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| 4/21/2012 12:00:00 AM

El viaje mágico de Paul

Con 36 canciones y dos horas y media de concierto, Paul McCartney se entregó por completo en Bogotá y demostró con creces, a un estadio lleno y eufórico, porqué es una leyenda viviente del rock.

La canción con la que Paul McCartney abrió su concierto en Bogotá, el jueves 19 de abril, fue emblemática de todo lo que estaba por venir aquella noche: Magical Mystery Tour. Originalmente, era el tema central de una película que narraba las peripecias de los Beatles en un viaje por la campiña inglesa. Pero la canción pasó a convertirse de pronto en banda sonora de otros viajes: mentales, existenciales, psicodélicos. Un himno, en fin, con el que el cantante anunciaba que estaba por venir un cúmulo de emociones y, como en la película, invitaba al público a subirse en el bus que habría de pasearlo por todo ese espectro.

Porque el concierto de McCartney fue ante todo un encuentro con todos los recuerdos. Alguna vez escribió el periodista Philip Norman (autor de la mejor biografía de los Beatles que se ha publicado) que "existen millares de personas capaces de describir dónde estaban y qué hacían en el momento en que oyeron por primera vez el disco Sgt Pepper's". De ese álbum emblemático nos regaló una canción: A Day in the Life. Pero, ¿por qué no pensar que esa idea de Norman se puede aplicar a cualquier canción de los Beatles? La ovación para All my loving, que por un instante se pareció a los gritos histéricos de las jovencitas en 1963, bien puede sustentarlo.

Paul demostró su ya legendaria versatilidad tocando bajo eléctrico, guitarra, piano, mandolina y ukelele. Y no se ahorró nada: trajo, por ejemplo, el mismo bajo Hofner con el que lo vemos en la película Help! y anunció orgulloso que una de sus guitarras era la que usó en la grabación original de Paperback Writer. Para sumar a la autenticidad de cada momento, los arreglos de las canciones se mantuvieron muy parecidos a los discos. McCartney es menos amigo de la improvisación que de la exactitud. Hay algo de novedad en cada concierto, que tiene que ver con el misterio de qué canciones va a interpretar y en qué orden; pero también hay un espíritu acucioso que parece partir del respeto hacia los fans y que implica que lo que queda en el disco es definitivo.

Como muchas de estas canciones son breves (sus primeras composiciones no llegaban a los tres minutos), el viaje mágico de McCartney se convierte en una concatenación, felizmente extensa, de temas de los Beatles, los Wings y su carrera como solista: en Bogotá tocó 30 canciones y luego salió dos veces para hacer seis bises. En total, dos horas y media, que es mucho para cualquier concierto, y más aún si se tienen en cuenta factores como los más de 2.000 metros de altura de la ciudad y los casi 70 años del intérprete. Pero ahí estuvo McCartney firme, profesional, incluso gracioso. Solo se le alteró la voz un poco cuando cantó The long and winding road, y quiero pensar que se debió al contenido melancólico de la letra sumado a la emoción del momento.

En ese viaje, en esa especie de sueño al que nos llevó Paul McCartney, quedó claro que es un maestro hacedor de melodías. No me imagino cómo sería el mundo antes de 1963, es decir, antes del primer álbum de los Beatles, pero una cosa es clara: a ese mundo le faltaban unas cuantas buenas canciones. Solo por eso hay que agradecerle a Paul que desde entonces impregne el aire con sus ondas fantásticas.
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