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| 8/29/2009 12:00:00 AM

Enemigos públicos

El cineasta norteamericano Michael Mann hace, demasiado a su manera, un retrato del asaltante de bancos John Dillinger. **

Título original: Public Enemies.
Año de estreno: 2009.
Director: Michael Mann.
Actores: Johnny Depp, Christian Bale, Marion Cotillard, Stephen Dorff, Billy Crudup, Stephen Lang.

Hay secuencias, en la decepcionante Enemigos públicos, que tendrían que haber hecho parte de una gran película: el legendario asaltante de bancos John Dillinger, que acaba de escaparse de la infranqueable prisión de Crown Pointe, y huye en un carro robado a través del pueblo, espera a que la luz del semáforo cambie a verde; el bandido arrogante John Dillinger, que los norteamericanos ven como el Robin Hood de la recesión de los años 30, ve su propia fotografía de “hombre extremadamente peligroso” en una sala de cine repleta de personas; el fugitivo nostálgico John Dillinger, “enemigo público número uno”, según la organización que se convertiría en el FBI, se deja llevar por la trama de Melodrama de Manhattan (1934) unos minutos antes de su muerte.

Son, en verdad, secuencias de antología. Y merecerían estar en un largometraje menos confuso, más dramático, menos alargado, que Enemigos públicos.

El director, Michael Mann, filmó tres de las mejores producciones norteamericanas de los años 90: El último mohicano (1992), Fuego contra fuego (1995) y El informante (1999). Pero antes, en los años 80, debutó con una agobiante película de acción titulada Ladrón (1981), se inventó la exitosa serie de televisión Miami Vice (1984) y filmó Manhunter (1986), una estupenda primera adaptación de las aventuras del sicópata Hannibal Lecter. Y después, en esta extraña década que está terminando, exploró la épica del boxeo en la tediosa Alí (2001), experimentó con la tecnología digital en la afortunada Colateral (2004) y se dejó llevar por un esteticismo más bien agobiante en la versión cinematográfica de Miami Vice (2006).

Y entonces quedó claro que su estilo es esa mezcla de épica, lírica y drama que hicieron de Fuego contra fuego una obra maestra. Y que su gran obsesión, a la hora de narrar, siempre ha sido la relación enfermiza que se da entre el persecutor y el perseguido.
Eso es, también, Enemigos públicos: la historia del perseguidor Melvin Purvis y el perseguido John Dillinger. El problema es que esta vez, en plena película de acción, a Mann le interesa mucho más el drama que el suspenso, pero no hace nada (no se asoma lo suficiente a las cotidianidades ni a los miedos) para construir un grupo de personajes con los que el espectador pueda identificarse. Su guión es más bien pobre: eso es. Y en consecuencia, su estilo, que se le ha ido volviendo una camisa de fuerza, no le sirve igual que en sus mejores narraciones: la mareante cámara al hombro, el montaje que combina lo grandilocuente con lo documental y el juego con las leyes del drama, en esta ocasión cosifican a los protagonistas y hacen inverosímil una trama que sucedió en la vida real.

Sí, es cierto que una película floja de Michael Mann es, al menos, una película con un par de secuencias memorables. Pero también es cierto que es una desilusión doble.
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