Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/07/04 00:00

EL ULTIMO BOHEMIO

Con Juan Callos Onetti no sólo muere uno de los mejores del boom. Se va también el más puro de los bohemios.

EL ULTIMO BOHEMIO

LLEVABA 10 AÑOS RECLUIDO EN SU CAsa de la Avenida América, en Madrid, ajeno a las circunstancias externas, a la sociedad, a las entrevistas. Había conocido suficientemente el mundo y los hombres como para seguir jugando a lo que él mismo llamaba la farsa de la comunicación. Así que se tendió en su cama, acompañado de su última esposa, Dolly, y de sus libros preferidos -baratas novelas policiacas que devoraba de un solo envión- dispuesto a no salir de su cuarto hasta el día de su muerte.
Quienes lo visitaron en sus últimos años se llevaron la impresión de un hombre que había decidido abandonarse. Uno de ellos fue el escritor colombiano R. H. Moreno-Durán, quien intentó entrevistarlo en 1992: "Lo encontré mal, envuelto en una bata descuidada, fumando horrible, con una botella de vino tinto que parecía otra extremidad de su cuerpo, malhumorado y ebrio, y con unos ojos saltones bailando rebeldes en sus cuencas como dos enormes gotas de aceite. Su habitación era densa, con una atmósfera en la que el olor penetrante del tabaco quemado, del humo del cigarrillo estancado por meses y meses, dejaba poco espacio al oxígeno".
Pero tampoco se podía esperar más. Juan Carlos Onetti, el escritor uruguayo muerto de un infarto la semana pasada después de medio siglo dedicado exclusivamente a la literatura, ya no quería oxigenar nada. En realidad nunca lo buscó. Nacido en 1909 e iniciado en las letras en la próspera Montevideo de los años 40, Onetti perteneció a esa columna del boom latinoamericano cuya característica primordial no era la del realismo maravilloso que inició Alejo Carpentier y llegó a su clímax con Gabriel García Márquez, sino la de la búsqueda existencial en el interior de unos personajes desamparados en el medio adverso de la ciudad. Mientras la mayoría de los escritores del boom se debatía en sus novelas con la violencia, los conflictos políticos y las diferencias sociales de sus respectivos países, en la pacífica Montevideo Onetti se dedicaba a escarbar otros problemas trascendentales del hombre: su inevitable incomunicación, su condena, sólo redimible por el amor, pero en última instancia inoperante, imposible de conquistar.

ESCEPTICO CONVENCIDO
Enclaustrado, decidido a que lo justo era no volver a mirar el mundo y olvidarse de él hasta que llegara la hora de irse, Onetti enfrentó la muerte de la misma forma como asumió la vida: con profundo escepticismo frente a la existencia y una actitud de aburrimiento constante como sistema.
Onetti había nacido aburrido -o por lo menos eso dicen quienes lo conocieron y lo vieron actuar de la misma manera que muchos de sus personajes- desesperanzado y cínico, inhóspito e impenetrable, respondiendo con monosílabos a grandes preguntas con la confianza de saber que la comunicación, en el mejor de los casos, es lamentable.
La mejor descripción de su pensamiento, ordenado al azar en toda su obra por múltiples historias que quizás son todas la misma y suceden la mayoría de las veces en ese paraje oscuro y cerrado que Onetti bautizó con el nombre de Santa María, se encuentra en un párrafo ubicado justo en la mitad matemática de su novela El astillero: "Sospechó, de golpe, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo habitado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar".
El resto era una farsa absurda entre el deseo del hombre por un progreso que nunca ha de llegar y además es innecesario, y el frágil soporte del amor como esperanza de algo inaccesible. Así construyó cada uno de sus personajes, tan diferentes de los de García Márquez, de los de Vargas Llosa, incluso de los de Cortázar. Son seres perezosos que no hacen otra cosa que fumar, beber y frecuentar prostíbulos; seres fracasados, con profesiones sospechosas, que viven de recuerdos falsos y alimentan su inevitable hundimiento en el fango de la desolación. Hablan entre ellos, pero en realidad no le hablan a nadie, o, en otras palabras, no les importa que nadie escuche; seres para quienes la sorpresa quedó olvidada con los primeros balbuceos de la niñez.
Algo similar sucede con los escenarios. Los lugares de Onetti son sórdidos, exasperantes, en los que la naturaleza no está allí para exaltar su belleza de paraíso habitable sino para confirmar el estado de sofoco de quienes viven en esa ciudad perdida en un rincón del planeta de nombre Santa María y que es, precisamente, el sitio frecuentado por el autor uruguayo en muchos de sus cuentos y novelas; una ciudad caída en desgracia casi desde su fundación y cuya vida gira alrededor de un lupanar pestilente, donde todo sucede, como él mismo lo describe en sus relatos, como una menstruación: sin susto, sin atraso, triste y tediosamente regular.
Si Rayuela fue considerada no como una antinovela sino como una contranovela, en Onetti sus héroes se convirtieron no en antihéroes, como los de Kafka, sino en contrahéroes, como los tristes personajes de las novelas policiacas que leía, como los detectives del cine negro estadounidense de mediados del siglo. Y si los personajes de Cortázar siempre fueron perseguidores de algo que los redimiera, los de Onetti no persiguieron otra cosa que hundirse hasta tocar fondo. El mismo lo hizo en vida y prefirió quedarse allí, descansando en la sima del abismo.
Bajo estas condiciones, que lo llevaron si no a escribir las mejores novelas, por lo menos sí los mejores pasajes de la literatura latinoamericana, Juan Carlos Onetti se dedicó a renegar del mundo. Su escepticismo no fue funcional, como el de Sartre, que encontró en el existencialismo una esperanza de renovación humana. En el caso de Onetti, el pesimismo fue radical, apartado de cualquiera otra consideración. Lo único que valía la pena era el Montevideo de los años 40, el mate, el vino y el tabaco en abundancia. A pesar de haber salido expulsado de su país por la dictadura uruguaya de los años 70, la política tampoco lo entusiasmó. Ni la fama, ni la figuración literaria. Escribía porque no podía hacer otra cosa. Lo había hecho desde que tenía 20 años y no dudaría un instante en seguir haciéndolo hasta la muerte. Así nadie lo leyera, porque no escribía para que lo reconocieran, sino por que, como lo dijo en una entrevista reciente al periodista español Juan Cruz, "escribir es como hacer el amor".

