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| 11/14/2004 12:00:00 AM

El vidente

Arthur Rimbaud no sólo fue uno de los mejores poetas del siglo XIX. También marcó el camino que hizo posible a leyendas de la cultura popular como Jim Morrison y Patti Smith.

"Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en donde se abrían todos los corazones, en donde todos los vinos corrían. Una tarde senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga-. Y la injurié. Me armé en contra la justicia. Huí. ¡Oh brujas, miseria, odio: a vosotros os confié mi tesoro! Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda la esperanza humana y para estrangularla, como una fiera salté sordamente sobre toda alegría. Llamé a los verdugos para morder, en mi agonía, las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, en la sangre. La desgracia ha sido mi dios. Me he revolcado en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y me he burlado de la locura. La primavera me trajo la horrorosa risa del idiota. Pero hace poco estuve a punto de soltar el último ¡cuac!, y pensé en recuperar la llave del antiguo festín, en donde tal vez recobraría el apetito. La caridad es esa llave. ¡Semejante inspiración demuestra que he soñado! 'Siempre serás hiena', exclama el demonio que de tan amables adormideras me coronó. 'Gana la muerte con todos tus apetitos, con tu egoísmo y con todos los pecados capitales.' ¡Ah! Estoy harto de todo: 'Querido Satanás, te conjuro a que no me mires tan irritado; y en espera de las pequeñas cobardías retrasadas, para vosotros que valoráis en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, desprendo estas hojas horrendas de mi cuaderno de condenado ". Esto describía una parte de la Temporada en el infierno de Arthur Rimbaud, el precoz poeta francés que a sus 18 años, estando en París, había sido incomprendido y rechazado por el medio literario, a excepción de Paul Verlaine, quien admiraba esa prosa extraña y novedosa que influiría en sus 'nuevos' poemas.

Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville, Ardenas. Su padre, un oficial del Ejército que había llevado antes de su matrimonio una vida desenfrenada, nunca pudo entenderse con su malgeniada y beata esposa. Luego del nacimiento de Arthur, el segundo hijo, abandonó a Francia para tomar parte en la guerra de Crimea. En 1860, luego de la separación de los cónyuges, la señora Vitalie Cuif, hija de grandes propietarios de tierras, retornó a Charleville, en donde nació Isabelle, la quinta hija, hermana preferida del poeta. Éste había heredado de su padre el espíritu aventurero y de su madre, el afán de poseer y de hacer rendir el dinero. El primer grito de rebelión de Arthur será contra la familia, en especial contra su severa y tacaña madre, y luego, contra la religión, la sociedad, la literatura.

Dado que el abuelo Cuif había muerto cuando llegaron a Charleville, la familia Rimbaud tuvo que alojarse en un lugar improvisado en la vieja calle Bourbon, desaseada y popular, en donde el genial chiquillo descubrió el sufrimiento de la gente pobre. " Sus camaradas débiles y desnudos, hijos de obreros ".

El ambiente familiar era cargante y triste. Y como a la madre casi todas las compañías le parecían " poco decentes ", los niños tenían que entretenerse " gentilmente " entre ellos y sin juguetes. Los domingos iban siempre a misa de 11. Eran días para leer la Biblia, días aburridos, de juegos y ruido prohibidos. Tiempo después se trastearon -a un lugar mejor- porque la señora Vitalie no se entendía con ningún vecino.

El niño poeta se mofaba de los estudios, del griego, del latín, de la historia y de la geografía. Pero obtuvo muchos premios por su aplicación. También se ganó el apelativo de 'santurrón obsceno' por haberse dado puñetazos con alumnos mayores que estaban jugando con agua bendita. Esto no le sirvió de ayuda el día en que su madre lo encerró en un granero tras haberlo sorprendido con un libro ortodoxo en las manos.

Cuando quiso un piano, su madre se lo negó. Para presionarla, un día, durante su ausencia, el niño recortó en forma de teclado la mesa del comedor. " Si no me arriendas un piano, cuidado con tus demás muebles ". Ella tuvo que capitular ante la amenaza.

A los 15 años obtuvo el primer premio de versos latinos en el concurso académico. A esa misma edad escribió sus primeros versos en francés: Los aguinaldos de los huérfanos . El chiquillo " un tanto engreído, cuerdo y dulzarrón, de tareas correctas " pasó a leer a Juvenal y a Lucrecio, a Rabelais y a Villon, a Baudelaire y Banville, a Saint Simon y a Proudhon. Devoró libros de la revolución francesa mientras maldecía a Napoleón porque había hecho " abortar rápidamente la Revolución ".

Para entonces ya escribía una poesía que le cantaba a la libertad, a la independencia, al ensueño, y que denotaba su fe panteísta, exigiendo " el retorno a la naturaleza " del hombre liberado del cristianismo. " ¡Carne, mármol, flor, Venus, es en ti que creo! "

Durante el verano de 1870 estalló la guerra entre Francia y Prusia. " Mi patria se levanta, yo prefiero verla sentada. Estoy desorientado, enfermo, furioso, estúpido, abatido, esperaba baños de sol, infinitos paseos, reposo, viajes, aventuras, bohemia, en fin: esperaba sobre todo diarios, libros. Nada. Ni un solo libro nuevo, esto es la muerte ", se quejaba. El 29 de agosto, sin avisarle a nadie, se marchó a París, dejando a su madre angustiada. Se había ido a recorrer los caminos de la guerra, a través del territorio invadido por los prusianos. En la estación del Este declinó dar su nombre y dirección a la policía imperial, y fue encarcelado. Se le liberó, enviándolo a Douai, adonde su querido maestro de retórica Georges Izambard. Éste, a pedido de la señora Rimbaud, le llevó a Charleville. Pero a los pocos días huyó de nuevo, a pie, esta vez rumbo a Bélgica. Recaló en Charleroi con el sueño de convertirse en periodista en el diario de la Sambre , cuyo propietario le invitó a cenar. Imprudente, Rimbaud lanzó improperios en contra de los hombres del Imperio y no fue contratado. Con poco dinero se internó en el camino de Bruselas, pasando las noches en los campos, al pie de los almiares, mendigando en las aldeas, compartiendo la sopa de los mozos de campo. Al poco tiempo, su madre ordenó repatriarlo.

