Sábado, 21 de enero de 2017

| 2001/09/10 00:00

Elemental, mi querido Watson

Un escritor británico acusa a sir Arthur Conan Doyle, el célebre creador de Sherlock Holmes, de haber plagiado la obra ‘El sabueso de los Baskerville’, y de haber asesinado al verdadero autor.

Elemental, mi querido Watson

A la gente no le gusta que se metan con sus ídolos y sobre todo si es para manchar su buen nombre. Por eso no es de extrañar que los británicos estén echando chispas con las atrevidas declaraciones del escritor Rodger Garrick-Steele, quien hace unos días afirmó que sir Arthur Conan Doyle, el venerado padre putativo de Sherlock Holmes, fue un villano capaz de plagiarle a su mejor amigo la autoría de la novela El sabueso de los Baskerville. La obra, que narra la historia de una familia de terratenientes en Inglaterra que debe llevar a cuestas con la leyenda de un perro endemoniado que busca venganza, no habría sido concebida originalmente por Conan Doyle sino por el periodista Bertram Fletcher Robinson, corresponsal en Suráfrica del Daily Express durante la guerra de los boers.

Por lo menos esa es la conclusión a la que llegó Garrick–Steele luego de 11 años de investigación en los que descubrió la tremenda influencia que ejerció Robinson en la concepción de la historia más célebre del detective más famoso del mundo. Fue él quien le contó a Conan Doyle una leyenda local de Dartmoor sobre un malvado hacendado, sir Richard Cabell, quien, luego de vender su alma al Diablo, fue llevado al infierno por un par de perros gigantescos. Hoy en día la tumba del terrateniente, en el cementerio de la parroquia de Buckfast, está rodeada por una baranda de hierro para evitar que el espíritu de Cabell se escape acompañado de sus sabuesos.

Garrick-Steele asegura que los dos amigos habían decidido escribir juntos una historia basada en la leyenda pero al final el relato fue publicado por Conan Doyle en las páginas del Strand Magazine en 1901, quedando el nombre de Robinson relegado a una línea de agradecimiento. Para el escritor lo curioso del asunto es que las descripciones del perro satánico que hace Conan Doyle en su obra coinciden con las que hizo un año antes Robinson en su manuscrito Aventura en Dartmoor. Incluso el nombre del protagonista de la novela, Harry Baskerville, es el nombre de pila del jardinero de Robinson.

El interés de Garrick-Steele por el tema se remonta a comienzos de la década de los 80 cuando el escritor se mudó a la antigua casa que fuera propiedad de Robinson. Allí se dedicó a investigar sobre la vida del periodista y descubrió ciertas irregularidades que le hicieron reflexionar sobre la amistad que sir Arthur decía profesar por su colega. Según declaraciones dadas por el escritor a la BBC el éxito de El sabueso de los Baskerville le ayudó a Conan Doyle a recibir el mayor reconocimiento para un súbdito de la corona británica: ser nombrado caballero. Si en el círculo literario de Londres llegaban a enterarse de que la historia había sido plagiada del manuscrito de Robinson, Conan Doyle caería en desgracia y pasaría a ser el hazmerreír de la sociedad .

Para evitar que la verdad saliera a la luz Garrick-Steele sugiere que el mentor de Sherlock Holmes ideó un plan macabro digno de cualquiera de sus novelas. Con la colaboración de Gladys, la esposa de Robinson quien, según Garrick-Steele, también era la amante de Conan Doyle, el autor envenenó lentamente a su amigo suministrándole pequeñas dosis de láudano. Esta versión discrepa de la de los historiadores, que sostienen que el corresponsal de guerra murió en 1907 a los 34 años a causa del tifo. Si dicha enfermedad fue la causante del deceso de Robinson no se explica por qué la víctima sólo fue asistida por un médico hasta el día de su defunción y no existan registros de haber sido tratado contra el mal. También llama la atención que ningún familiar ni amigo cercano de Robinson haya desarrollado el tifo siendo ésta una enfermedad altamente contagiosa. Por último Garrick-Steele se pregunta por qué el cuerpo del periodista fue trasladado de Londres al condado de Devon, su tierra natal, para ser enterrado cuando era costumbre que los restos de los enfermos de tifo fueran incinerados.

Los detectives de Scotland Yard están hasta la coronilla con la supuesta conspiración para asesinar a Robinson y han desestimado las acusaciones de Garrick-Steele argumentando que el crímen —si es que alguna vez lo hubo— ocurrió hace más de 100 años y no tiene sentido investigar a unos sospechosos que hace décadas pasaron a mejor vida. En cuanto a la versión del plagio las denuncias tampoco son concluyentes pues Robinson murió seis años después de la publicación de El sabueso de los Baskerville, lo cual le habría dado tiempo suficiente para interponer una demanda por derechos de autor.

Por su parte los voceros de la Sherlock Holmes Society han salido en defensa de su maestro y aclaran que, si bien Bertram Fletcher Robinson fue el de la idea, el desarrollo de la novela fue exclusivo de sir Arthur Conan Doyle. Pero Garrick-Steele no está dispuesto a darse por vencido tan fácilmente. El escritor decidió vender el resultado de sus pesquisas a un estudio de Hollywood con el fin de obtener recursos suficientes para continuar con sus investigaciones y, si es posible, exhumar el cadáver de Robinson para practicarle una autopsia que revele la causa de su muerte.

¿Asesinato o tifo? Sin lugar a dudas este es un caso que sólo Sherlock Holmes y su querido Watson serían capaces de resolver.

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