Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1984/12/17 00:00

EL TORERO Y EL POETA

Se cumplen 50 años de la muerte de Ignacio Sánchez Melías, el torero a quien Lorca lloró

EL TORERO Y EL POETA

Cuando un torero muere nace detrás de su estrella un mito y su leyenda, las voces de su sangre quedan congeladas en todos los romances. En esa áspera piel de toro que es España, la muerte es un espectáculo nacional que toca todos sus clarines al llegar la primavera; toro, torero y muerte son los vértices que confluyen hacia un punto de peligro y juego. La vida y el arte se trenzan entre un ludus y un fatum que nos atrae y nos define sobre el borde del abismo, allí es donde el hombre se transforma en dios comprendiendo sin embargo que su historia empieza tras la puerta de la muerte.
Hace cincuenta años cayó herido de muerte en la plaza de Manzanares, Ignacio Sánchez Mejías, "marcando para la eternidad las más famosas cinco de la tarde que el tiempo haya señalado nunca". Temerario y dionisíaco, Ignacio fue uno de los hombres más cultos y polifacéticos de su tiempo, dominó casi todas las artes desde el toreo a la poesía, del periodismo al cante, de la charla franca y abierta a la más complicada dramaturgia. Amigo de todos los poetas de su tiempo, supo agruparlos de tal manera que después aparecerían ante el mundo como la generación del 27. Sin embargo su espíritu fuerte y vital, su clara y romántica vocación de héroe que lo impuLsaba a beberse a grandes tragos la vIda para no pensar nunca en la muerte, lo llevó inevitablemente a los ruedos; más que valiente torero siempre vio el peligro como una diversión. En la tauromaquia escaló todos los grados, escalón a escalón, cornada a cornada. Cuñado de toreros (los Gallo) formó parté de una estirpe que le abrió todos los caminos hacia el triunfo; su valor en la plaza, manejando todas las suertes, sus inquietudes intelectuales y su personalidad en la calle, hicieron de él un torero diferente. Después de un corto retiro (porque no "soportaba las medias rosadas de su atuendo de "mataor"), retomó la espada ya deshecho de "cornás", maltrecho por la vida, pero más que todo víctima de su torería y de su sentido trágico de la vida. Sánchez Mejías olía a muerto y él lo sabía. Murió como tenía que morir, entre los pitones de un toro de nombré Granadino, granadino como también lo fue su amigo más entrañable: Federico García Lorca, quien logró el milagro de magnificarlo a través de su "Llanto" que más que un canto a un capitán vencido por la muerte, es la cogida y la sangre derramada; el dolor de un cuerpo presente que lentamente la vida abandona y es la nostalgia de lo irreversible, de lo que se ha "muerto para siempre, como todos los muertos de la tierra..."
Hoy, medio siglo después, como un triste recuerdo de aniversario en una tierra que no olvida su destino de pena, sangre y muerte, cae sobre la arena de Pozoblanco, Francisco Rivera "Paquirri", un gaditano, verde aceituna que llevaba todo el mar y los toros en la sangre y la mirada. Ligado como Ignacio a familias de tablas y toreros, tenía también y como aquél, su propio romance escrito en todas las estrellas. Avispao fue el toro que murió matando a este espada fuerte y sabio que no era de ésos que se dejan matar por los toros. De nada le valió su magia en las tres suertes, su experiencia torera desde novillero, quedó empalado sobre el pitón del toro y con tres trayectorias en la cornada se le instaló la muerte dentro. "Moría tan vivo que daba miedo verlo", luchó, no con la desgana triste de Ignacio, luchó con fuerza, con valor, queriendo arrancar la vida de los cuernos. Ya no volverá a morir, en realidad los toreros no mueren en el ruedo de una plaza sino en el olvido del retiro, como diría Lorca: "Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo". Paquirri se hizo el quite a sí mismo sentándose en el estribo de la historia y toreando la muerte con la vista a los tendidos. Francisco Rivera, el torero de Barbate, murió en un día que se recordará por todo lo que ocurrió antes, y por lo que vendrá; todo esto marcado por la frontera de un rito pagano que de vez en cuando también cobra sus víctimas.
El cante y las coplas van y vienen como el viento, tal vez Lorca dejó ya reescrita la historia de un "Llanto" a un torero futuro. Paquirri con toda su sangre derramada nunca llegó a Córdoba, sabía las coplas de Federico: "Aunque sepa los caminos nunca llegaré a Córdoba... La muerte me está mirando desde las torres de Córdoba... ¡Ay que la muerte me espera, antes de llegar a Córdoba! Córdoba Lejana y sola".
Sevillano era Ignacio. A Paquirri por derecho, Sevilla le pertenecía. 50 años y de nuevo esta ciudad se volcó en un entierro de torero. Una vez más España rehizo su leyenda y todo el llanto rodó por las calles, convocando lo sagrado del silencio, pues cuando un pueblo llora nadie debe decir nada. Ya todo está dicho.--

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