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| 2/2/2006 12:00:00 AM

En estas anda Doris Salcedo

Reconocida especialmente por su trabajo como escultora, en los últimos cuatro años Doris Salcedo ha optado por intervenir espacios públicos y artísticos. El premio Ordway que acaba de recibir es un nuevo reconocimiento a su trayectoria.

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La obra de Doris Salcedo (1958) es compleja e inevitablemente dolorosa. A su regreso a Colombia en 1985, luego de hacer un máster en escultura en la Universidad de Nueva York, a partir de la toma del Palacio de Justicia empezó a centrar su trabajo en la violencia. Desde ahí, muchas de sus esculturas han tenido como punto de partida los testimonios de personas que de una u otra forma se han convertido en víctimas. Se ha acercado al drama de familias que buscan mantener viva la presencia de esos seres desaparecidos. Pero en su obra no hay amarillismo, a pesar de tener como eje situaciones dramáticas. Si el espectador se encuentra con dos mesas cortadas pero unidas entre sí, a través de pelo humano, no tiene por qué saber cuál es el origen de dicha obra: las mesas largas, punto de encuentro familiar, de socialización, están cortadas, ya no tienen cuatro patas, sino dos, y ahora están unidas a otra por pelo humano (Dicen que cuando alguien muere, el pelo del cadáver sigue creciendo). Antes que nada, en su obra predomina un planteamiento poético que no busca representar literalmente lo que esas víctimas han padecido, pero en el que la artista confía trasmitir algunos de esos sentimientos, así sean mínimos, luego de decantarlos a través de la metáfora.

En sus obras jamás veremos sangre, cuchillos, sierras eléctricas, fusiles, fotografías de masacres o imágenes directas, muchas veces registradas por los medios de comunicación. Por el contrario, como en varias de las obras que produjo en los 90, nos encontramos con muebles, guardarropas, puertas, camas, o sillas (elementos cotidianos que hacen silenciosamente parte de la vida), cubiertos de cemento, sin posibilidad de uso, objetos a los que se les han quitado sus funciones, su razón de ser. Los puntos de partida de estas obras ya son parte de la anécdota. Estos hechos parecen irrelevantes, pues sus esculturas ya no sólo condensan la violencia en Colombia, sino la que se vive en todo el mundo.

Sus más recientes trabajos se han centrado en intervenciones de espacios públicos. Se dice que el homenaje a Jaime Garzón, después de su muerte, en el que ella participó, fue su primera propuesta en "espacios no artísticos". Pero más que una obra, ella lo consideró sólo eso: un homenaje. En 2002, justo el 6 y el 7 de noviembre, en un nuevo aniversario de la toma del Palacio de Justicia, descolgó del techo del lugar 280 sillas durante el mismo tiempo que duró la tragedia. Los transeúntes en la carrera séptima se sorprendieron ante esta propuesta que, como ha sido la constante de su trabajo, busca generar memoria ante hechos trágicos.

En 2003, en la Bienal Internacional de Estambul, Salcedo utilizó 1.550 sillas para intervenir un espacio público de la ciudad que estaba desocupado y rodeado por dos edificios. Las sillas apiladas, unas sobre otras, remiten al caos, al desorden, pero si vemos esas sillas como una extensión del cuerpo humano, es inevitable pensar en otras imágenes más dolorosas (en una escena de La vida es bella, película que tiene como trasfondo la Segunda Guerra Mundial, Roberto Benigni, quien interpreta a un judío, mientras camina de noche entre la niebla cargando entre sus brazos a su hijo dormido, se encuentra con una imagen semejante de cuerpos y cuerpos amontonados). Esta obra que puede remitir al holocausto tiene múltiples lecturas y algunos críticos hablan de la referencia al desplazamiento y las secuelas de la globalización.

En 2004, en la galería vanguardista White Cube, de Londres, la artista intervino dicho espacio artístico, incrustando en las paredes alambre metálico que, según Rod Mengham, crítico que escribió para el catálogo de la exposición, es uno de las materiales más empleados en la actualidad en la industria de la seguridad. Es, para él, un elemento característico de los campos de concentración como los que se vieron en Bosnia o, aún, en Guantánamo. El alambre encajado en las paredes de yeso tiene plena relación con sus obras anteriores. El espectador se encuentra en un espacio silencioso, atrapado, como si esas paredes quisieran desbordarse pero existe esa reja que lo impide. No hay nada más en la galería. El nombre de la exposición complementa perfectamente: Neither.

Actualmente, su trabajo está presente en la Trienal de Turín 1, Italia. De nuevo Salcedo intervino un espacio, esta vez el Castello di Rivoli, una edificación del siglo XVIII, prolongando desde el techo hacia abajo la estructura de la arquitectura original basada en ladrillos de ese siglo, "casi oscureciendo las cuatro paredes blancas de la sala", como lo describe Carolyn Christov-Bakargiev en el catálogo de la exposición. "El espacio es silencioso, pesado, misterioso", dice. El lugar, que tiene connotaciones políticas más que artísticas, genera sensaciones como si esos ladrillos fueran a seguir descendiendo para dejar todo a oscuras. Abismo es el nombre de esta obra.

Salcedo acaba de recibir el Premio Ordway, en su primera versión, un reconocimiento más a una trayectoria muy reconocida en el exterior. n
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