En febrero de 1871, decidido a regresar a París, vendió su reloj para pagarse el pasaje y se marchó junto con una joven de Charleville que también había huido de su hogar. Sin hospedaje, aquella primera noche durmieron en el banco de un bulevar. Por la mañana, Rimbaud le exigió que se fuera en busca de unos parientes que tenía en un pueblo cercano a la capital. Era ella, personaje por siempre anónimo, quien tenía los ojos violetas cantados en su soneto de las Vocales. " ¡Inventaba el color de las vocales! -escribió en Una temporada en el infierno-. A negra, E blanca, I roja, O azul, U verde. Reglamentaba la forma y el movimiento de cada consonante y me jactaba de inventar, con ritmos instintivos, un verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos. Reservaba la traducción (...) Escribía silencios, noches; anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos ".

Varios años después, Rimbaud recordaba a aquella chica y se echaba a llorar. Jamás comentaba con nadie acerca de esa relación que recordaría en medio de los delirios que antecedieron a su muerte. Tras separarse de ese breve y doloroso amor, consiguió la dirección del caricaturista André Gill, quien le despidió amistosamente dándole dinero y algunos consejos. Durante 15 días, a fines de aquel crudo invierno, el poeta vagó por las calles, tiritando frente a las vitrinas de las librerías, durmiendo bajo los puentes o en las barcazas de carbón, hasta que, desilusionado de París, regresó a pie a las Ardenas.

Luego de haber redactado un proyecto de constitución comunista decidió, por tercera vez en ocho años, irse caminando rumbo a París para unirse a los rojos de la Comuna (obreros, pequeños burgueses, artesanos). Dijo ser un recluta de provincia y pidió un fusil. Estando enrolado en los 'Tiradores de la Revolución', mal armados y sin municiones, se vio obligado a huir cuando arremetieron los versalleses (las tropas de la República conservadora que aplastaron la revolución en 70 días).

De nuevo se halló en Charleville, vencido en su ideal revolucionario y, para colmo de males, el 'idilio' con la hija de un industrial de la ciudad terminó en el ridículo y la confusión: a través de una ventana había visto a la burguesa morenita de ojos azules y le había enviado unos versos de amor, poniéndole una cita en la plaza de la estación. Allí, la jovencita apareció acompañada de una sirvienta. Miró despectivamente a ese chico alto, tímido y mal vestido, le lanzó una sonrisa burlona y se marchó. En ese verano, Rimbaud compuso la invectiva Mis pequeñas enamoradas y la mayoría de sus poesías cínicas e irreligiosas: Los pobres de la iglesia, Las primeras comuniones . En las puertas de las iglesias escribió con tiza en enormes mayúsculas: " Muera Dios ".

A la sazón, asustaba a su madre y a sus hermanas con su iracundia, perturbaba a los burgueses, era grosero y su presentación personal dejaba mucho que desear: ropa manchada, mechudo, de pipa caída con el depósito dado vuelta y gorra agachada. Al verle pasar, los muchachos de los alrededores se burlaban y le lanzaban guijarros.

Con su poesía imaginativa y fantástica, Baudelaire, el " primer gran poeta moderno " y " padre de la poesía moderna ", influyó en Rimbaud, cuya poesía se enmarca dentro del Simbolismo, caracterizado por un idealismo filosófico que busca, tras las apariencias, la verdadera realidad. Es la poesía sentimiento, del drama espiritual y del verso libre; una poesía impresionista que sugiere antes que describir. Es, como diría Verlaine, " música por encima de todo ".

Rimbaud afirmaba que nada había existido en poesía desde la Grecia antigua. " El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio y total conocimiento (...) El poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura, él mismo busca, agota en él todos los venenos, para no conservar sino sus quintaesencias. Inefable tortura en la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, en la que llega a ser entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito -y el supremo sabio-. Pues llega a lo desconocido. Puesto que ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno. Llega a lo 'desconocido', y cuando, enloquecido, termina por perder la inteligencia de sus visiones, las ha visto ".

Hacia fines de agosto de 1871, antes de haber conocido el mar, compuso su poema, acaso el más célebre: el Barco ebrio . Tenía 16 años y estaba en Charleville, aburrido y sometido a " una madre tan inflexible como setenta y tres administradores de gorras de plomo. Ella ha querido imponerme el trabajo perpetuo en esta región de las Ardenas ".

Como deseaba regresar a París, le escribió a Paul Verlaine adjuntando sus últimos poemas. Verlaine, entusiasmado por esos acentos extraños y nuevos, le invitó a la capital. " ¡Ah, sí! Nada se ha escrito aún de semejante -refiriéndose al 'Barco ebrio'-, ya lo sé. ¿Y sin embargo? ¡Este mundo de letrados y artistas! ¡Los salones! ¡Las elegancias! No sé contenerme, soy torpe, tímido, no sé hablar. ¡Oh!, en cuanto al pensamiento, no temo a nadie, pero... ¡ah! ¿qué voy a hacer allá? "

