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| 10/17/2004 12:00:00 AM

El testamento de Bolaño

Esta semana se presenta en Barcelona la novela póstuma de Roberto Bolaño, '2666'. Esta monumental obra confirma al chileno como uno de los grandes de las letras latinoamericanas.

La literatura de Roberto Bolaño se puede entender como una lucha contra la muerte. Desde que se enteró, en 1993, de que sufría de una grave enfermedad hepática, este chileno se dedicó a escribir contra el tiempo: Bolaño era consciente de que su cuerpo no lo acompañaría hasta donde su fuerza creativa lo podía llevar. Y quería a toda costa completar la novela que lo había obsesionado desde los 20 años.

Su vida siempre estuvo marcada por la adversidad. En su juventud debió escapar de su país natal, donde era perseguido por su militancia en la izquierda. A los 20 años viajó a México, donde vivió varios años y donde, con algunos poetas jóvenes, fundó un movimiento literario vanguardista llamado el Infrarealismo. Estos años serían retratados más tarde en la que se considera su obra mayor: Los detectives salvajes de 1998. Luego viajó a Balmes, cerca de Barcelona, donde se quedaría el resto de su vida. Para subsistir en la pequeña ciudad española Bolaño debió ejercer diferentes oficios: fue vendedor de enciclopedias, guardián en un parque y mesero. Pero la mayoría de tiempo lo dedicaba a leer y escribir. Bolaño renunció a sus empleos y vivió, por un tiempo, de los concursos literarios que se ganaba.

A mitad de los 90 comenzó a hacerse famoso con la publicación de libros como La literatura nazi en América, Tres, Llamadas telefónicas y Estrella distante (ver recuadro). Pero su consagración vino con la publicación de Los detectives salvajes. La novela, de casi 1.000 páginas, ganó dos de los premios literarios más importantes en el continente: el Rómulo Gallegos y el premio Herralde de novela. Hoy, sólo seis años después de su publicación, los críticos coinciden en que se trata de una de las obras más significativas del siglo XX en América Latina y es comparada en importancia con Pedro Páramo, Rayuela y Cien años de soledad.

La leyenda de Bolaño comenzó a crecer. El chileno se convirtió entonces en un punto de referencia, todos querían saber de él, todos querían saber qué iba a publicar después de Los detectives salvajes, pero también todos le temían. Desde su exilio en Balmes se convirtió en la voz de la conciencia de los escritores latinoamericanos. Sus opiniones eran por lo general implacables. Como dice Alberto Fuguet, otro importante escritor chileno: "Bolaño, quien de alguna manera dio su vida por la causa de lo literario, se propuso limpiar la mesa local de aquellos que no eran escritores, y creo que de alguna manera lo logró. Pero ante todo era humano y también pecó. Estuvo más ligado a los medios de lo necesario, entre otras cosas, quizás, porque no se puede iniciar una cruzada contra el mundillo literario sin ingresar a los medios, puesto que los medios son el mundillo. No estaba dispuesto a venderse pero sí quería vender". Su éxito siguió con la aparición de Putas asesinas, Nocturno de Chile, Amberes, Una novelita lumpen, Amuleto y Monsieur Pain.

De cierta forma Bolaño tenía un proyecto que superaba su propia narrativa: quería cambiar el paradigma de la literatura latinoamericana. Junto con el argentino Ricardo Piglia y el colombiano Fernando Vallejo, Bolaño representaba el lado oscuro, el lado freak de las letras de este continente: la otra cara de la visión de mundo, un tanto festiva, del realismo mágico. Su mirada señalaba un sendero diferente para los escritores de finales de los 80. Lo que más asombraba a sus lectores era su talento para hacer una literatura ágil y su capacidad para crear voces originales. Sin embargo, él siempre se burlaba de afirmaciones de este estilo. Un vez una periodista de la revista Playboy le preguntó: "¿Qué siente cuando hay críticos que consideran que usted es el escritor latinoamericano con más futuro?". A lo que Bolaño respondió: "Debe ser una broma. Yo soy el escritor latinoamericano con menos futuro. Eso sí, soy de los que tiene más pasado, que al cabo es lo único que cuenta".



Una larga despedida

El viernes 30 de junio de 2003 Bolaño ingresó al hospital Vall d'Hebron de Barcelona. Estaba en la etapa terminal de su enfermedad y esperaba un trasplante de hígado. Una de sus últimas conversaciones fue con Jorge Herralde, su amigo, editor y primer lector, a quien le dio el manuscrito final de su libro de cuentos El gaucho insufrible. También le dio indicaciones sobre cómo debería editar el borrador de 2666. Dos semanas después murió. A los 50 años Roberto Bolaño se sumó a la larga lista de escritores muertos antes de tiempo.

Las instrucciones que el chileno le dejó eran muy precisas: su última novela debía ser publicada en cinco entregas, con un intervalo de un año cada una. Sin embargo, después de leer el manuscrito que Bolaño guardaba celosamente en su estudio, Herralde decidió que era mejor publicarla en una sola entrega. El editor consultó al mejor amigo de Bolaño, el crítico literario de El País, Ignacio Echavarría. Éste le dio la razón y entre los dos comenzaron un cuidadoso proceso de depuración. El texto dejado por Bolaño tenía más de 1.500 páginas y entre los dos lograron reducirlas a 1.200. El escritor argentino Rodrigo Fresán, tal vez la persona con quien Bolaño pasó más tiempo antes de su muerte, ayudó mucho en el proyecto.



Los detectives literarios

En el prólogo de 2666 Echavarría escribe que la novela está construida a partir de cinco capítulos independientes que se pueden leer como uno sólo y que por eso es justificada la decisión. Según Echavarría, la novela tiene un "centro oculto", es decir, un punto que une los cinco capítulos. Este centro oculto sería un enigmático escritor alemán llamado Benno von Archimboldi, que se encuentra perdido en México. Su historia comienza en la Primera Guerra Mundial, atraviesa la Segunda y la reconstrucción de Alemania. Luego se traslada al México de principios del siglo XXI, en el desierto de Sonora. Justamente el cuarto capítulo de la novela, llamado 'La parte de los crímenes', sucede en Ciudad Juárez y tiene como telón de fondo los asesinatos de mujeres que allí sucedieron en 2002. El capítulo es una reconstrucción casi periodística de estos crímenes. Además 2666, una fecha enigmática, sirve como un punto de fuga que también une las cinco historias. Echavarría sostiene que los antecedentes de este título se pueden rastrear en una frase de la novela Amuleto.

El crítico español sostiene que se trata de una novela inacabada, pero que está a la altura de lo que Bolaño siempre había querido escribir desde que comenzó su carrera. Herralde confirma esto y añade que "él había diseñado un croquis en el que la describe como una novela tubular, de un tronco salen cinco ramas y cada una tiene su particularidad".

En 2666 reaparecen temas que obsesionaron a Bolaño toda su vida: el juego con la ficción dentro de la ficción, los poetas jóvenes y marginales y los personajes perdidos en un mundo sin respuestas, representado por una Latinoamérica caótica y violenta. Además, el narrador de la novela es Arturo Belano, protagonista de varias de sus novelas anteriores y que él mismo aceptaba como su álter ego. Sin duda, Bolaño sabía que iba a morir pronto y quiso dejar un testamento que resumiera todas sus inquietudes literarias. Y la prueba de esto es que cuando Ignacio Echavarría revisaba sus papeles encontró una nota que decía "para el final de 2666". En el papel, escrito a mano por el mismo Bolaño se leía: "Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano".
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