entrenar nuevos maestros con suficiente rapidez para reemplazar a aquellos que están muriendo. Dentro de 10 años habrá 40 millones de huérfanos en Africa debido al sida.

Asia se mantiene relativamente incólume. Solamente Camboya, Tailandia y Birmania presentan tasas de infección superiores al 1 por ciento. Pero la pandemia puede estar acopiando fuerzas como un tifón frente a unas costas inconscientes de su amenaza. La tasa de infección de la India, que es del 0,7 por ciento, se traduce en cifras absolutas en 3.700.000 personas infectadas. China estima que tendrá entre cinco y seis millones de seropositivos en 2005. “Con los recursos actuales, dice el doctor Peter Piot, de la oficina de Naciones Unidas contra el sida, no será posible contener la epidemia”.

Los medicamentos no lo lograrán. Con costos de 15.000 dólares al año el sistema de salud, que le ha podido ayudar a miles de personas seropositivas en Estados Unidos y Europa, está fuera del alcance de la mayoría de los africanos y asiáticos. Inclusive la presión internacional para hacer que se rebaje sustancialmente el costo de las drogas constituye tan sólo un primer paso. Sin una infraestructura adecuada de salud pública los países pobres no están habilitados para distribuir las drogas y atender los enfermos. Pero inclusive en Estados Unidos “los medicamentos no deben ser percibidos como la solución de fondo”, dice el doctor Michael Merson, director del Centro de Investigación Interdisciplinaria sobre el Sida de la Universidad de Yale. Ya los médicos están siendo vapuleados por la impresionante capacidad de cambio del VIH. Las cepas sensibles a las medicinas mutan rápidamente convirtiéndose en resistentes. Y hay otro problema: “La gente que toma sus remedios se siente mejor, dice Merson. Observan una reducción en su carga viral, se confían en que las drogas trabajan bien y se vuelven sexualmente activas. Cuando eso ocurre es posible que no practiquen sexo seguro”.

Sexo seguro. Aunque en 1986 William F. Buckley Jr. le hizo un llamado a la gente con sida para que se tatuara en los antebrazos y las nalgas, las autoridades de salud han ofrecido una respuesta menos histérica: le han pedido a la gente que evite contagiarse al no compartir agujas hipodérmicas y usar un condón para las relaciones sexuales. La gente obedeció en una inmensa mayoría de casos. Al ser bombardeada con el mensaje de que el sida equivalía a la muerte segura “la gente encontró una motivación muy fuerte para cambiar sus hábitos”, dice James Nguyen, del proyecto Stop Aids, con sede en San Francisco.

Muchos de los jóvenes que actualmente tienen entre 10 y 30 años carecen de esa motivación. “La gente joven no está temerosa del sida”, dice Sean O’Brien Strub, fundador de la revista Poz. En una reciente encuesta, realizada en seis ciudades norteamericanas, los investigadores encontraron que entre los hombres jóvenes (entre 23 y 29 años) que practican sexo con hombres, el 4,4 por ciento se contagia de VIH cada año. Entre los afroamericanos de sexo masculino que tienen relaciones sexuales con hombres la tasa de infección es del 14,7 por ciento. Pero el nuevo paciente típico con sida es joven y mujer, como Promise, quien actualmente tiene 20 años. Tuvo relaciones sexuales no consentidas con su novio de 22 años cuando ella tenía 16. “¿Qué les hace pensar que eso no puede pasarles a ustedes?”, les pregunta a los alumnos en las clases de secundaria que visita en representación de Salud y Educación para la Juventud. Entre los muchachos de 13 a 19 años el 64 por ciento de los seropositivos son mujeres.