Su madre, como siempre, no le dio ni un centavo pero le compró un traje. " Ven, querida grande alma, se te espera, se te desea ", le había escrito Verlaine, que lo recibió no en su casa sino en la de sus suegros, aprovechando la ausencia del padre de su esposa. Se sorprendió al ver que no era, como lo había imaginado, un sujeto de 30 años, era un inmenso campesino desmadejado de enormes manos rojas, " una verdadera cabeza de niño, regordeta y fresca, sobre un gran cuerpo huesoso y como torpe de adolescente que crecía todavía ". En la cena estaban madame Mauté, la suegra de Verlaine, su mujer, con ocho meses de embarazo y enfermiza, y Charles Cros, el físico poeta. Rimbaud engullía la comida, con la nariz en su plato, silencioso, lanzando miradas hostiles y desconfiadas. Respondía las preguntas con fastidio o se quedaba callado. Al final de la cena, encendió su pipa, fumó y se fue a acostar. Le dijo a Verlaine que ese ambiente burgués no le gustaba, que un poeta debía vivir de otro modo, y así lo condujo a borracheras interminables en las terrazas de los cafés. Esto le acarreó problemas de hogar a Verlaine, pero por suerte a las dos semanas Rimbaud se marchó.

Días después, Verlaine lo encontró vagando por las calles, demacrado y hambriento, con los vestidos convertidos en harapos y piojoso. Verlaine logró que un grupo de artistas le ayudara con una renta diaria y le pagara un alojamiento barato. Rimbaud, pese a fascinar con su inteligencia y su originalidad a Verlaine, que a la sazón tenía 26 años, se comportaba como un atarván en los sitios donde eran invitados.

Rimbaud quería hacer de la poesía un arte en el que concordaran la música y la pintura, las artes del dibujo y las artes del ritmo, hallar un lenguaje lírico que captara la atención de todos los sentidos, que resumiese " todo, perfumes, sonidos, colores ". Rimbaud buscaba imágenes inéditas, pretendía deshacerse del realista agudo y para ello recurrió al alcohol, al hachís y al tabaco. " El vejestorio poético tenía una gran parte en mi alquimia del verbo. Me acostumbré a la alucinación simple, veía muy francamente una mezquita en el sitio de una fábrica, una escuela de tambores hecha por ángeles, carrozas en caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago, los monstruos, los misterios, un título de 'vaudeville' me daba miedo. Enseguida expliqué mis sofismas mágicos con la alucinación de las palabras. Terminé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu ".

Fue en noviembre de 1871 cuando Rimbaud, adorador de las alucinaciones, por primera vez consumió hachís con el fin de tener deliciosas visiones, pero no había percibido sino lunas blancas y negras persiguiéndose con velocidades variables, a lo que siguió el malestar de estómago y una fuerte jaqueca.

En abril de 1872, Rimbaud salió de París, pero regresó un mes después tras ser llamado por Verlaine, que alcoholizado sostenía frecuentes riñas con su esposa, pese a que ella acababa de dar a luz. Una tarde de julio de ese mismo año, Rimbaud, hastiado de la ciudad, le convenció de que abandonase a su mujer y le acompañase a Bélgica. En septiembre se embarcaron rumbo a Inglaterra, en donde dieron clases de francés. De improviso, Rimbaud se devolvió a Francia. Pero regresó a Londres cuando Verlaine, muy enfermo y acompañado por su madre y una prima suya, le pidió que volviese. " Sus cuidados, unidos a los de mi madre y a los de mi prima, lograron salvarme esta vez, ciertamente no de una muerte, sino de una crisis que habría sido mortal en la soledad ".

Rimbaud tampoco estaba bien de salud: debilidad, alucinaciones e irritabilidad mórbida. Todo se debía al exceso de las drogas arriba mencionadas. Retornó a las Ardenas y se reunió con su familia en la aldea agrícola de Roche. Es la época en que empieza Una temporada en el infierno , " especie de prodigiosa autobiografía psicológica -según Verlaine- escrita en esa prosa diamantina que es de su propiedad exclusiva ".

En una casa devastada por los alemanes en 1870 escribía sobre sus rodillas. Deseaba acabar ese libro que lo obsesionaba y que su madre esperaba que fuese un éxito editorial. Vanas fueron sus expectativas. " La 'mother' -escribió Rimbaud a un amigo- me ha puesto aquí en una triste cueva. Echo de menos ese atroz Charlestown (Charleville), el Universo (café de Charleville), la Biblioteca, etc. No obstante, trabajo regularmente, hago pequeñas historias en prosa, título general: 'Libro pagano o libro negro' ". Cuenta que está harto: " Ni un solo libro. Ni un solo cabaret a mi alcance. Ni un solo incidente en la calle. ¡Qué horror es esta campiña francesa! Mi suerte depende de este libro, para el cual tengo que inventar todavía media docena de atroces historias. ¿Cómo inventar atrocidades aquí? "

El 25 de mayo de 1873, tras su reencuentro con Verlaine, se embarcó, junto con él, una vez más, hacia Inglaterra. Pero al poco tiempo Rimbaud ya se quejaba de haberle acompañado, y en cuanto llegaron a Londres lo abandonó allí, dejándolo solo días enteros. En esa época conoció a la " londinense rara, si no única " con la que experimentó placeres y repugnancias.

Exasperado por las quejas de borracho de Verlaine, se desquitaba por las noches, despertándole, asustándole, desafiándole. El 'satánico doctor', terminada la disputa, se dormía sobre su lecho miserable, y Rimbaud escribía en Vagabundos : " Yo creaba, más allá de la campiña francesa atravesada por bandas de música rara, los fantasmas del futuro lujo nocturno. Después de esta distracción vagamente higiénica, me tendía sobre un jergón. Y casi todas las noches, apenas dormido, el pobre hermano se levantaba, con la boca corrompida y los ojos arrancados, tal como se soñaba, y me llevaba a la sala, contando su sueño de pena idiota. En efecto, yo había contraído sinceramente el compromiso de volverlo a su estado primitivo de Hijo del Sol y vagábamos, alimentados de vino de las cavernas y bizcocho de los caminos, yo presuroso por encontrar el lugar y la fórmula ".

