Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1988/01/11 00:00

"EL ULTIMO GAMORAL"

Jugando con el fantasma de la violencia política y utilizando sus viejos recursos, Alvarez Gardeazábal parece estancado en su última novela

"EL ULTIMO GAMORAL"

Para el lector morboso, ese que goza siguiendo el rastro de algunos personajes a través de sábanas manchadas y arrugadas, gestos en la oscuridad, deseos reprimidos, angustias eróticas saciadas, amores inconfesables, rumores parroquiales, rencillas domésticas y anodinas, personajes que son una hábil mezcla de realidad y fantasía, personajes que sólo tienen significado para un pequeño grupo de testigos de su ascenso y su caída, para ese lector que prefiere la basura de murmuradores como Harold Robbins, Corín Tellado, Irving Wallace y Danielle Steele, la noticia no podía ser mejor: acaba de aparecer la nueva novela escrita Por Gustavo Alvarez Gardeazábal, con 178 páginas, 88 veloces capítulos y en la colección "Literaria" de Plaza & Janés. El nombre de la colección, en este caso, puede parecer un gesto sarcástico de los mismos editores quienes en forma desmesurada califican al protagonista de esta historia, Leonardo Espinoza, como "uno de los mitos más vibrantes de la historia literaria latinoamericana" lo cual sirve para reconfirmar algo que siempre se ha sabido: hay que desconfiar de los comentarios incluidos en solapas y contra-carátulas.

"El último gamonal" es la historia de un terrateniente y jefe conservador que hace de las suyas en la población de Trujillo, Valle y durante más de cincuenta años impone mediante el terror, el chantaje, los asesinatos, la corrupción y las mentiras, sus caprichos en una tierra que ni los militares, ni los curas, ni los políticos alcanzan a comprender tan profundamente como ese hombre que jamás llegará a orinar en público porque tiene verguenza de su pene diminuto y nunca se acostará con una mujer: estos dos detalles, sumados a las escaramuzas sexuales que sostiene con varios amantes se convertirán en elementos reiterativos de un libro que traduce el cansancio estilístico de un autor que, obsesionado por esta degradación moral de sus personajes, convierte hechos tan importantes como la violencia política colombiana en un simple pretexto para describir las actividades homosexuales de los protagonistas de estas crónicas aburridas y mal escritas.

La novela tiene tres planos narrativos: la descripción de la historia que arranca momentos antes del asesinato del gamonal y en la cual aparecen, además del mismo autor como testigo cercano a la bestia del poder, personajes como Germán Santamaría (el periodista estuvo varias veces en Trujillo y en su libro "Colombia y otras sangres" aparece la crónica sobre el asesinato), y la libretista Marta Bossio de Martinez, quien es ridiculizada los diálogos que sostiene el terrateniente con sus amantes, amigos y guardaespaldas, diálogos secos que conforman la parte más interesante del libro porque le permiten al lector escapar a las abundantes y reiterativas descripciones homosexuales, y un tercer plano está compuesto por los monólogos simples y ególatras del hombre a quien todos intentan matar como sea y como él lo sabe, apenas se molesta en moverse unos centímetros para dejar que los balazos le silben cerca, en la montaña o el comedor de su casa.

Intrascendente, tratando de magnificar un personaje y unos hechos que no tienen la menor importancia para los colombianos, convirtiendo otra vez los rumores de alcoba en material supuestamente literario, acosando al lector con reiteraciones sexuales que dejan de funcionar como recurso a las pocas páginas, jugando con el fantasma de la violencia política que en "Cóndores" alcanzó otra dimensión, "El último gamonal" asoma como la muestra de un escritor que se quedó estancado, temática y técnicamente, que prefiere el supuesto escándalo que desatará esta reconstrucción de hechos reales en una reducida comarca del Occidente colombiano con el fin de vender muchos libros, que convirtió la homosexualidad de sus personajes en una forma flagrante de atraer lectores despistados, tan despistados como los estudiantes de universidades norteamericanas para quienes el espectáculo de un escritor provocador que habla sobre matanzas políticas y gamonales pervertidos, será más interesante que el trabajo menos escandaloso pero más serio de otros autores colombianos.

La sensación final que deja "El último gamonal" es la de un autor, muy leído y comentado, muy valiente en sus escritos periodísticos, a quien el afán de publicar y atraer la atención le ha provocado el peor mal que puede presentarse en este oficio: se le está olvidando el castellano. La prueba está en algunos fragmentos inconclusos, inconexos y con palabras mal escritas. --

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