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| 9/10/2001 12:00:00 AM

En primer plano

Esta es una radiografía del nuevo cine colombiano.

El cine colombiano, como a Hamlet, siempre lo ha agobiado una duda: ser o no ser. Muchos consideran que no existe. Pero un grupo cada vez más grande de realizadores se empeñan en demostrar lo contrario y, en algunos casos, con notables éxitos de taquilla. Nueve estrenos en año y medio dan fe de ello. ¿Son buenos o malos? SEMANA les midió el pulso a críticos y cineastas.

El crítico Gilberto Bello reflexiona sobre el nuevo cine nacional.

El cine colombiano se puede dar el lujo de mostrar casi 10 películas en 18 meses. Para algunos, especialmente los seducidos por el color local, este fenómeno representa una hazaña porque hacer películas en Colombia es una verdadera aventura, frase manida que con el tiempo ha perdido sentido y validez. El mundo de los analistas de mirada rápida está que no cabe de contento, muchas de las películas exhibidas han sido verdaderos éxitos de taquilla, lo que significa que estamos incluidos en la tendencia de interpretar el cine de acuerdo con los principios más neoliberales del consumo.

Los directores posiblemente se encuentran satisfechos y gozan con convertir el cine en una operación de suma y resta.

Esta peculiaridad oculta varios asuntos espinosos. Ser director o guionista en Colombia, con pocas excepciones, es ingresar en la reducida lista de los aprendices y acceder a un público paciente que perdona casi todo porque el producto nacional salga adelante.

Una condición imperativa del cine que se hace en Colombia, según declaraciones de directores, actores y guionistas, se concentra en la aplicación de seso e imaginación que deben tener para comprender la sicología, la sociología y la antropología del colombiano. Ello quiere decir que el cine toma la realidad y la acomoda al entender de los realizadores mientras se ejercitan en su aprendizaje. Lo que les ha salido después de tanta reflexión es, en la mayoría de los casos, una caricatura con visos de drama o de comedia que excluye los fundamentos de la narración y, sobre todo, de la coherencia.

La tipología se extiende desde los que se repiten una y mil veces, copian en el cine sus pequeños éxitos de televisión y definen su quehacer desde una óptica que ellos llaman lo popular. Otros quieren ser intimistas, herméticos, personales y profundos. La extraña paradoja de todo esto es que unos y otros terminan viéndose en el mismo espejo prejuicioso de la realidad que quieren mostrar, la seducción del lugar común y, en muchas ocasiones, el arquetipo de la eficiencia como condición imprescindible para desarrollar el guión y luego la película.

Finalmente, consideran que su cine es un aporte significativo a la cultura cinematográfica del país e, incluso, de América Latina. Lo cierto es que son maestros de las cantidades, nuevamente se demuestra que son mejores en cuestiones de contabilidad, en sumas y restas, y poco diestros en la difícil tarea de hacer cine, incluso puramente comercial.

Las peliculas

La más repetida de las formas es la llamada comedia nacional tradicional, cuyo origen se fundamenta en lo peor del cine mexicano, las telenovelas melodramáticas y una historia simplista pero efectiva. En esta línea un arquetipo básico son las películas Es mejor ser rico que pobre, de Ricardo Coral; Kalibre 35, de Raúl García, y la más convencional de todas: Pena máxima, dirigida, quizá por encargo, por Jorge Echeverry. La realidad está pegada con alfileres y se solucionan los conflictos, cuando los hay, de un plumazo, como si la continuidad y la significación no formaran parte de los diccionarios de nuestros hacedores de cine.

Diástole y sístole, de Harold Trompetero, es un filme cuyo orden racional está determinado por la experiencia en publicidad del director. En lo temático hay, evidentemente, una mirada de director y su experiencia o su discreta reflexión en torno a los conflictos de pareja joven, pero, también, vacíos en la determinación del guión y debilidad en la argumentación. El filme deja ver a las claras que el realizador produjo un ejercicio de cine y es aventajado alumno de la primera lección de sicología de pareja muy propia del libro del melodrama tradicional de la clase media.

Pocas veces la historia se presenta tan desarticulada como en La toma de la embajada. Aunque basada en hechos reales, la realidad de lo cinematográfico se mete en vericuetos tan elementales que la esencia del suceso se diluye en medio de una discontinuidad alarmante. La Virgen de los sicarios es el realismo escueto de un provocador que se siente cómodo en la copia literaria, en un misticismo sin credibilidad y en un moralismo que se escuda en una denuncia facilista.

Se gana en taquilla, los espectadores se ríen, las películas son éxitos y los realizadores gozan su cuarto de hora. Colombia aumenta el catálogo pero no levanta cabeza frente a la calidad ni mucho menos ante la necesidad de tomar la realidad por los cuernos y desde allí hacer películas de éxito. Ellos pueden decir muchas cosas pero sus películas se han encargado de refutarlos. Están en deuda con el país, con la tradición cinematográfica, con su responsabilidad como creadores y con ellos mismos. Aunque tanta frivolidad es su más destacada cualidad y la realidad no los conmueve, vale la pena una reflexión aunque tengan que restar algo en la suma con que sueñan.
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