Ellos arreglaban su casucha y hacían su comida, y se turnaban para ir al mercado. Un día, a fines de junio de 1873, cuando Verlaine regresaba trayendo un arenque y un litro de aceite, Rimbaud se quedó mirándole por la ventana, riendo, burlándose de su andar: " ¡Pero qué desgarbo! ¡Si pareces un estúpido con tu botella y tu pescado sucio! ¡Si tú te vieras, mi viejo! " Verlaine, enardecido, subió la escalera, ebrio de whisky , y, tras ser recibido por una lluvia de insultos, lanzó el arenque al rostro de Rimbaud, descendió la escalera y desapareció en la calle. También se había cansado -¡por fin!- de ese joven tiránico y grosero. Lo abandonó, dejándole sin un penique, y tomó un barco rumbo a Bélgica con la esperanza de reconciliarse con Matilde, su mujer. Pero ya era demasiado tarde. Furioso por ello y arrepentido de haber dejado abandonando a su amigo, le rogó que volviese y le pagó el pasaje. Se instalaron, junto con la madre de Verlaine, en un mediocre hotel de Bruselas.

Un mediodía, Verlaine, que a duras penas vivía de su trabajo y de algún dinero que le daba su progenitora, llegó embriagado. Le mostró a Rimbaud una pistola que había comprado y le dijo: " Es para usted, para mí, para todo el mundo ", y como aquel pretendía irse a París, le recalcó: " Esto es para ti, puesto que te marchas ". Le apuntó y disparó, dándole un tiro en la mano izquierda. Descerrajó otro tiro pero en dirección al piso. Y de inmediato, angustiado y con complejo de culpa, le dio el arma y le invitó a descargarla en sus sienes. Luego, él y su madre llevaron al hospital al joven herido, quien quería irse esa misma noche a Charleville. Ellos le acompañaron a la estación del tren, pero Verlaine, que estaba desesperado ante la inminente partida de Rimbaud, le intimidaba al tener la mano en el bolsillo de su traje, donde estaba su pistola. Fue entonces cuando Rimbaud salió corriendo y le rogó a un agente de policía que lo detuviera.

Ante los jueces y ante la pregunta respecto a "la intimidad " de Verlaine con Rimbaud, éste declaró que sí, que la mujer de Verlaine "nos acusa hasta de relaciones inmorales. Pero ni siquiera quiero darme el trabajo de desmentir semejantes calumnias ".

Rimbaud, quizá a conciencia, había conseguido desembarazarse de Verlaine: éste fue condenado a dos años de cárcel en la prisión de Mons, y aquel se fue en busca de su madre a Roche. Allí, encerrado en el granero que le habían preparado como domicilio, lloraba por Verlaine.

En octubre de 1873 se publicó Una temporada en el infierno , y en noviembre Rimbaud ya estaba quemando la mayor parte de la edición. En este libro había escrito que de sus antepasados galos había heredado " la idolatría y el amor al sacrilegio; ¡oh!, todos los vicios: cólera, lujuria -magnífica, la lujuria- y, sobre todo, mentira y pereza. Me horrorizan todos los oficios. Maestros y obreros; campesinos todos, innobles. La mano que maneja la pluma vale tan poco como la que maneja el arado (...) La honradez de la mendicidad me desespera. Los criminales asquean como castrados: yo estoy intacto y poco me importa (...) ¡La sangre pagana regresa! El espíritu está próximo: ¿por qué Cristo no me ayuda, dando a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay, el Evangelio ha muerto! ¡El Evangelio, el Evangelio! (...) Sacerdotes, profesores, maestros, os equivocáis al entregarme a la Justicia. Jamás he sido de este pueblo; jamás he sido cristiano; soy de la raza que cantaba en el suplicio; no comprendo las leyes; no tengo el sentido moral; soy una fiera (...) Sí, tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Soy una fiera, un negro. Pero puedo salvarme. Vosotros sois falsos negros; vosotros; maniáticos, feroces, avaros. Mercader, tú eres negro; magistrado, tú eres negro; general, tú eres negro: has bebido un licor no gravado, de la fábrica de Satanás (...) Lo más sagaz es abandonar este continente en donde ronda la locura para proveer de rehenes a estos miserables (...) ¿Conozco siquiera la naturaleza? ¿Me conozco? -Basta de palabras. Sepulto los muertos en mi vientre, ¡gritos, tambor, danza, danza, danza, danza! Ni siquiera pienso en que cuando desembarquen los blancos yo caeré en la nada. ¡Hambre, sed, gritos, danza, danza, danza, danza! Pero nadie escapa a la conversión, ni siquiera él cuando " los blancos desembarcan. ¡El cañón! Hay que someterse al bautismo, vestirse, trabajar. He recibido en el corazón el golpe de gracia (...) " Sin embargo, parece convertirse al afirmar que " sólo el amor divino otorga las llaves de la ciencia. Veo que la naturaleza no es sino un espectáculo de bondad. Adiós quimeras, ideales, errores. Amaré a mis hermanos. Dios hace mi fuerza y alabo a Dios. El canto razonable de los ángeles se eleva del navío salvador; es el amor divino... Me ha nacido la razón. El mundo es bueno. Bendeciré la vida . Pero no está tan convencido porque " no me creo embarcado para una boda con Jesucristo como suegro... He dicho Dios. Quiero la libertad en la salvación (...) Soy esclavo de mi bautismo. Padres, habéis hecho mi desgracia y habéis hecho la vuestra (...) "

