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| 11/19/2016 12:00:00 AM

‘Las chicas’ de Charles Manson

Con solo 27 años, Emma Cline es ya una de las voces más prometedoras de la literatura anglosajona. Esta es la historia de su ópera prima y ‘best seller’, ‘Las chicas’, inspirada en uno de los crímenes más recordados de Estados Unidos.

En noviembre de 2015, la revista literaria The Paris Review publicó The Unprofessionals: New American Writing, una compilación con la que anunció los que, a su criterio, son los nuevos referentes de las letras norteamericanas. Era una apuesta ambiciosa, sin duda, pero no gratuita al venir de unos editores famosos por descubrir talentos como Philip Roth o David Foster Wallace y publicarlos en sus páginas cuando ellos todavía no eran nadie.

Entre esos nuevos escritores apareció un nombre que acaba de salir del anonimato: Emma Cline. Ya en 2013 la revista le había publicado un cuento realizado durante su maestría en escrituras creativas. Se titula Marion y narra la historia de una niña de 11 años que vive en una comuna y crece demasiado pronto. Es también un sutil guiño a Charles Manson y su ‘familia’, pero ambientada en el presente. Cline sentía ya un interés especial por ese criminal emblemático y un misterioso parentesco con las jóvenes que Manson había atraído a su clan: “Pienso a menudo –dijo en una entrevista– en lo fácil que hubiera sido que las cosas me salieran mal; en mi vida cortada, amargada y terminada en el vicio”.

Emma Cline tenía 26 años cuando The Paris Review anticipó su éxito. Estaba ya escribiendo su primera novela, The Girls, con la que se adentró más en la historia del clan Manson. Había firmado ya un contrato con Random House de 2 millones de dólares por adelantado, y también le había vendido a Scott Rudin –productor de películas como Petróleo sangriento, Las horas, Red social y No hay lugar para los débiles– los derechos del libro para hacer una adaptación cinematográfica el próximo año. The Girls empezó a circular en junio de 2016 e inmediatamente se convirtió en un éxito comercial. Fue, por ejemplo, el libro que más vendió sus derechos de traducción en la Feria del Libro de Fráncfort: 35 países.

Cline dice que ha pasado toda su vida escribiendo ese libro. En realidad se puso en la tarea cuando tenía 25 años, y para ese entonces ya había ido a Columbia y regresado a su natal Sonoma, California. Para empezar se refugió cerca de una comuna donde sucede su relato y también cerca de la casa donde se instaló la ‘familia’ Manson a finales de los años sesenta.

No tiene teléfono inteligente, ni Facebook, ni Twitter. Dice que tiene contacto con el mundo virtual a través de sus hermanas menores –ella es una de seis–. Afirma, además, que solo puede escribir en medio del aislamiento, y que, por eso, para The Girls se encerró por un tiempo en una cabaña junto a la casa de un amigo. Se comunicaban por walkie-talkie y ella solo salía para bañarse y comer.

Cline parece de otro tiempo, y de otro tiempo es su novela. Pero si el lector espera un relato fidedigno y detallado de los crímenes de Manson –al estilo de Helter Skelter de Vincent Bugliosi, el mismísimo abogado del caso– debería buscarlo en otra parte.

Por supuesto, Cline había estudiado el fenómeno Manson, los detalles de la comuna y los asesinatos. Exploró incluso una página web de Susan Atkins –una de las asesinas y uno de los personajes más cercanos a su ficción–, quien pagaba cadena perpetua cuando murió, en 2009, cuando todavía un club de fanáticos pedía por su libertad.

Aquellos acontecimientos macabros recubren un pasado mítico, un relato colectivo de Estados Unidos y que inquieta a Cline porque encarna, según esa narrativa de la historia, el ocaso de una época de revoluciones, el fin de los ideales.

Un mito que siempre regresa, reinterpretado en una nueva novela, serie, canción o documental, como si se negara a caer en el olvido. Pero a Cline le sirvió solo como excusa para adentrarse en una interioridad precisa: ella no habla explícitamente de Manson, ni de Sharon Tate. Ni siquiera habla, casi, de los años sesenta: se refiere a un culto similar al de la ‘familia’ Manson, pero sobre todo habla de las chicas.

“Volví la mirada por las risas, y seguí mirando por las chicas”, dice la primera línea del libro. “Aquellas chicas de pelo largo parecían deslizarse por encima de todo lo que sucedía a su alrededor, trágicas y distantes. Como realeza en el exilio. Las examiné con una mirada boquiabierta, flagrante y descarada: no parecía probable que fuesen a echar un vistazo y reparar en mí (…). En aquella época, analizaba y puntuaba de inmediato a las demás chicas, y llevaba un registro constante de todas mis carencias”.

La novela cuenta la historia de Evie Boyd, una adolescente californiana de 14 años, solitaria, precoz, de padres separados: el coctel perfecto para un encuentro fortuito con un grupo de jóvenes que viven al margen de las normas sociales, en un rancho deshecho que gira alrededor de un músico fracasado, líder carismático y manipulador llamado Russell, el Charles Manson de esta historia. Evie, fascinada por ese mundo sin reglas –y especialmente por Suzanne, una de las chicas–, se deja arrastrar a ese clan alucinado cuyo descontrol termina en un acto de violencia extrema.

Pero Cline no se interesa en el crimen, sino en la mirada adolescente y, sobre todo, femenina de los hechos. Esa mirada ingenua hacia afuera, ante los ojos de otros, es paradójicamente profunda desde adentro e inesperada para un lector adulto que ha olvidado lo que es ser adolescente; lo que se siente, lo que se piensa. Eso que a veces es perverso. “Estoy interesada en este momento, en la cúspide de la edad adulta –cuando nos encontramos con la manera cómo el mundo trata a las mujeres y a las niñas– y lo que significa ser una niña en el mundo. Esa edad tiene, de alguna manera, tanto un tinte de inocencia como una conciencia que brota”, le dijo Cline a The Paris Review.

La narradora es una Evie adulta, madura, que, sin embargo, juzga como determinante lo vivido en 1969, y lo cuenta con soltura, crudamente. Algo de esa edad infantil, la intimidad particular que surge entre mujeres, no se ha ido del todo. La amistad ambigua, la complicidad fortalecida por una mirada particular sobre un mundo en el que las cosas hablan y funcionan como signos que están allí para que ellas los descubran e interpreten en silencio. Y solo ellas pueden compartir eso entre sí. “Solo las chicas pueden prestarse unas a otras verdadera atención, la clase de atención que equiparamos con ser amadas. Se fijan en lo que queremos que se fijen”, piensa Evie en un pasaje.

Por eso el libro podría considerarse anacrónico, como si el feminismo y el discurso de la igualdad no hubiesen suprimido aún los mitos que rodean lo femenino. Pero precisamente en ese anacronismo se sitúa la historia: Evie vive en un momento en el que las mujeres están empezando una lucha que todavía no acaba. Y en ese tránsito, en ese despertar cargado de los prototipos de un pasado dual, ella se descubre a sí misma y descubre el mundo.

A pesar de que los adolescentes la protagonizan, esta no es una novela juvenil. Al menos no exclusivamente. Es una novela sobre la necesidad de ser visto y de ser amado, y sobre las marcas que deja la vida. Todo esto cargado de un erotismo crudo, a veces violento.

La novela explora la conciencia de una sexualidad adolescente de la que no se suele hablar. Y también una sexualidad pervertida, como si representara la perversión de toda una época. El sexo no es amor, el ‘hippismo’ no es amor. Son otra cosa, algo más oscuro. Ideales desfigurados, manchados, simples utopías.

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