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| 10/6/2002 12:00:00 AM

El último beso

En esta deprimente comedia italiana, Carlo, un hombre en el borde de los 30 años, intenta superar su eterna adolescencia.

Director: Gabriele Muccino
Protagonistas: Stefano Accorsi, Giovanna Mezzogiorno, Stefania Sandrelli, Marco Cocci, Pierfrancesco Favino

Es una pelicula que afecta. Sus personajes son estereotipos y sus situaciones han sido vistas hasta el cansancio y hacen pensar en ciertas telenovelas argentinas, pero los actores asumen sus papeles con tanta convicción y la música parece tan convencida de los hallazgos de la historia, que resulta imposible dejar de conmoverse: El último beso cree ser divertida pero en realidad nos deja tristes, con la sospecha de que las relaciones entre hombres y mujeres no funcionan, con la esperanza de que nuestra vida no sea ese desastre.

Podría decirse que es la historia de Carlo, un hombre en el borde de los 30 años, que está a punto de convertirse en padre y trata de conquistar a una colegiala porque siente que su juventud se está acabando. Sus amigos del alma se casan, se separan y se pelean con el mundo como si no fueran a salir, jamás, de la adolescencia. Y su novia, Giulia, que quiere casarse con él pero sabe que lo mejor es no tocar el tema, piensa todo el día en su bebé y en la extraña relación que sostienen sus padres. ¿Es eso, esa suma de fallidas relaciones románticas, tercos amores imposibles y patéticos diálogos entre parejas, lo que nos deprime cuando la película se acaba?

Sí, tal vez es eso. Ver El último beso es como ser testigo de una 'divertida' terapia siquiátrica que termina por dejarnos sin muchas ganas de estar vivos. Porque, según el relato, los hombres son animales ciegos, sordos y mudos, que jamás consiguen salir de la pubertad; las mujeres ángeles solitarios, sofisticados y frustrados, que han superado sus temores y sus decepciones convirtiéndose en brujas dominantes; y los hijos seres sin alma que dedican el resto de sus vidas a despreciar el mundo de sus padres. La siquiatría, se sabe, es la ciencia de los estereotipos. E insiste en hallar el mismo esqueleto en todas las cabezas.

Eso es lo que deprime de esta comedia: que todos sus diálogos terminan a los gritos. Que Gabriele Muccino, el director, persigue las peores escenas de las relaciones humanas con el morbo de quien le pregunta a un amigo si todavía está bien con su novia. Que se hace evidente que el cine del mundo ha adoptado, para bien y para mal, las técnicas, los trucos y las estructuras dramáticas estadounidenses. Sí, el cine de hoy es norteamericano en el fondo y europeo en la superficie: como El último beso, nos mantiene despiertos a punta de emociones fuertes y nos deja, al final, con la sensación de haber visto algo inteligente. No, no digo que nos engañe. Digo que no confía en el público que somos. Que es sólo un show. Que nos imagina, a todos, haciendo cola para entrar a El hombre araña.

El último beso es una película conmovedora, pero no tiene tanto sentido del humor como parece. Sólo la última escena, que deja abiertos los interrogantes después de los clichés y las moralejas, nos devuelve el misterio y la ironía.
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