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| 10/20/2007 12:00:00 AM

El tejedor de historias

La muerte de Germán Espinosa quizá logre acercar a los lectores a su obra, una de las más complejas e interesantes de Latinoamérica, pero también de las menos exploradas. Retrato del escritor fallecido.

Sentado, con un cigarrillo en las manos, al que no renunció sino cuando la enfermedad venció a su esposa y luego un cáncer en la lengua lo acorraló hasta vencerlo, Germán Espinosa miraba los cerros de Bogotá desde un edificio en el centro, casi a espaldas de Monserrate. Con una devoción que parecía impropia de un cartagenero, aprendió a amar a una ciudad en la que el frío dominaba. Y eso que él permanecía recluido en su apartamento, con una colección de libros que asombraba por lo extensa y por lo amplia, y por abordar temas tan insólitos como la brujería, la inquisición, la cristiandad o el cabotaje. Germán Espinosa escribía sobre el pasado con la minuciosidad del tiempo presente y el humo del cigarrillo como compañía.

"Estoy enfermo. Deliro. Los delirios me persiguen, tengo pesadillas horrendas desde que comenzó esta enfermedad", dijo Espinosa, en una conversación telefónica con SEMANA hace un par de meses. Los delirios, casualmente, fueron la fuente de buena parte de su obra, en la que primaba el pasado y lo esotérico, y la inspiración de su última novela, Aitana, en la que la dolorosa muerte de su esposa, la pintora Josefina Torres, es abordada con una mezcla entre realidad y ficción que desconcierta al lector. Porque su muerte no es un deceso más del ser amado, sino una intrincada trama en la que la magia negra de sus enemigos aparece para arrebatarle a su esposa.

En su vida lo invisible fue siempre de la mano de lo visible, y también lo literario. Espinosa nació en Cartagena de Indias, en la clínica de Manga, a las 8 de la noche del 30 de abril de 1938, en una fecha que es fiesta pagana en Alemania y que une la beatitud de la santa Walburga con un aquelarre en honor a la primavera. Lo trajo al mundo un médico alemán que al parecer fue deportado por sus vínculos con operaciones de la Policía secreta alemana. Su padre, Lázaro Espinosa, fue director de dos diarios en la ciudad amurallada, El Mercurio y El Fígaro, y fundó el primer equipo de béisbol cartagenero.

Su madre tenía un oído musical casi perfecto y su tío Ignacio ponía a sonar una vitrola de cuerda con la música de Bach o de Schubert cuando Germán pasó a vivir a la calle de la Media Luna, el hogar de su abuela, donde se aparecía el fantasma de una dama española, un hecho que marcó su obra literaria de ahí en adelante. Y para más señas, nació frente al mar Caribe, del que dijo: "Dejó en mí señal indeleble y aunque Bogotá me adoptara maternalmente a partir de los 15 años, jamás he dejado de ser un hombre caribeño, lo cual en algunos sentidos quiere decir revestido de universalidad...".

Del niño que coleccionaba tiras cómicas de Mandrake y que vendió lotería en Corozal, que leía el diario y luego lo rearmaba en cuatro páginas para venderlo a un centavo, pasó a leer libros, en la biblioteca de su abuela, con ediciones del siglo XIX en las que hablaban de las cortes francesas y de las novelas policiales antiguas. Ahí se enamoró de las tramas barrocas y comenzó a mezclar el rigor y la cultura europea con el alboroto y el esoterismo caribeño.

Como no le gustaba lo fácil, nunca hizo un libro sencillo. La suya es una obra compleja, erudita, elaborada y minuciosa, en la que las palabras son protagonistas y en la cual el lector se siente retado siempre por un autor que no dio el brazo a torcer, lo que le granjeó enemigos y también amigos, pero casi nunca puntos medios, aunque las cátedras de literatura pusieran a Los cortejos del Diablo siempre como referencia obligada. "El mundo está lleno de sorpresas, de cosas que no comprendemos. Me gusta la estructura policíaca, las tramas sorpresivas, pero tengo mis obsesiones con lo esotérico porque es algo que existe y por lo tanto quiero abordar".

Y sí. Ni su poesía, ni sus novelas se quedaron en lo anecdótico. Su libro cumbre, La tejedora de coronas, elegido como una de las obras representativas de la humanidad por la Unesco, es la exploración del siglo XVIII a través de los ojos de una mujer, Genoveva Alcocer, que transita desde la Cartagena de los piratas hasta la Europa de Voltaire con un estilo literario sin pausa e invadido por palabras estéticamente precisas. "Era devoto frecuentador de enciclopedias y se solazaba obligando al lector a consultarlas", anotó en su obituario, publicado en la revista SoHo.

Pero lo que parecía obvio, el reconocimiento, fue la traba más grande que tuvo. A pesar de que comenzó a escribir a los 15 años, todavía hoy muchos no saben quién es este escritor que se rehusó a seguir el boom, y que sufrió el interés que despertó en Europa el realismo mágico por sobre otras propuestas estéticas. Y él estaba lejos de formar parte del movimiento. Lo suyo fue siempre una apuesta en contra. Escribía sobre épocas pasadas, en un lenguaje que comprometía al lector, con tramas policíacas y saltos en el tiempo, palabras en desuso, sacando ases debajo su manga y siempre cambiando el estilo. No temió poblar sus obras de cultura, dejar claro su dominio de otros idiomas y poner citas sin traducción con un oficio tal que lo llevaba a escribir novelas en sólo seis meses.

Con su bastón en la mano, la corbata anudada, la boina y la vista perdida en la ciudad que se extendía a sus pies, Espinosa se despidió del mundo en medio de los delirios de la enfermedad, acompañado por sus hijos Adrián y León, y dejó 40 libros entre novelas, cuentos, ensayos y poesía, aunque recuerde sólo un premio mayúsculo: el Premio Nacional de literatura, de Libros y Letras, por votación de los lectores. En Aitana, escribió que había sobrevivido a la muerte de su esposa sólo para honrarla con un libro. Pero era consciente del olvido. Y se burlaba de él hasta cuando pensaba en su muerte. En su obituario para SoHo escribió: "Al bajar a la tumba, quizás no sean cenizas lo que quede de él... También sus libros, para fortuna de una literatura latinoamericana que no necesita de este tipo de tramoyistas, irán haciéndose cenizas para futuros lectores...".

Parece que ocurrirá lo contrario. Con el paso del tiempo son cada vez más quienes valoran el peso y la profundidad de su legado literario e intelectual.
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