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| 6/12/2014 6:00:00 AM

La retórica de la paz

El Museo del Oro abre una exposición temporal que cuenta la manera como los wayúu restablecen la armonía a través de la palabra.

El tema de la exposición temporal Pütchipü’ü, abierta hace pocos días en el Museo del Oro del Banco de la República en Bogotá, cae como anillo al dedo a las discusiones de paz en las que está embarcado el país desde hace meses. “Queríamos divulgarle a los colombianos cómo los indígenas wayúu, quienes carecen de tribunales y policía, recurren a discursos persuasivos y a una retórica eficaz para solucionar sus disputas,” explica Weidler Guerra, curador de la exposición y miembro del clan Uliana. Desde 2004 el sistema normativo de los indígenas de La Guajira es considerado patrimonio cultural de la nación y en 2010 la Unesco lo agregó a su lista de patrimonio inmaterial de la humanidad. Sin embargo, son pocos los colombianos que saben que desde las crónicas coloniales hay evidencia de que los wayúu construían paz dialogando.   

Los españoles narraban que unos hombres vestidos con túnicas blancas y llamados pütchipü’ü, o palabreros, iban a caballo entre dos ejércitos enfrentados y con seductoras palabras los convencían de dejar la guerra. “Hoy día -dice Héctor García, antropólogo del museo- ellos van a la casa de la familia agredida y con un discurso eficaz la convencen de aceptar la compensación ofrecida y decidirse por la paz. Para los wayúu el individuo está siempre inmerso en una comunidad; por eso los problemas nunca son solo entre dos personas.” El control que las familias ejercen sobre sus miembros hace que en la mayoría de las disputas sea fácil identificar quién es el agresor y quién el agredido. Pero en vez de preocuparse por castigar o encarcelar al culpable su familia busca un palabrero que transmita un mensaje reconciliador a los afectados. Este, con un discurso que se asemeja a la poesía, los convence de aceptar las ofrendas materiales y simbólicas presentadas y dar por terminado el conflicto. Los regalos no pretenden compensar la vida perdida pero sí el dolor de la ausencia y, sobre todo, muestran la belleza de la paz a diferencia del horror de la guerra.

El filósofo norteamericano John Searle estaría de acuerdo con la idea de utilizar las palabras para construir paz. Él, al igual que su colega Judith Butler, conciben el lenguaje como un medio para describir la realidad pero también para crearla. Conscientes de que las palabras violentas no pueden llevar a la paz, los pütchipü’ü escogen metáforas que se asemejan al canto de las aves y que hablen de unión y no de discriminación. “Ellos –explica Telemina Barros, una líder wayúu- fomentan el diálogo e invitan a la comprensión.” En una entrevista con un palabrero Weidler Guerra le preguntó qué diría para conciliar una disputa por violación, uno de los crímenes más graves para los wayúu. Él le contestó que le pediría a la familia de la víctima que entendiera a ese hombre de poco valor que no encontró las palabras para enamorar a la mujer que deseaba.    

La habilidad del palabrero con el lenguaje no se hereda. Quienes se dedican al oficio por lo general se interesaron desde pequeños por la solución de conflictos. Llegados los 15 o 16 años comenzaron a ir con los pütchipü’ü a las rancherías y los escucharon con atención. Eran aprendices que con el tiempo fueron capaces de resolver conflictos solos. Por supuesto no empezaron con los más difíciles sino con unos sencillos como una propuesta de matrimonio. La negociación de los crímenes de sangre requiere experiencia y solo los más viejos son elegidos para llevar a cabo tan delicada tarea. Ellos cargan siempre un bastón como apoyo para el cuerpo y para la mente. Mientras hablan dibujan en la arena figuras que les permiten mantener el hilo de su argumentación. Y si bien el trazo en la arena se va con el viento, las palabras quedan grabadas en la memoria de los presentes.

Los palabreros, al igual que los demás wayúu, entienden que los conflictos hacen parte de la naturaleza y por lo mismo de los seres humanos. Sin embargo, son conscientes de que solo la voluntad y la acción de hombres y mujeres los harán pasajeros. Los pütchipü’ü se la pasan recordándoles a los wayúu que el territorio se hace grande para quien vive en paz pero muy pequeño para quienes eligen la guerra. Por eso siempre recomiendan restablecer la armonía.
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