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| 5/15/1995 12:00:00 AM

EN TONO MAYOR

La Orquesta Filarmónica de Bogotá es un magnífico ejemplo de lo que puede lograr el talento nacional, gracias a una imaginativa gestión administrativa.

DEFINITIVAMENTE ESTE SERA UN año musical que pasará a la historia en el país. No en vano en menos de tres meses visitaron a Colombia dos ídolos mundiales de la lírica: el italiano Luciano Pavarotti y el español Plácido Domingo. Ambos protagonizaron dos espectáculos sin precedentes. Y en las dos oportunidades tuvieron el apoyo de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, un reto que sólo una agrupación saludable podría afrontar.
Esta orquesta lo hizo y pasó con una nota sobresaliente esta difícil prueba. Sin embargo, aunque tal vez sólo hasta ahora tiene tanta figuración en la prensa, el trabajo de la Filarmónica es el resultado de un proceso callado que empezó hace 28 años. Desde entonces, ha venido desarrollando una tarea revolucionaria, a nivel de la formación de sus propios músicos y de la creación de un público sinfónico masivo.
Ningún escenario musical del país puede batir el récord de asistencia del auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Bogotá. La convocatoria de los conciertos de la Orquesta cada sábado no tiene parangón: sus 1.700 sillas son copadas semanalmente por un público que también se diferencia del acostumbrado para este tipo de eventos. Además de los musicólogos empedernidos, están los afiebrados aficionados, estudiantes universitarios, trabajadores, familias e incluso niños, quienes hacen pacientemente la larga fila para comprar las boletas más baratas que hay en el medio para entrar a un concierto.
Esta tradición del León de Greiff hace parte de toda una filosofía: la de la música como una inversión y una función social. Este fue el compromiso que se puso a sí misma la Filarmónica cuando hace casi 30 años se fundó a partir de un pequeño grupo de cámara de apenas 20 músicos.
Desde entonces, está saliendo a los barrios, a los pueblos, a los colegios, sin hablar del programa de televisión Música para todos y de los cinco espacios radiales que produce.
Sin embargo, no por dirigirse a un público no especializado, la Orquesta hace concesiones con su repertorio. Siempre está en la tarea de ampliarlo. A las obras más populares, como las sinfonías de Beethoven, por ejemplo, le añade constantemente estrenos mucho más desconocidos como el ciclo de las sinfonías de Mahler que este año terminará de montar.
En 1994 el total de sus producciones musicales fue de 379, casi el doble de las 200 que hizo en 1992. Ese año empezó la dirección ejecutiva de María Cristina Sánchez, quien sigue demostrando que la imaginación administrativa puede reemplazar muchas veces la escasez de recursos y que la cultura en Colombia sí puede quitarse el rótulo de mendicante. La Orquesta, cuyo director actual es el , maestro chileno Francisco Rettig, es un ejemplo de buena gestión, de las ventajas de la autonomía administrativa y de las posibilidades del talento nacional, siempre y cuando se sepan manejar los recursos humanos y económicos. Y la Orquesta Filarmónica, como pocas instituciones del país, lo está logrando.
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