A fines de 1873, ya había decidido dejar la literatura, " la historia de una de mis locuras ", y conquistar el mundo, y parecía haber sido todo un vidente, ya que en su Estadía en el infierno había escrito: " Mi jornada está cumplida; abandono Europa. El aire marino quemará mis pulmones; los climas perdidos me tostarán. Nadar, segar la hierba, cazar. Regresaré con la piel oscura. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Ahora estoy maldito, me horroriza la patria. Lo mejor es dormir, perfectamente ebrio, sobre la playa. Buena suerte, exclamaba, y veía un mar de llamas y de humo en el cielo; y a izquierda y derecha, todas las riquezas ardiendo como un millar de relámpagos ". Entre 1875 y 1880, recorrió Europa en todas las direcciones, y en Alemania se reencontró con Verlaine, recién salido de la cárcel; se emborracharon y terminaron en una escena pugilística en la que el joven venció al ex convicto, reconvertido en ese entonces al cristianismo. Rimbaud no quiere saber ya nada de poesía y menos de la poesía católica de Verlaine. Estudiaba ciencias y lenguas. Se había encerrado en un armario durante 24 horas, sin beber ni comer, estudiando matemáticas, física, química. Verlaine quería salvar su alma, le decía que lo único inteligente y bueno es la religión. Todo lo demás es engaño, maldad, estupidez. " La Iglesia ha hecho la civilización moderna, la ciencia, las literaturas -insistía el 'pobre hermano'- ha hecho a Francia y también crea a los hombres ". Pero Rimbaud seguía pensando que " el infierno no puede atacar a los paganos ", y que " ¡Ah! ¡Si Cristo no hubiera venido no habría pecado "

Para ganar algunos francos, Rimbaud se vería obligado a descargar navíos en los puertos o a trabajar en una cantera de la costa mediterránea. Entre 1879 y 1880, estuvo en la isla de Chipre, y a partir de 1881 irá y vendrá de una orilla a otra del Mar Rojo, de la costa asiática a la costa africana. En su primer viaje a Java se contrató en el ejército holandés de las Indias y, una vez llegado a la isla, desertó. Les había tomado odio a los suboficiales que maltrataban a los indígenas. Luego de desertar se internó en las selvas y consiguió llegar a Batavia, en donde encontró empleo en un barco inglés que cargaba azúcar para llevarla a Europa. El 31 de diciembre de 1876 arribó a Charleville. Consiguió que su madre le diera dinero para ir a Viena. Allí, en abril de 1877, le robaron el sobretodo y el portamonedas, y se vio obligado a mendigar y a ser vendedor ambulante de llaveros o cordones de zapatos. Se enfrascó en una riña con un policía y fue deportado a Lorena. En septiembre estaba de nuevo en Charleville. En Marsella ganó algún dinero como changador antes de embarcarse para Alejandría. Se enfermó en los primeros días y fue desembarcado en Italia. Una vez más, Charleville. Con razón, Verlaine lo llamaba " el hombre de las zapatillas de viento ".

El 16 de diciembre de 1878 llegó a Chipre contratado como inspector de una cantera en el desierto. " Aquí no hay más que un caos de rocas, el río y el mar. Hay una sola casa. No hay tierra, ni jardines, ni un solo árbol. En verano, 80 grados de calor. Actualmente, a menudo tenemos 50. Es invierno. A veces llueve. Nos alimentamos de volatería, de gallinas, etc. Todos los europeos han estado enfermos, excepto yo. Tres o cuatro han muerto ".

Vivía en una casucha a la orilla del agua. Cocía sus alimentos, cazaba en la costa, pescaba y se bañaba en el mar. " Siempre soy jefe de cantera, y cargo y hago saltar y tallar la piedra. El calor es muy intenso... Las pulgas son un suplicio horroroso, de noche y de día. Y además los mosquitos. Es preciso dormir a la orilla del mar, en el desierto. He tenido algunos disgustos con los obreros y me he visto obligado a pedir armas ". Un día algunos de ellos, embriagados, le robaron la caja impidiendo que efectuase la paga. Los buscó hasta encontrarlos y a punta de verbosidad logró que le devolviesen el dinero.

En junio de 1879 tuvo que regresar a Francia tras haber caído enfermo de fiebre tifoidea. Retornó a Chipre en la primavera de 1880, pero se encontró con que sus antiguos patrones habían quebrado. Al conseguir trabajo como inspector en la construcción del palacio del gobernador general del Imperio Británico, hubo de ascender a la montaña: " A esta altura hace y hará todavía durante un mes un frío desagradable, llueve, graniza y hay un viento terrible... Estoy mal de salud, tengo palpitaciones del corazón que me molestan mucho ".

El 7 de agosto de 1880 anunció a su madre que había llegado a Adén, luego de que se le había acabado el trabajo en Chipre. Adén, un puerto del Mar Rojo, estaba, en aquel entonces, bajo dominio del Imperio Británico. " Ningún árbol, ni siquiera seco, ni una brizna de hierba, ni una parcela de tierra, ni una gota de agua dulce. Adén es un cráter de volcán apagado y lleno hasta el fondo por la arena del mar. No se ve ni se toca allí nada más que lavas. Las paredes del cráter impiden la entrada del aire y nos asamos en el fondo de este hoyo como en un horno de cal. Hay que ser víctima de la fatalidad para emplearse en semejantes infiernos ". Se contrató en una compañía dedicada al comercio del café, y Bradey, uno de sus patrones, que le había cogido estima, lo envió a la factoría que la casa acababa de crear en Harar, el gran mercado del sur de Etiopía. En diciembre de 1880 arribó luego de una larga marcha a caballo por el peligroso desierto somalí. Fue el tercer francés en llegar hasta allí. Se ilusionó al ver la gran ciudad árabe, los minaretes, la mezquita, pero al poco tiempo, asqueado, se quejaba de que la guarnición egipcia, " un puñado de perros y bandidos ", había hecho de Harar una cloaca. Se habitaba allí en medio de las deyecciones y podredumbres. Tampoco se hallaba a gusto, durante la época invernal, con el frío y las lluvias a casi 3.000 metros de altura.