UN OFICIO SIN LEYES
Onetti se dio el lujo de ser cínico hasta con su oficio. Mientras Vargas Llosa, quien como muchos de su generación tomó la literatura como una profesión medida, pensada, trabajada y sobre todo disciplinada, Onetti transgredió todas las normas. Escribía cuando se le daba la gana y sin la meticulosidad de los perfeccionistas. Escribía sentado en su cama a las cuatro de la tarde, o en el baño, de madrugada. Escribía igual sobrio o ebrio, con resaca o sin ella; a máquina o a lápiz, en papelitos que luego se perdían y había que buscar por días. Escribía sin sistema, sólo cuando el placer invitaba. Y por eso podía hacerlo durante semanas consecutivas y luego demorar meses sin coger la pluma. Según Onetti, "Vargas Llosa cumple con una mujer a la que está unido oficialmente, que es la literatura, y yo, en cambio, como le dije a él, tengo amor pasional con una mujer a la que veo cuando me da la gana".
Por eso los lectores poco avisados del autor de El pozo, Junta cadáveres, El astillero y Cuando ya no importe pueden perderse a veces en referencias que Onetti no se toma el trabajo de aclarar. Simplemente son la continuación de otro libro, o predecesoras de una explicación todavía inexistente, dispuesta a aparecer después en otro cuento o quizás nunca.
Juan Carlos Onetti fue ante todo un bohemio, o mejor, el más puro de los bohemios. Quizás el último de ellos. Nunca se pudo decir de él que fuera un excéntrico, porque la excentricidad esconde cierto deseo de protagonismo. Al contrario, él fue el único del boom, desde Neruda hasta Vargas Llosa, que no coqueteó con el poder o la popularidad. En el fondo, todos los integrantes del boom quisieron ser tan escépticos como Onetti, pero él fue el único al que le quedó bien, porque lo hizo de frente y sin excusas, porque en realidad esa éra su vida.
Curiosamente detrás de su agresividad, de su aspereza, de su reconocida misoginia y especialmente de su reafirmada fealdad. se escondía una misteriosa fuerza de atracción que enloqueció a las mujeres. No por casualidad se casó cuatro veces. Sin embargo, estas experiencias no hicieron sino confirmar su posición frente al amor eterno y la debilidad del hombre ante el destino impredecible.
Así murió, sin ceder un centímetro en su forma de ver la vida, con la satisfacción de haber desatendido a los ridículos valores del hombre contemporáneo, convencido de que la vida está en otra parte y por eso había que protestar contra ella. Sin duda, si el cielo existe, Onetti debe estar allí... pero renegando.-

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