Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/10/20 00:00

Elogio de la ambigüedad

Grandes pasiones y una parodia al esnobismo cultural en la última novela de Muñoz Molina.

Antonio Muñoz Molina
En ausencia de blanca
Alfaguara, 2001
138 paginas

Qué ocurriría si un hombre al volver a su casa se da cuenta que su mujer es otra, que ya no es la misma? Sobre esta idea, original de Giovanni Papini, Antonio Muñoz Molina escribió un relato de siete capítulos publicado por entregas en un diario español. La misma historia, ampliada y revisada, se convierte ahora en la novela corta En ausencia de Blanca.

Mario, un joven y modesto funcionario de una ciudad de provincia, vive dedicado a su trabajo y a Blanca, su mujer. Pero Blanca es su polo opuesto. Pertenece a una clase más alta; es culta, refinada, hermosa. El contraste es evidente: él ha conseguido todo lo que quería y ella cree que todo lo que consigue es muy poco. Piensa, como dice Muñoz Molina, que la vida está en otra parte.

Blanca es una suerte de Madame Bovary posmoderna. Sueña con ir a las grandes ciudades para ver exposiciones y escuchar conciertos. Desde luego, como la mujer insustancial de Chejov, será presa fácil de los seudoartistas, de las modas, de los cocteles, en fin, de esa cosa detestable que se llama "vida cultural" y que en provincia puede llegar a ser verdaderamente patética. Aquí el Rodolfo de turno se llama Onésimo, un pintor que no pinta sino que se dedica a hacer dudosas instalaciones. Por supuesto que se ha ganado la Bienal de Jaén y goza de una sólida fama local. Mientras tanto, Mario se dedica a leer con cierto esfuerzo la Historia de España de Menéndez Pidal.

No obstante, hay otro contraste aún más brutal. Mario no tiene, como Carlos Bovary, un amor tranquilo y perruno hacia su esposa. No. Mario está dominado por un amor loco, por una pasión devoradora más digna de Romeo o de Tristán, de personajes románticos como la Catherine de Cumbres borrascosas quien, ante la inminencia de su casamiento con otro hombre y enamorada de Heathcliff, le dice a su criada: "Helen, Helen, yo soy Heathcliff". Mario es otro; Mario es Blanca. Hay que estar alerta: las grandes pasiones se pueden vivir en los lugares más insospechados. Incluso en la tranquila Jaén.

La narración comienza cuando Mario, al llegar a su casa, sospecha que esa mujer dulce y obsequiosa que lo recibe, no es la misma, no puede ser su Blanca, la han cambiado. Y termina en el mismo punto; se trata de un relato circular. ¿Cuál es la misteriosa transformación de Blanca? Este es el enigma que sostiene la trama. Pero, a diferencia de la vieja literatura policíaca, nunca se resolverá. Muñoz Molina ha construido un texto deliberadamente ambiguo. Contar el final no daña la lectura porque no es sólo un dato sino implica también una interpretación. ¿Blanca finalmente lo abandonó y lo que éste ve es un fantasma producto de su locura? Es posible, como también son posibles otras interpretaciones. Al igual que sus maestros Adolfo Bioy Casares en El héroe de la mujeres o Juan Carlos Onetti en Los adioses, Muñoz Molina ha apostado por el final abierto que involucra al lector de una manera activa.

Aquí se podría hacer una larga digresión sobre la ambigüedad literaria que empezara con La obra abierta de Umberto Eco y terminara en las conocidas teorías de Cortázar sobre el lector cómplice, el lector macho o hembra. Pero sería demasiado fatigante y académico. Además un poco inútil: En ausencia de Blanca es un trabajo menor dentro de la obra de Muñoz Molina. Si usted es su fan, puede estar seguro que ésta no supera El jinete polaco y ni siquiera a Carlota Fainberg -también una novela de breve formato-, esa deliciosa parodia contra los críticos. Y a pesar de ello sigue siendo mucho mejor que toda esa basura y esos falsos escritores que continuamente estamos recibiendo de España. Y es refrescante, en estos tiempos, leer algo que no se agota en la primera lectura, que no es un producto perecedero para el consumo con fecha de vencimiento. Claro, es que hay una diferencia con Muñoz Molina: no es 'madrileñamente' provinciano y se dejó influir a tiempo por los buenos escritores sudacas.

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