En enero de 1881 pidió a su familia que le enviasen de Francia un " manual teórico y práctico del explorador ". Pese a que adquiría en buenas condiciones café, marfil, oro, perfumes, incienso, almizcle y pieles, se lamentaba: " ¡Ay! No le tengo el menor apego a la vida; estoy acostumbrado a vivir de fatiga. Pero si me veo obligado a continuar fatigándome como ahora y a morir de penas tan vehementes como absurdas, bajo climas atroces, temo acortar mi existencia. Ojalá pudiera uno gozar de algunos años de verdadero reposo en esta vida, y felizmente esta vida es la única, y esto es evidente, puesto que no podemos imaginarnos otra vida con un tedio más grande que en ésta ".

Mientras tanto, volvía a sumirse en su trabajo " absurdo y embrutecedor ". Envía fotos a su madre en las que aparece en la terraza de su casa, en las plantaciones de cafetos, en un jardín sembrado de matas de banano. El 6 de mayo de 1883, luego del estallido de la guerra entre Egipto y Abisinia (Etiopía), escribía: " La soledad es aquí una cosa mala, y lamento no estar casado y no tener un hogar mío. Pero ahora estoy condenado a vagar, atado a una empresa lejana, y diariamente pierdo el gusto por el clima y las maneras de vivir y hasta la lengua de Europa ". Hablaba de lo inútil que serían tantas idas y venidas, tantas penalidades, tantas aventuras entre razas extranjeras, y de esas lenguas que llenaban su memoria, si nunca podría descansar en un sitio de su agrado y levantar un hogar y tener al menos un hijo para educarlo a su gusto, esperando verlo convertido en " un ingeniero renombrado, un hombre poderoso y rico por la ciencia. Pero, ¿quién sabe cuánto pueden durar mis días en estas montañas? Y puedo desaparecer en medio de estos pueblos sin que jamás se sepa la noticia de mi muerte ". Decía que ya nada le importaban las noticias políticas. "Hace más de dos años que no recibo un diario. Todos esos debates me son ahora incomprensibles. Lo mismo que los musulmanes, sé que lo que sucede, sucede, y eso es todo ".

Por fortuna, este fatalismo fue pasajero. Rimbaud había iniciado una nueva aventura, ya no poética, sino como explorador. Penetró en Ogadén (Etiopía-Somalia), país de pastores pero sobre todo de nómadas y de guerreros. " Los ogadinos son musulmanes fanáticos. Cada campamento tiene su imán que canta las oraciones a las horas debidas ". A orillas del río Ouabi (1883) descubrió " todos los animales de los grandes ríos: elefantes, hipopótamos, cocodrilos , sin contar con las bestias salvajes más comunes , es decir, las gacelas, los antílopes, las jirafas, los rinocerontes, cuya piel sirve para la confección de escudos ".

En enero de 1884 envió informes a la Sociedad de Geografía, que se lo agradeció y le pidió su fotografía, sus datos personales y un reporte de sus trabajos. Rimbaud nunca contestó.

A causa de malos negocios, la casa de Adén entró en liquidación. Rimbaud, que convivía en esa época con una abisinia de fe católica, se enrumbó de nuevo hacia la costa llevando en su cintura 40.000 francos oro, y pasando las noches alerta, con su carabina siempre lista. Helo ahí en Adén, sin trabajo: " ¡Qué existencia desolante llevo en estos climas absurdos y en estas condiciones insensatas! -escribió- ¡Qué fastidio! ¡Qué vida estúpida! ¿Qué hago aquí? ¿Y qué iría a buscar en otra parte? " Sin embargo, Bardey siguió con los negocios por su cuenta y le contrató.

En ese entonces, su madre le pidió que regresara a Francia, pero él se negó. Dijo que no volvería hasta no haber amasado una enorme fortuna; además, "en Francia no sería más que un extranjero". Y, " el mundo está lleno de magníficas regiones que ni las existencias de mil hombres reunidas bastarían para visitar ". Tampoco quería vagar en la miseria; deseaba tener una renta para poder pasar el año en dos o tres regiones diferentes. "Vivir todo el tiempo en el mismo sitio, eso lo encontraré siempre muy desdichado ".

Muy pronto se halló hastiado de su existencia en Adén. " Todo es muy caro, no bebo nada más que agua. Nunca fumo, me visto con telas de algodón. Jamás recibo diarios, no hay biblioteca. Como europeos, no hay sino algunos empleados de comercio, idiotas que malgastan su sueldo en el billar y abandonan el lugar maldiciéndolo ". Estaba harto de ser tendero y vendedor, y aburrido del paso monótono de los días. Renunció al empleo, " feliz de abandonar esta horrorosa cueva, donde tanto he sufrido ", y se marchó hacia las montañas de Abisinia en busca de ese clima dulce donde no hace frío ni calor y donde hay gente hospitalaria.

Su plan era recibir de Europa algunos millares de fusiles que pretendía venderle a Menelik, rey de Shoa. Del puerto de Tadjurah salió la caravana, tomando una ruta que evitaba internarse en el territorio de la sanguinaria tribu de los danakiles. He ahí a Rimbaud, en su caballo abisinio, con las pistolas cargadas en las pistoleras, la carabina sobre la espalda, atravesando la alta llanura volcánica. Luego de un mes de marcha llegaron a Harar, y por abruptos caminos rocallosos subiendo y bajando montañas, pasando de 1.000 a 3.000 metros sobre el nivel del mar, se internaron en la selva de enebros y sicomoros. El 6 de febrero de 1887, tras más de seis semanas de penalidades, arribaron a la ciudad real de Ankober, pero Menelik no estaba allí. Se hallaba expulsando a la guarnición egipcia de Harar, ciudad que anexaría a sus dominios. Para reunirse con él, Rimbaud tuvo que enrumbarse hacia Antotto, la futura Addis-Abeba.

