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| 2/21/1994 12:00:00 AM

EN LETRAS MENUDAS

Las casas editoriales, los escritores, las librerías y el propio Estado han lanzado una ofensiva frontal para estimular los hábitos de lectura en los niños.

QUE CADA COLOMBIANO LEE EN promedio menos de dos libros al año, es una realidad ante la cual ya nadie se asombra. Las estadísticas se han repetido tantas veces que las cifras sobre el bajo índice de lectura de la población se han vuelto tan familiares como las de la violencia delincuencial o las muertes por accidentes de tránsito.
La solución la proclaman los especialistas a los cuatro vientos: "Si se enseña a leer a los niños, cuando crezcan no perderán la costumbre". Pero los niños tampoco leen. Múltiples métodos estimulantes utilizan los padres; variados mecanismos disciplinarios imponen los profesores. Y los niños siguen sin leer y con escasas excepciones terminan abandonandolas letras antes de cumplir los 10 años.
Gruesos tomos se han elaborado describiendo el problema. Miles de expertos dictan conferencias anuales sobre las posibles soluciones. La conclusión: el error suele estar, primero, en el análisis de las causas y, luego, en la manera de combatirlas.


EL PAVOR DE LEER
En cuanto a las causas, un profesor de letras y escritor francés, Daniel Pennac, pareció dar en el clavo en su libro Como una novela, publicado en 1992 y convertido rápidamente en un fenómeno editorial. En él, Pennac derrumba los mitos que se han levantado alrededor del hábito de leer y que son, en última instancia, los principales enemigos de la lectura infantil y juvenil: la televisión como diablo de la lectura; la juventud como víctima de pertenecer a la generación audiovisual; la tecnología como asesina de los sueños. Son sólo excusas de adultos para no enfrentar el problema real: los niños dejan de leer porque no lo hacen por placer, sino por obligación. Y la literatura es, por encima de todo, un placer.
Según Pennac, paradójicamente el amor por la lectura suele terminar cuando el niño aprende a leer. El padre lenarra cuentos antes de dormirse, el hijo los goza, los hace repetir, los hace suyos sólo porque toda esa maravilla es gratuita: no se le exige nada a cambio. El niño se entusiasma hasta tal punto que quiere aprender a leer.
Pero entra al colegio, en efecto aprende a leer y termina solo, arrojado en su cuarto frente al texto, abandonado por sus padres (que no vuelven a compartir la lectura porque el niño ya lee) y a veces reprendido porque lee en voz alta o porque quiso abrir un libro que no era para su edad. La fantasía de descifrar las letras se convierte poco a poco en un pequeño infierno indeseado, pues para ellos, en un principio, lo grato de la lectura es que sea compartida. Ante el abandono, es preferible la televisión, que los padres utilizan como premio para después de la lectura. "La televisión elevada a la dignidad de recompensa... y como corolario, la lectura rebajada al rango de incordio", reclama Pennac.
No obstante, el remedio escolar contra la falta de lectura suele ser peor que el síntoma. Para nadie es un secreto la dificultad de enfrentarse, como primeros textos literarios, a María, sólo porque es considerada una obra cumbre de las letras colombianas, o a El Moro, ese eterno monólogo puesto en boca de un caballo por José Manuel Marroquín, por ser escrito por un ilustre hombre de la patria. Según los especialistas, cuando la lectura es impuesta y además obligada a sustentar, se convierte en un martirio difícil de disipar en el inexperto lector.
Para fortuna de las nuevas generaciones, los mitos en torno a la lectura han comenzado a caer y la literatura está volviendo a su objetivo primario, el del placer, para partir de allí hacia otros ámbitos, innecesarios si el lector quiere. El susto a enfrentarse a los libros está cediendo a la curiosidad de explorarlos sin mayor obligación que la de disfrutarlos.

LA ALEGRIA DE LEER
Así lo han entendido las editoriales, los escritores, los ilustradores, los libreros y el propio Estado, que han decidido lanzarse en una ofensiva mancomunada destinada a estimular la lectura infantil en todo el país. Y han comenzado por los niños, precisamente porque es allí donde se cultivan los hábitos imperecederos.
La que hace más de 10 años era considerada casi una utopía -cuando Carlos Valencia decidió dedicarse de lleno a la edición de literatura para niños y eran muy pocos los que creìan en ella-, se está transformando en una realidad tangible. En los últimos cinco años Colombia está viviendo un verdadero boom editorial en materia de literatura infantil. El premio Enka, tradicional promotor de libros para niños con su reconocido concurso, ya no está solo en esta odisea. El número de autores ha ido creciendo poco a poco, al igual que el de ilustradores. Y si antes se pensaba sólo en la Editorial Norma -líder en el mercado internacional de libros animados- como generadora de literatura infantil, ahora son varias las casas editoras impulsando el género: El Ancora, Susaeta, Edilux, Alfaguara, Educar, Tercer Mundo, Carrillón, S.M y muchas editoriales más ofrecen sus propias colecciones.
"A pesar de que la mayoría de los títulos son de autores extranjeros -comenta Silvia Castrillón, directora de Fundalectura- lo cierto es que la oferta de libros para niños es cada vez mayor. Por lo menos las librerías tienen ya secciones especializadas y las ediciones han mejorado en calidad". Por su parte, la escritora para niños Mariela Zuluaga afirma que "ya no se tiene la idea de que el autor para niños es aquel maestro pensionado que no tiene otra cosa que hacer, o la señora viuda sin oficio. Por fin se ha entendido la literatura infantil como un oficio profesional". El fenómeno es la respuesta a la reacción mundial ante la crisis de lectores de final de siglo. Colombia no se ha quedado atrás. De hecho, Medellín fue sede el año pasado de dos coloquios internacionales. En la capital antioqueña la campaña de las bibliotecas viajeras realizada por la Fundación Ratón de Biblioteca, ha causado una alegre conmoción. Al verlas llegar, los habitantes de las comunas de Medellín imaginaban que aquellas cajas dejadas en cada esquina eran mercados empacados, listos para consumir. Y, sí, estaban listos para consumir, pero eran libros, libros de variados tamaños y temas, pero sobre todo libros infantiles que la Fundación Ratón de Biblioteca había llevado hasta ellos para estimular la lectura en aquellos jóvenes que difícilmente tienen acceso al universo de las letras.
Las campañas del gobierno y de Fundalectura, a través del plan 'Es rico leer' para la promoción de la lectura en la primera edad, están arrojando resultados satisfactorios no sólo directamente con los niños, sino con los profesores y padres de familia, en relación con la toma de conciencia de los adultos de la responsabilidad que les compete a la hora de guiar a los pequeños en la lectura.
Por supuesto, lo anterior es hasta ahora el inicio de todo el trabajo. Aunque han aparecido nuevos autores, son muy pocos en relación con la demanda infantil, y todavía no hay estudios para medir en qué nivel de calidad se encuentra la literatura infantil. Además, hace falta atacar el problema en la adolescencia, edad en la cual la mayoría de los posibles lectores desertan definitivamente.
"Por el momento -dice Conrado Zuluaga, de Editorial Santillana-, lo importante es el aumento de la oferta y la diversidad de temas y autores, y sobre todo, la conciencia sobre la importancia de estimular la lectura. Después los mismos lectores sabrán construir su propio cedazo evaluativo".
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