Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2003/06/09 00:00

En la vida equivocada

Un hombre que amanece en el cuerpo de otro es el punto de partida para una inquietante y divertida reflexión sobre la identidad.

Ricardo Silva
Tic
Seix Barral, 2003
243 paginas

La literatura es un experimento con la vida. De las definiciones que conozco -todas incompletas y provisionales, por supuesto-, ésta de Ricardo Piglia es la que más me atrae. Si nuestra vida es demasiado breve, si nuestras opciones frente al abanico inmenso de posibilidades que ofrece el destino son, siempre, muy pobres -incluso para los osados aventureros-, entonces, así sea a través de seres imaginarios, ¿por qué no jugar a ser otros? Podríamos vivir más, vivir mejor; podríamos ser diferentes. Quizás un poco más libres, un poco más sabios. De cualquier manera, nos equivocaríamos de una manera más tranquila e impune.

"Ese que murió de ser tanto tú mismo lo que eres", dice Alvaro Mutis. El que no fuimos, el que no pudimos ser. La ficción, como si de una droga indispensable se tratara, se alimenta sin fin de esta curiosidad insatisfecha. Hay gente muy contenta con lo que es; generalmente no escribe, no necesita buscarse en otras identidades. En cambio, los artistas son, sin excepción, negadores de un rol específico y, cual desaforados y voraces adolescentes, no quieren una única identidad: las quieren todas. Son los perpetuos experimentadores de la vida.

Sebastián Bernal, abogado exitoso y sin escrúpulos, mujeriego, egocéntrico, una mañana, "después de un sueño intranquilo", amanece convertido en Gabriel Castillo, el pediatra de sus hijos y, con toda certeza, su polo opuesto: un hombre amable y bueno. Es decir, no hay nada nuevo aquí, es el mismo viejo juego de las identidades que, según dijimos, siempre nos propone la literatura. Y, por si fuera insuficiente este homenaje a la tradición, la filiación kafkiana de la historia, tan evidente, anuncia que las sorpresas -qué bueno- no procederán del tema sino de su forma, de la manera de contar.

Tic, pese a que el denso comienzo de esta reseña indique lo contrario, es una novela bastante divertida. Ricardo Silva, no sobra aclararlo, se encuentra más cerca de Seinfield que de Kakfa, de Woody Allen que de Stevenson. La escena en que el lobo Bernal, en la piel de oveja del pediatra Castillo, se dispone a examinar (a seducir) a Cristina Largacha (Winona Ryder) al tiempo que coquetea con su asistente, Ofelia (Susan Sarandon) y elude la vigilancia milimétrica del posesivo padre de Cristina, es un memorable gag que recuerda a las buenas comedias del cine. Sí, hay mucha metafísica... pero a lo bogotano: los taxistas, los sirvientes y los celadores, con su lenguaje coloquial y sus relatos desaforados serán los encargados de mantener el necesario polo a tierra con la "realidad real". Y esas perturbadoras e inolvidables "niñas bien", alterarán inevitablemente la precaria madurez sexual y sicológica de los adultos. En fin, una entrañable Bogotá es el espacio amado y detestado de estos personajes que no concebirían vivir en ningún otro lugar del mundo.

Y sin embargo, debo volver al comienzo. A pesar de su humor, Tic es inquietante y triste. Porque, a partir de su levedad, el sempiterno tema de la identidad no deja de cuestionarnos. En este tiempo, tan preocupados por reencarnaciones e inmortalidades del Yo, tendemos a olvidar el alma de nuestros vecinos. Sebastián Bernal, en el cuerpo de alguien muy cercano que nunca le había interesado, en el dolor y en la cotidianidad de un ser corriente, entenderá que su vida, de la cual tenía la mejor impresión, cabe en unas cuantas palabras, por cierto no muy afortunadas. Desde afuera, desde el cuerpo de Gabriel Castillo, verá su nadería, la pequeñez de su frágil identidad, y podrá apreciar, como nunca lo hubiera imaginado, el inmenso valor de un semejante.

Sí, poco sabemos de la inmortalidad, de la transmigración mental. Lo único cierto es que la literatura sigue siendo un instrumento poderoso -el mejor- para acercarnos, sin retórica, a la experiencia del otro. Y que, como quería Bioy Casares, los escritores pueden, a la vez, divertirnos sin dejar de buscar la verdad.

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