El rey era un pillo ambicioso y de mala fe, De sus cajas, Rimbaud le ofreció, aparte de los fusiles, sedas bordadas, juguetes mecánicos, sombrillas y chucherías. Menelik quería de todo pero se negaba a pagar lo acordado. Rimbaud salió engañado, pero, antes de retornar a Harar, pudo compensar con lo que vendió en el mercado de Antotto, un centro importante de tráfico y de cambio.

El 23 de agosto de 1887, Rimbaud, hallándose de descanso en el Cairo, escribía: " Tengo el cabello completamente gris, me imagino que mi existencia declina. Figuraos cómo debo estar luego de hazañas del género de las siguientes: travesías de mares en barco y viajes por tierra a caballo, sin vestidos, sin víveres, sin agua, etc. Estoy excesivamente fatigado. Me aburro a morir. No tengo nada que hacer. Temo perder lo poco que tengo. Figuraos que llevo continuamente a mi cintura cuarenta y tantos mil francos oro, esto pesa una veintena de kilos, y me produce disentería ".

Rimbaud quiso entablar una colaboración científica para la Sociedad de Geografía, pero no tuvo éxito. Entonces optó por seguir con los negocios. El antimilitarista de 1870 se había transformado en un mercader de armas: en Zeilah equipó una caravana de 200 camellos portadores de 3.000 fusiles destinados a Makonnen, el gobernador de Harar. Allí fundó una factoría en mayo de 1888. Al principio no se mostraba optimista: " Nunca he conocido nadie que se aburra tanto como yo. Y además, ¿no es miserable esta existencia sin familia, sin ocupación intelectual, perdido en medio de los negros, cuya suerte querría uno mejorar, mientras ellos tratan de explotarnos y ponernos en la imposibilidad de liquidar negocios a corto plazo? Obligado a hablar sus jergas, a comer sus inmundas comidas, a soportar mil fastidios provenientes de la pereza de ellos, de su traición, de su estupidez. Lo más triste tampoco es eso. Temo embrutecerme, aislado como estoy y alejado de toda sociedad inteligente ".

Por su carácter y su rectitud, Rimbaud supo imponer el respeto a los jefes abisinios y su factoría prosperó rápidamente: azúcar, arroz, sandalias, zapatos, cotonadas, sederías, armas y chucherías eran cambiadas por café, goma, almizcle, marfil y oro que le traían del sur. Trabajaba duro y viajaba constantemente entre la costa y el interior de Abisinia (o Etiopía).

Libre de la sociedad y sus leyes, se había impuesto una ética elemental: " Mi conducta es irreprochable... En todo lo que he hecho, son más bien los demás los que me han explotado. Trabajo, quisiera hacer algo bueno y útil. Gozo de cierta consideración debida a mis procedimientos humanos. A nadie le he hecho mal. Por el contrario, hago un poco de bien si encuentro la ocasión de hacerlo, y es este mi único placer ". Pero seguía siendo obstinado y colérico.

Comerciantes franceses que le conocieron afirmaban que, gracias a su dominio de diversos dialectos vernáculos, vivía rodeado de mujeres de razas diferentes, en una especie de harén. Se había procurado así -decían ellos- " una serie de diccionarios encuadernados en piel ".

Se había convertido también en el proveedor titular de armas de Su Majestad el Negus, Menelik II, ya convertido en rey de reyes de Etiopía. El ascenso de este rey de Shoa al trono imperial favoreció los negocios de Rimbaud. La fortuna, por fin, le estaba sonriendo: había reunido cerca de 80.000 francos oro. Quiso ir a la Exposición Universal de París, pero no podía dejar solo su establecimiento. " Será para la próxima vez, y a la próxima podré quizás exponer los productos de este país y tal vez exponerme yo mismo ".

En febrero de 1891, en plena bonanza y seis meses después de haberle escrito a su madre preguntándole si podría ir en la primavera a su casa a casarse con alguien que consintiese seguirlo en sus viajes, Rimbaud sintió un dolor agudo y pertinaz en la rodilla derecha. Dedujo que era una dolencia artrítica causada por la fatiga, el calor y el frío, y que se había agravado cuando se dio un golpe bajo la rótula. " A cada paso sentía como un clavo hundido de lado ". Con el paso de los días ya no pudo caminar y permanecía echado, vigilando desde una ventana su negocio. A fines de marzo resolvió partir, abandonando su casa blanca y baja rodeada de cafetos, la terraza donde descansaba por las noches observando las estrellas, y debiendo liquidar su casa de comercio. Cuando se hallaba solo en la trastienda, junto a sus libros de cuentas, su mirada se extasiaba en el saco de oro que se había ido llenando con el paso del tiempo.

Mandó hacer una angarilla cubierta por una cortina de cuero y se hizo trasportar a la costa por 16 indígenas. El segundo día tuvo que aguantar un diluvio de 16 horas, sin abrigo y sin poderse mover. En el descenso de las altas mesetas, los cargadores resbalaban y Rimbaud sufría con cada sacudida. Un día trató de montar a caballo pero el dolor fue insoportable. " Extendían la tienda sobre mí en el sitio mismo en que me colocaban; y, cavando un hoyo con mis manos junto al borde de la angarilla, difícilmente lograba ponerme de lado para evacuar el vientre en ese hoyo que tapaba enseguida con tierra". Durante una tempestad de arena, la caravana se dispersó y el enfermo estuvo sin alimentos durante 30 horas. Además, los cargadores, descontentos y agotados, lo trataban mal. Tuvo que recriminarlos y amenazarlos con descontarles del salario.

