Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/09/19 00:00

EN LA MIRA

Con exposiciones que se inician esta semana en Cartagena y que culminaran el proximo año en París, Colombia y el mundo empiezan a rendirle homenaje al fotógrafo Leo Matiz.

EN LA MIRA

Leo Matiz se sentía un caricaturista. De hecho, a su padre siempre le preocupó que de pequeño no hiciera otra cosa que dibujar, en vez de ocupar más tiempo en el estudio de las matemáticas o de otras ciencias útiles. Pero el muchacho dibujaba, y lo hacía bien. En Tanto que de diario en diario corto tiempo fue a parar a El Tiempo en épocas de 'Calibán'. Parecía que su destino estaba decidido, cuando el director lo llamó a su despacho y le dijo: "Me sirve más un fotógrafo que un caricaturista. Deja el lápiz, toma 20 pesos y cómprate una Zeiss Ikon. ¡Anda!".
"No soy fotógrafo", increpó el muchacho, pero la mirada de 'Calibán' fue suficiente para saber que debía aceptar por la fuerza el nuevo oficio. En corto tiempo se apegó tanto a la cámara, que no hubo profesión alguna que lo sacara de la fotografía. Lo intentó varias veces fundando galerías de arte en Mexico, Caracas y Bogotá; dedicándose a las labores campesinas. Pero el ojo había quedado aprisionado en la lente desde sus épocas de dibujante en El Tiempo, a finales de los años 30, ya no podía mirar el mundo de otra manera que no fuera una cámara. Pronto su trabajo artístico lo llevó a ser catalogado como uno de los 10 mejores fotógrafos del planeta, hasta tal punto que prestigiosas publicaciones requirieron su presencia.
Hoy, bordeando los 80 años, con más de 50 dedicado a la fotografía y un legado de cinco millones de negativos, Colombia y el mundo han comenzado a rendirle un homenaje a quien supo dejar plasmado en sus fotos el espíritu latinoamericano de su gente. El reconocimiento se inicia en Cartagena esta semana, con la exposición de su obra en el Museo de Arte Moderno de La Heroica. En octubre, la obra de Matiz se exhibirá en Casa de las Américas, en Cuba; en noviembre, en el Instituto Italo Latinóamericano, de Roma, y en diciembre en la Galería Virginia Miller, de Miami. Es un extenso trayecto que continuará en Nueva York y Londres, y culminará en mayo del próximo año en Francia, cuando sus fotos inauguren el Museo Nuevo Espacio Fotográfico de París, como reconocimiento a un artista que está empezando a ser redescubierto en Europa.

EL AVENTURERO
Leo Matiz nació en Aracataca en 1917. Pero el mismo espíritu de aventurero de García Márquez lo lanzó a conquistar la región andina y luego el exterior. Trabajó en varios periódicos y revistas hasta comienzos de los años 40, cuando se fue a México a probar suerte como relacionista de un pianista mexicano que había conocido en Colombia. Los 40 serían sin duda los años más prolíficos de su carrera. Allí conoció y se hizo amigo de Porfirio Barba Jacob, Luis Buñuel, Agustín Lara, María Félix, del artista Diego Rivera y de ese otro controvertido pintor, David Alfredo Siqueiros, con quien tuvo una relación tan entrañable como conflictiva a causa de una fotografía suya que utilizó Siqueiros en uno de sus murales y por la cual no recibió ningún crédito. Siqueiros era un hombre importante al lado del desconocido Matiz. De tal manera que el fotógrafo colombiano terminó expulsado hacia Estados Unidos.
A pesar de las circunstancias, su salida de México fue beneficiosa. Su nombre ya empezaba a sonar en el seno de varias publicaciones. Así, no fue difícil encontrar trabajo en revistas como Selecciones y Life, para las que realizó cientos de reportajes fotográficos, varios de los cuales le dieron la vuelta al mundo.
Como corresponsal, su vida de aventurero lo acercaría no sólo a lograr sus mejores fotos, sino a enfrentarse en más de una ocasión con la muerte. De todas ellas, tal vez la más memorable fue la del 9 de abril de 1948, en Bogotá. Enviado por Life a cubrir la IX Conferencia Latinoamericana, Matiz iba a encontrarse con Jorge Eliécer Gaitán una hora después de que el líder fuera herido de muerte. En medio de la revuelta, Matiz recibió un tiro en una pierna y fue llevado al mismo hospital donde yacía Gaitán. Pero, como siempre, Matiz también aprovechó ese momento para deslizarse hasta la habitación del líder y tomar las primeras fotografías de éste después de muerto.
Sin embargo, curiosamente Matiz no aceptaba ser sólo fotógrafo y cambió varias veces la cámara para dedicarse a la profesión de galerista. Incluso se dio el lujo en 1944 de ser el primero en exponer la obra de un jovencito pintor antioqueño de quien estaba seguro de que llegaría lejos: Fernando Botero.
Leo Matiz fue un viajante cuya memoria no ha quedado reflejada en las letras, como alguna vez lo quiso, sino en fotos. Recorrió Venezuela, Ecuador, Argentina; en fin, toda Latinoamérica, con un sentido fotográfico que había descartado la denuncia panfletaria de muchos de sus colegas para plasmar a su gente tal como es. Matiz reflejó, como pocos, el alma latinoamericana, la del trabajador cotidiano, la del campesino noble, la del ciudadano altivo.
Después de tantas tempestades y locuras, de triunfos y aventuras, el Leo Matiz de hoy lleva una vida calmada en Fusagasugá, poblada de recuerdos y sin perder todavía ese instinto que le transformó el ojo en una lente y que lo hizo recorrer el mundo cargado de una cámara que, paradójicamente, siempre quiso soltar.

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