Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1991/08/05 00:00

EN BLANCO Y NEGRO

En los 150 años de la fotografía, la Biblioteca Luis Angel Arango muestra las primeras placas que utilizaron el negativo.

EN BLANCO Y NEGRO

UNA IMAGEN VALE MAS QUE MIL palabras, dice el viejo refrán. Y cada vez parece más acertado. A medida que el mundo se complica, queda menos tiempo para leer. De ahí que los diarios y las revistas dediquen cada día menos espacio al texto y más al elemento gráfico. Seguramente usted encontró un rato libre para leer este artículo: pero la mayoría de quienes lo tuvieron frente a sus ojos sólo alcanzó a observar durante unos segundos las imágenes de la página opuesta.
Paradójicamente, las imágenes requieren, para ser asimiladas, un tiempo menor que los textos. Pero con el paso de los años la memoria puede reproducir más fácilmente la composición de una fotografía que las palabras entrelazadas de un escrito. Al fin y al cabo todo entra por los ojos. Y está comprobado que esa curiosidad casi instintiva del ser humano lo lleva a exigir un testimonio gráfico de aquellos sucesos que leídos o escuchados le han resultado impactantes. Por eso el cine, la televisión y el video han tenido tan inusitado éxito. Pero no han logrado bajar a la fotografía de su pedestal. Por el contrario, para crecer y desarrollarse se han valido de los principios que han llevado tan lejos a ese arte de la imagen fija. ¡Que lo digan los directores de fotografía de las películas y de las series de TV., cada día más solicitados!
Y la fotografía tiene encantos incomparables. A pesar de la técnica, sigue siendo más cómodo cargar con una cámara atada al cuello, que con una filmadora de video. Y a la hora de evocar, sigue siendo menos complicado ubicar a los espectadores frente a un álbum fotográfico que en torno a una pantalla de televisión. Pero no se trata de enfrentar estos dos medios tan ligados a la vida de hoy, sino de recordar un proceso que, hace 150 años, dio origen a la fotografía moderna.
Se trata de la calotipia, patentada por el inglés William Henry Fox Talbot en 1841. No fue este anglosajón el inventor de la fotografía, pero sí uno de los hombres que contribuyeron en mayor grado a su desarrollo. A punta de experimentar pacientemente en su laboratorio, Talbot llegó al diseño del proceso negativo-positivo que aun se utiliza y logró reducir de horas a minutos, y de minutos a segundos, el tiempo de exposición fotográfica, con lo cual se pudo retratar al ser humano, que era una de las mayores ambiciones de los aficionados a este arte.
Como un homenaje a la fotografía moderna, en sus 150 años, la Biblioteca Luis Angel Arango, de Bogotá, con el apoyo del Consejo Británico, expone por estos días una muestra de fotografías de William Henry Fox Talbot y de dos de sus íntimos colaboradores, John Dillwyn Llewelyn y Nevil Story Maskelyne. En ésta se comprueba el interés inicial de estos pioneros por temas pintorescos como lagos, arroyos, riachuelos, casas de campo y praderas. Temas que fueron los predilectos por la indiscutible influencia de los pintores paisajistas de la época. Porque si bien la fotografía nació por la simple afición de aventureros del laboratorio, muy pronto se convirtió en instrumento al servicio de la cultura y de la ciencia. La fotografía y las artes plásticas, desde entonces, han vivido en estrecha relación. De hecho aspectos como la composición, el ángulo, la luz y el contraste han desvelado, tradicionalmente, a fotógrafos y a pintores.

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