" Me he vuelto un esqueleto, doy miedo. Mi espalda está enteramente desollada por el lecho; no duermo un momento ", escribió cuando llegó a Adén a bordo de un vapor. De allí fue remitido a Marsella. Volvía pobre y desesperado. Ingresó al puerto luego de " 13 días de dolor ". En el Hospital de la Concepción, ante la gravedad de su estado, los médicos, habiendo descubierto un cáncer, le amputaron la pierna. Su madre llegó a visitarlo pero partió a los pocos días porque tenía mucho trabajo en Roche. " En cuanto a mí, no hago más que llorar día y noche, soy un hombre muerto, estoy estropeado para toda mi vida... En fin, nuestra vida es una miseria, una miseria interminable. Entonces, ¿para qué existimos? "

A comienzos de julio de 1891 trató de caminar con una pierna de madera muy liviana, barnizada y rellena, bien hecha, pero sólo consiguió irritar e inflamar su muñón, siempre doloroso, y no le queda más remedio que caminar en muletas a través de su cuarto. ¡Cuán activo era cinco meses atrás! "¿Dónde están las caminatas a través de los montes, las cabalgatas, los paseos, los desiertos, los ríos y los mares? Y ahora, la vida de un inválido. ¡Adiós matrimonio, adiós familia, adiós porvenir! ¡Mi vida ha pasado! ¡Ya no soy sino un pedazo inmóvil! "

Sentía que la anquilosis invadía los demás miembros de su cuerpo. Hizo un ingente esfuerzo y se marchó rumbo a la finca de su infancia. En la estación del tren se reencontró con su hermana Isabel, a la que había dejado cuando ella era aún una niña. El primer día, al entrar en su pieza, el poeta exclamó: " ¡Esto es Versalles! "

Hacía frío en ese 'Versalles' y la humedad le afectaba. Sin embargo, fiel a sus ansias de movimiento, salía a diario a pasear en coche descubierto. Al agravarse, no pudo salir más y tuvo que permanecer sentado en un sillón. No dormía. Recurrió a narcóticos (tisana de adormidera) y pasó varios días en un sueño psicodélico hasta que un día, durante una alucinación, cayó de la cama con gran estruendo. Lo hallaron tendido, desnudo, sobre la alfombra. Renunció a las drogas y decidió irse para reingresar al Hospital de la Concepción, aunque su idea fija era regresar a Harar.

El 22 de septiembre de 1891, Isabelle Rimbaud, pese a las protestas de su madre, que necesitaba su ayuda en la granja, llegó a Marsella para acompañarle. " Las mujeres cuidan a esos feroces enfermos a su regreso de los países cálidos ", había escrito él en Una temporada en el infierno. A esas alturas, dormía con los ojos abiertos, y en cuanto despertaba, lloraba, vociferaba y maldecía. Era un enfermo impío e insoportable. " Me iré bajo la tierra -le dijo a su hermana- y tú te iras al Sol ".

Las religiosas del hospital rezaban para que tuviese una buena muerte. El 28 de octubre Isabelle anunció a su madre que " el domingo experimenté la mayor felicidad que pueda haber en este mundo. No es ya un pobre réprobo el que va a morir cerca de mí: es un justo, un santo, un mártir, un elegido ". El blasfemo agnóstico se había confesado, había rezado y le había preguntado a su hermana: " Podemos tener la misma alma, puesto que eres de la misma sangre que yo. ¿Crees, dime, crees? " " Sí, creo, es preciso creer ", respondió ella. Al salir de la pieza, el sacerdote afirmó: " Su hermano tiene fe, hija mía, ¿qué nos decía usted, pues? Tiene fe y nunca he visto una fe de esa índole /".

Mientras Rimbaud se hundía en las tinieblas de la muerte, su genialidad ya había empezado a brillar en los medios intelectuales y literarios de París. ¡Piedad! Señor, tengo miedo. Tengo sed, mucha sed. ¡Ah, la infancia, la hierba, la lluvia, el lago sobre las piedras, la luz de la luna cuando el campanario tocaba las doce. El diablo está en el campanario a esta hora. ¡María! ¡Santísima Virgen! Horror de mi estupidez ", había escrito en su Estadía en el infierno .

En sus últimas horas, en un viaje final de morfina, Rimbaud daba un toque artístico a su agonía: entremezclaba y recitaba imágenes exóticas con un acento rico y coloreado, se diría que amalgamaba el sueño cristiano con un extraño Islam. El 9 de noviembre de 1891 dictó a su hermana una carta para un fantasmal director de una compañía de navegación: " Dígame, a qué hora debo ser transportado a bordo ". Al día siguiente, a la edad de 37 años, se había subido a su Barco ebrio rumbo al más allá. " Desde entonces, me bañé en el poema del mar, infundido de estrellas, lactescente, devorando los azules verdes donde a veces flota, lívido y pensativo, un ahogado ".

Días después, el féretro del poeta llegaba a Charleville. A las 8 de la mañana, la madre habló con el cura de la parroquia y le encomendó un servicio de primera clase para las 10, y, pese a que aquel le dijo que el plazo era muy corto, ella no cedió. A la hora fijada, en un entierro más solitario que una isla desierta, sólo dos personas seguían el coche mortuorio: la señora Vitalie y su hija Isabelle. Quizá me espera una tarde / en que beberé tranquilo / en alguna ciudad vieja, / y así moriré contento / pues nada lamento. / Si me resigno a mi mal, si con dinero me quedo, / me marcharé al norte, / o al país de los viñedos. ¡Qué indigno es soñar! / Nada se gana, / y la esperanza se pierde, / para el viejo viajero, / que vuelve a la posada verde, / donde yo estuve primero.
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