En San Francisco los trabajadores de salud pública tienen el presagio de un nuevo desastre. Ha habido “cambios de comportamiento, más promoción del sexo inseguro en Internet y en los ‘chat rooms”, dice Tom Coates, director del Instituto de Investigación del Sida de la Universidad de California. El autor, Andrew Sullivan fue señalado recientemente como el hombre gay seropositivo que publicó su perfil en un sitio de Internet dedicado a las relaciones sexuales sin condón (barebacking). “Es cierto que coloqué un aviso hace algún tiempo... (con el fin) de encontrar otros hombres ‘gays’ que fueran seropositivos”, escribió Sullivan en su sitio web. Fue atacado por sus contradicciones ya que por una parte ha realizado llamados públicos frecuentes a los gays para que repudien la promiscuidad y por otra ha estado buscando relaciones promiscuas. Sin embargo está lejos de ser el único. Después de un tiempo resulta imposible llevar a cabo una vigilancia efectiva y la gente se acostumbra al riesgo, especialmente cuando confía en los milagros farmacológicos. “Somos una sociedad que adora las píldoras mágicas y, por lo tanto, tenemos la tendencia a enfocarnos en el tratamiento, dice Helene Gayle, del CDC. La gente se ha vuelto laxa”. En el año 2000, de cada dólar gastado para combatir el VIH/sida en Estados Unidos tan sólo ocho centavos estaban canalizados hacia la prevención.

En los 20 años transcurridos desde la aparición de los primeros informes acerca de lo que actualmente se conoce como sida, una generación entera ha nacido y ha llegado a la edad adulta sin conocer un mundo libre de la epidemia. La enfermedad ha cambiado el panorama personal, al igual que el político: cómo se piensa, cómo se ama, qué se les enseña a los hijos y qué palabras se pronuncian en público. Más que cualquier otra cosa el sida cambió la manera en que se debe percibir la amenaza de nuevas enfermedades. “Hasta la aparición del sida, la mayor parte de nosotros pensó que las epidemias catastróficas, como la peste negra y la gripe española de 1918, eran cosas del pasado, dice el doctor Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Enfermedades Alérgicas e Infecciosas. Perdimos de vista el hecho de que cada cierto tiempo aparece una nueva enfermedad y diezma la población humana. Ocurrió con el VIH/sida y puede ocurrir nuevamente”.

El sida también cambió el significado de la palabra paciente. La gente con sida invadió los congresos de científicos, se agrupó en forma que ningún otro tipo de paciente había utilizado antes, ayudó a revolucionar los procesos de experimentación de drogas e inspiró a mucha gente. “No hay duda de que el activismo de apoyo a los pacientes con cáncer del seno comenzó gracias al activismo en favor de los pacientes con sida, dice Fran Visco, presidente de la Coalición Nacional de Lucha contra el Cáncer del Seno. Vimos el éxito que tenían y decidimos imitarlos”, desplegando miles de simpatizantes para que presionaran por aumentos en los recursos para la investigación.

El sida también cambió el significado de lo que es ser homosexual en Estados Unidos. “Las imágenes de hombres ‘gay’ muriendo de esta horrenda enfermedad los convirtió en objeto de la simpatía y abrió las puertas a la compasión”, dice Walter Armstrong, editor de Poz. A los ojos de los norteamericanos heterosexuales la muerte les otorgó a los varones gay una calidad humana que se les había negado por mucho tiempo. La homofobia y las agresiones contra los gays se volvieron un poco menos aceptables. Aunque hay quienes aseveran que el sida dividió a los gays entre seropositivos y seronegativos, parece más probable que en el crisol del sida se haya formado una comunidad gay unida. “La gente que enfrentaba la muerte respondió con valentía y asió la oportunidad de proclamar su identidad, dice Armstrong. Y ello obligó a las instituciones sociales a reconocer como legítimas las relaciones ‘gays’, desde los hospitales que les prohibían a los hombres ‘gays’ visitar a sus amantes moribundos, hasta los patronos que les negaban las licencias por calamidad familiar cuando fallecían”.

Para e0l 25 de junio la Asamblea General de las Naciones Unidas ha convocado una sesión especial para tratar el tema de VIH/sida. Será la primera asamblea consagrada a una crisis de salud pública. Los delegados tratarán de lograr un acuerdo acerca de un plan de acción a nivel global y de hallar la financiación correspondiente: se requieren entre 7.000 y 10.000 millones de dólares anuales para combatir la propagación del VIH. Si se mejora la suerte con la prevención, los tratamientos y la vacuna, para el año 2021 el sida estará matando cinco millones de personas al año. Si no se logra que vaya mejor, las bajas podrían llegar a los 12 millones al año. Con sus 20 años de existencia, el sida está joven aún... la peor peste de la historia moderna está aún lejos de terminar de hacer estragos.

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