Viernes, 20 de enero de 2017

| 1987/10/05 00:00

EL ULTIMO ATAQUE

Restauraciones indiscriminadas, un nuevo peligro para Cartagena.

EL ULTIMO ATAQUE

Una ciudad que nació para ser asediada, Cartagena, declarada hace unos años "patrimonio de la humanidad" es ahora víctima de nuevas y sofisticadas formas asalto, las del poder y del dinero.
Desde el fin de las guerras civiles, comienzos del siglo, Cartagena quedó por unos pocos años a cargo de misma, curándose quizá de siglos enteros de asaltos, piratería, sitios y otras formas de violencia. Encerrada dentro de transparentes e inexpugnables murallas, la cultura de la ciudad se había construido como un cuerpo de tradiciones y de gustos que conservaron muchos rasgos de ese Caribe al cual pertenece y del cual tomó buena parte de su fisonomía, lo más distante posible de la del resto del país. Pero llegó el descubrimiento de su potencial para la acogida de ese turismo incipiente de los años 30 y 40 que se localizó en Marbella y Bocagrande, desarrollando una primer versión de la ciudad moderna... Cartagena se desdobló en partes, se duplicó, se triplicó. Una ciudad vieja por un lado, una ciudad de playa por otro, una ciudad popular alrededor. Se ignora cuál de las dos primeras fue realmente el atractivo turístico, pero no cuesta mucho entender que fue la playa. La ciudad histórica, entonce incomprendida, fue un telón de fondo pintoresco, ocupado ya por el comercio, por inquilinatos, colegios, escuelas y por esa población especial que vive en los centros de las ciudades. El deterioro de la ciudad vieja durante muchos años indica que ella no era precisamente el mayor orgullo de muchos cartageneros adinerados que preferían vivir fuera de las murallas.
El descubrimiento de Cartagena ha tomado varios años y se ha llevado a cabo en dos niveles distintos: el reconocimiento de sus valores históricos y su conversión en lugar de alta posición social en las jerarquías de los que localizan geográficamente su poder y su prestigio. Gradualmente la ciudad se ha transformado en un objeto de mercado. Sus viejas casonas fueron adquiridas primero cautelosamente, luego en forma alarmante, para ser albergue de ricos visitantes provenientes de fuera de la ciudad, con una progresiva alza de sus precios de venta, los que hoy en día alcanzan valores astronómicos. La ciudad vieja se volvió un símbolo de prestigio, pero no para todo el mundo, sino para unos pocos. Desprovisto de hoteles y albergues adecuados, el centro histórico se reduce a un alojamiento refinado y atrayente, que excluye poco a poco no sólo a sus habilidades tradicionales, sino a quienes quieran disfrutarlo sin tener que presenciar el espectáculo atafagado de sus playas. La restauración arquitectónica contribuye efectivamente a la conservación de las estructuras físicas, pero la vida de la ciudad se empobrece.
Esta forma de ocupación de un lugar se ha dado y se da en muchos sitios del mundo. Existe incluso un término de origen inglés para definirla: "gentrificación". Los resultados no son siempre acertados, sobre todo desde el punto de vista de la pertenencia y apropiación de las ciudades. Se necesitan mecanismos de planeación claros y precisos, acompañados de propuestas de conservación del patrimonio arquitectónico que neutralicen el avance de los intereses puramente especulativos que siguen usualmente a los intereses de prestigio. Cartagena carece actualmente de esos recursos.
Asediada ahora por las leyes inexorables del mercado, se valora en pesos o en dólares. Su potencial rentable está siendo analizado por los expertos que miden y pesan todo aquello que produce ganancias en el país. Se efectúa así un nuevo ataque a la ciudad, sin que esta vez se perciba el interés de los cartageneros por defenderse. El país se toma a Cartagena y esta toma se representa efectivamente en la reja que separa la plaza del Centro de Convenciones del resto de la ciudad y, que repele a los ciudadanos.
Felizmente, al repasar la historia de la ciudad se observa cómo ha sobrevivido a incontables asaltos. Queda sólo esperar que logre sobrevivir a este.

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