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| 11/16/2013 1:00:00 AM

Enemigos literarios

Este es un ensayo creativo sobre el tema de los odios y las disputas entre escritores y poetas a través de la historia.

ROBINSON QUINTERO OSSA
Libro de los enemigos
Letra a Letra, 2013
112 páginas

Las enemistades literarias son un viejo tema. Cuando murió el conde de Villamediana, protector de Luis de Góngora en la corte española, este quedó enfermo y empobrecido. Lo cual no fue un atenuante para que Francisco de Quevedo, su rival, su enemigo declarado –habían intercambiado célebres poemas injuriosos–, comprara la casa en la que vivía el poeta cordobés “para darse el mezquino placer de echarlo”. 

Pablo Neruda, desesperado por los ataques sistemáticos de Pablo de Rokha y Vicente Huidobro, terminó escribiéndoles en 1935 un poema desencajado que por obvias razones excluiría de sus obras publicadas: “Derrokas, patíbulos, / Vidobros, / y aunque escribáis en francés con el retrato de / Picasso en las verijas / y aunque muy a menudo robéis espejos y llevéis a la / venta / el retrato de vuestras hermanas, / a mí no me alcanzáis con vuestros escupitajos”. 

Charles Baudelaire, en sus Diarios íntimos, escribió lo siguiente sobre la escritora francesa George Sand: “El que algunos hombres se hayan podido enamorar de esa letrina es una prueba clara de la degradación de los hombres de este siglo”. 

Las disputas son inherentes a todas las profesiones, aunque las de los literatos tienen más resonancia por la presencia de un invitado que las magnifica: el lector. “El lector es el que azuza la llama ya encendida, el que aviva la discordia ya pactada, el que propaga la pasión de la ‘letra herida’”, dice Ramón Quintanas en Libro de los enemigos. 

Pero el tal Ramón Quintanas no existe y Libro de los enemigos es el mismo que estamos leyendo pero firmado por el poeta colombiano Robinson Quintero y editado por Letra a Letra. No hay problema, la confusión se resuelve rápidamente. El Libro de los enemigos, de Robinson Quintero, es un ensayo –la prueba es que ganó la beca de creación en ensayo convocada por la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín– que se propone muy seriamente explorar la tesis del odio como motor de la creación. 

Para Robinson Quintero, el odio contenido en un texto injurioso influye en la escritura del texto que contrapuntea la ofensa. Se produce lo que él denomina “influencia por reacción a la enemistad literaria”. La antipatía que recibe un escritor a través de un texto insultante llega a ser una influencia fecunda cuando este descarga su molesta respuesta en “en una composición que es pieza artística memorable”. 

Y no cabe la menor duda, como lo ejemplifica el siguiente poema de Luis Cernuda en respuesta a Emilio Prados, un acérrimo crítico de su obra: “Lo cretino, en ti, / no excluye lo ruin. / Lo ruin en tu sino, / no excluye lo cretino. / Así que eres, en fin, / tan cretino como ruin”. 

Un ensayo serio pero original y lúdico, que también pretende divertirnos. Robinson Quintero se inventa un autor y un libro imaginario: el Libro de los enemigos de Ramón Quintana,  el cual es glosado y comentado por él. Un juego de espejos en el que coinciden el texto ficticio y el libro real que estamos leyendo. 

Entre risas y citas verdaderas de la historia de la literatura, vamos conociendo piezas memorables nacidas del odio y, de paso, comprobamos –suprema paradoja– que el odio hecho arte también produce placer y es liberador: “Todo pensamiento abominable, si se plasma en poesía, se vuelve puro. Así, el odio no es un sentimiento que se imprime en el poema; es sencillamente el aliento que impulsa su escritura”. 

Esto lo dice Ramón Quintana en la página 31 de Libro de los enemigos y ¡nosotros lo leemos en la página 31 de Libro de los enemigos, de Robinson Quintero! Todo aquí es juego y provocación. Tiene dedicatoria y,  por supuesto, ‘antidedicatoria’: “Al enemigo que, con infeliz acierto, dispara su dardo furioso contra mí y contra mi obra: majadero cuyo nombre no merece tinta”. 

Robinson Quintero, para decirlo en términos borgeanos, con esta obra deliciosa ha creado sus precursores: Augusto Monterroso y Enrique Vila-Matas. Llama la atención, eso sí, la ausencia de referencias locales. ¿Acaso nuestro odio no alcanza todavía esa ‘pureza’ literaria?
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