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| 5/25/2013 1:00:00 AM

El sinsabor de Notre Dame

Más que una protesta política, el suicido del historiador ultraderechista Dominique Venner la semana pasada en el centro de París es una inmolación cultural.

Siento el deber de actuar hasta que aún tenga fuerzas para ello”, escribió Dominique Venner el pasado domingo en su blog. Fue su última entrada. A la 4 de la tarde del martes viajó al centro de París, entró a la catedral de Notre Dame y sacó una pequeña pistola. Luego se disparó.

El suicidio de este historiador francés de 78 años, ultranacionalista y tradicionalista católico, sacudió a Europa. La catedral –una atracción turística que cumple 1.850 años– fue evacuada, el cadáver, levantado, y los medios alrededor del mundo no tardaron en replicar el episodio. Pero hasta hoy genera malestar la pregunta por el significado del acto.

Venner no era un escritor cualquiera, sino un cerebro de la extrema derecha, que llevaba años denunciando el supuesto choque de culturas que acosa a Europa. Según los investigadores, se suicidó para protestar contra la reciente legalización del matrimonio gay en Francia. Venner rechazaba esa “ley vil” desde el punto de vista no solo moral, sino también demográfico: la caída de la tasa de natalidad en Europa desembocaría en una catástrofe.

Pero es necesario ir más allá, pues en el fondo de la crisis europea un conflicto de identidad amenaza quebrar el espíritu de la región. A Venner lo atormentaba sentir que el Viejo Continente está siendo minado por el mundo contemporáneo y su liberalismo, secularismo y multiculturalismo. Y en ese temor no estaba solo. Hace casi dos años, Anders Breivik, un noruego de 32 años, masacró a 77 personas, la mayoría jóvenes, con el fin de “salvar a Europa del islam”.

En su juventud, Venner militó en la Organización del Ejército Secreto, que intentó detener la independencia de Argelia en los años sesenta, y terminó en la cárcel. Sus escritos abarcaban volúmenes de historia y ensayos, que exhortan al ciudadano “de sangre pura” a “luchar por sus genes”. 

Ese pensamiento es común en la derecha: lo comparten líderes políticos como Jean-Marie Le Pen y su hija Marine. Esta última, que en 2012 obtuvo un 18 por ciento de la votación para la Presidencia, escribió en Twitter: “Todo nuestro respeto para Dominique Venner, cuyo último gesto (…) ha intentado despertar al pueblo de Francia”. Más que una protesta política, este suicido es una inmolación cultural. 
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