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| 6/30/2007 12:00:00 AM

Entre el fervor y la ironía

El poeta y ensayista polaco Adam Zagajewski, candidato al premio Nobel de Literatura, es una de las más relevantes voces contemporáneas.

Adam Zagajewski
En defensa del fervor
El Acantilado, 2005
215 páginas


Hace algunos años en Chianti, un pueblo de la Toscana, Adam Zagajewski escuchó en una mansión señorial a un grupo de cámara interpretar un cuarteto de Mozart. Los cuatro músicos tocaron a la perfección y sin embargo el público -en su mayoría gente muy rica, propietarios de otras villas y casas solariegas- respondió con poca efusividad, lo cual irritó a Zagajewski y lo llevó a preguntarse: ¿por qué aquel público adinerado no sabía valorar una excelente interpretación de Mozart? Es probable que la opulencia nos haga menos propensos al entusiasmo, pero más allá de de este escenario episódico, lo cierto -y lo grave- es que en la cultura contemporánea ha

desaparecido la noción de fervor. En ese momento, entonces, se le ocurrió la necesidad de defenderlo. Y su defensa, necesariamente, lo llevó a enfrentarse con la gran tragedia del arte en nuestros días: el exceso de ironía.

La ironía fue en un comienzo un arma contra la religión, la burguesía y la sociedad de consumo, pero terminó encubriendo la pobreza de pensamiento y la desorientación: cuando no se sabe qué hacer, "lo mejor es volverse irónico". Las vanguardias la utilizaron para oponerla a la sublimidad y el patetismo y desembocó en la monotonía: "Una estancia demasiado larga en el mundo de la ironía y la duda nos hace desear un manjar diferente y más sustancioso".

La cultura que pierde el sentido de lo sagrado, pierde el sentido por completo, decía Kolakowski. Sin una aspiración a la belleza y a la trascendencia, hacia lo elevado, el arte resulta inútil. Aunque es cierto, nadie resiste vivir todo el tiempo en "las nieves perpetuas". Después del éxtasis y la epifanía hay que volver a la cotidianidad, hay que preguntar por el almuerzo y pagar la cuenta del teléfono. Oscilamos sin cesar entre Platón, el inspirado, y Aristóteles, el práctico. Por suerte, cree Zagajewski, ya que en caso contrario "en lo alto nos acecharía la locura, y en lo bajo, el aburrimiento".

El arte siempre ha vivido a medio camino entre un entorno material, concreto, conocido y la trascendencia y el misterio. El problema surge cuando esa tensión se rompe y predomina una de las dos tendencias. El arte elevado puede desembocar en la retórica y la jeringonza ampulosa; el arte bajo en la absoluta banalidad e intrascendencia. Para Zagajewski, la contemporaneidad ha optado por lo último y condena a quien se atreva a invocar imágenes de lo elevado y lo bello, palabras ahora prohibidas. Celebra, en cambio, "por sincera", cualquier confesión de actos o pensamientos viles. (No por azar, los realities son el formato preferido de nuestro tiempo). "La belleza no es para los estetas, la belleza es para todo aquel que busca un camino serio; es una llamada, una promesa, tal vez no de felicidad -como quería Stendhal-, pero sí de un peregrinaje eterno".

El fervor no excluye la ironía ni el sentido del humor. La santidad, como pedía Cioran, puede cohabitar con momentos humorísticos e incluso irónicos. Aunque, para perdurar, no puede aceptarse la ironía por sistema. No hay una contradicción fundamental entre el humor y lo sagrado; es posible encontrar a un místico muerto de la risa. "Tanto en un ataque de risa como en un acceso repentino de piedad alzamos la cabeza". En La montaña mágica, cuando el simpático Settembrini se vuelve a tedioso y superficial, aparece el sombrío Naphta seduciéndonos con sus inquietudes metafísicas y sus reflexiones sobre la unidad fundamental del mundo. Ambos deberían ser indispensables.

Zagajewski, el ensayista que reflexiona sobre estos temas, lleva sus pensamientos a la práctica. Es un poeta sencillo, cotidiano e irónico, también capaz de revelar el misterio y la profundidad: "La poesía invoca una vida sublime, /pero lo que es bajo también es elocuente…La poesía es la vida, el valor /frente a la sombra que se agranda".
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