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| 8/4/2017 9:41:00 PM

“No tengo una razón especial para la soledad o el desasosiego”: Ray Loriga

El escritor español, reciente ganador del Premio Alfaguara con ‘Rendición’, es un ‘rockstar’ de la literatura. Además, cinéfilo, melómano, gran lector y poco amigo de las redes.

Este escritor español, de 50 años, impactó el mundo literario en los años noventa con novelas como Lo peor de todo (1992), un gran saludo a la generación X. Después vinieron otros libros que lo elevaron a la condición de escritor de culto, uno de ellos Héroes (1993), muy inspirado en la música de David Bowie, el rock y en la vida de su hermano (que termina internado en un hospital siquiátrico). Dos años después, escribió Caídos del cielo, que él mismo se encargó de llevar al cine. Más tardé publicó Tokio ya no nos quiere (1999), una novela sobre viajes, amor y miedos. Luego vinieron más novelas, como Trifero (2000) o Za Za, el empreador de Ibiza (2014).

Y este año ganó el Premio de Alfaguara, en su edición número 20, con la novela Rendición, una historia kafkiana y orwelliana, en la que recurre a una distopía para mostrar, entre otras cosas, la pérdida de la entidad y la manipulación colectiva. SEMANA habló con él en Bogotá, donde estuvo presentando esta novela.

SEMANA: Frente a los escritores se generan estigmas, estereotipos o huellas, y a usted se le vincula con la Generación X y con la Generación Beat, ¿cómo hace para liberarse de tanto sello?

Ray Loriga: Los sellos no te los pones tú, se van cayendo solos o no se van nunca. Yo no hice nada para pegármelos: fueron los autores de las reseñas, las crónicas y las notas de prensa. Y, de igual manera como no me los puse, no me apetece quitármelos. Yo simplemente he seguido trabajando en lo que pensaba que era interesante, lo que me apasionaba en cada momento de mi vida y así las cosas toman su orden o su camino. No reniego del pasado ni presumo del futuro, simplemente, seguiré mi camino.

SEMANA: ¿Es ‘Héroes’ la historia de su hermano o es algo que de la nada se fue construyendo?

R.L.: En realidad lo que le da origen a una novela es el querer escribir, la pasión por la literatura es el músculo fundamental de este oficio. Sí es verdad que con Héroes recorrí algunos elementos de mi propia vida: la historia de mi hermano que murió, además, todo su calvario en hospitales psiquiátricos y todo lo que supuso para él, para mí y para toda la familia. Y buscando un elemento positivo en todo, estaba la música.

SEMANA: Y es cuando aparecen las canciones…

R.L.: Sí, cuando él se empieza a ir muy lejos, cuando su cabeza está en otro sitio, me deja sus discos antes de partir. Sus discos conforman mi imaginario musical de adolescencia y juventud. Bowie es el substrato musical de Héroes.

SEMANA: ¿Cuándo murió Bowie qué tanto lo llamaron para que escribiera sobre él?

R.L.: Sí, escribí, no muy alegremente. Hace poco también me llamaron para que escribiera de Sam Shepard, un escritor que adoro. Ahora cada vez que me llaman de un periódico pregunto: ‘¿Quién es el muerto?’ Los medios saben que, de alguna manera, son tus héroes, tus ídolos o tus maestros.

SEMANA: En sus novelas hay demasiada soledad y desasosiego…

R.L.: Será que es como me siento, no tengo una explicación muy racional. La vida de un escritor, en general, es bastante solitaria. A lo mejor tiene que ver con eso, porque escribir es estar solo, leer es estar solo y cuando escribes pasas mucho tiempo solo. No es ninguna desgracia.

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SEMANA: Olvidé decir que sus libros también hay desesperanza…

R.L.: Yo me siento como un optimista, pero no sé si lo escribo muy mal y no se entiende, pero me considero un optimista. Para empezar, escribir es un acto optimista. Hay optimismo cuando se escribe, incluso hasta cuando se habla de suicidio: para querer explicarlo hay que tener mucho ánimo optimista y sino para qué lo escribes.

SEMANA: ¿Entonces es un realista?

R.L.: Sí, confieso que todo es un desastre y lo poco que vaya bien me alegra, quizás es por eso, pero no me considero especialmente desesperanzado. En Rendición, por ejemplo, no estoy contando mi vida. Lo que narro es un poco lo que le puede pasar a un individuo cuando las circunstancias giran sin contar con él, y giran tanto que ya casi no tienen el menor sentido las nuevas circunstancias. Y cada vez le va peor: empieza medio mal y va peor en todo momento. Luego, cuando le ofrecen una sociedad perfecta, no encaja.

SEMANA: ¿Por qué apela a una distopía en Rendición?

R.L.: Me interesa. Me parece que es la manera de contar el presente sin asustar demasiado a nadie. Básicamente, todos estos futurismos están basados en la esencia más clásica de la narración, en utilizar metáforas o fábulas para intentar explicar cosas o contar cosas, compartir sensaciones con los lectores sin tener que hacer el trabajo periodístico de situarlo en un lugar concreto, en una era concreta, en el que pueda viajar perfectamente un lector de Bogotá, un lector rumano, un mexicano o un madrileño. Me parece que es un mecanismo que es útil y a mí me sirve como lector y escritor.

SEMANA: Ese lugar distópico se llama Transparencia, donde todos pueden ver lo que uno hace. ¿Es una novela sobre la pérdida de intimidad?

R.L.: Sí, pero no es la idea que más me interesa. Parece que si ahora mismo no tienes unos cuantos mensajes en twitter o en Instagram careces de existencia. Si no existes en la redes parece que te evaporas, haces puf y ya no existes.

SEMANA: ¿Usted está en las redes sociales?

R.L.: No, yo no uso redes. No por una razón intelectual: me aburre, me aburre mortalmente, me aburre ver lo que hacen los demás. Prefiero leer los periódicos en internet. Por supuesto, si hay un link que me interesa y hay una información añadida, contrasto la información. ¡No soy un cromañón!

SEMANA: Hay muchos intelectuales y escritores ahí…

R.L.: Sí, hay muchos amigos míos y me parece estupendo. A mi amigo Arturo (Pérez-Reverte) le encanta. Está todo el día paliándose con todo el mundo y le divierte mucho, a mí no.

SEMANA: ¿Qué tanto condicionan hoy las redes a un escritor?, ¿era más fácil escribir hace 25 años?, ¿hoy es más complejo?, ¿se compite más?, ¿qué está pasando?

R.L.: Es difícil entrar en el mundo de la literatura y ganarte la vida con ello. Ahora hay mucha escritura por toda la red y se ha democratizado de alguna manera. Ya no tienes que pasar por un filtro obligatorio de una editorial. Igualmente, de los diez mil millones de bloggers que hay, solo uno consigue tener un libro que funcione. Yo creo que escribir hoy es tan complicado como siempre: escribir es lo fácil, publicar es lo complicado.

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SEMANA: Se nota que es un buen lector…

R.L.: Los escritores buenos, malos, regulares, incluso los mediocres, somos unos apasionados furiosos de la literatura. No concibo a nadie que se le ocurra ser escritor sin que sea un lector apasionado. ¡Pero los hay! Ahora no hay famoso que salga por la televisión que no quiera tener un libro, y que se lo tenga que hacer otro. El caso es tener un libro, ¡pero para qué si no te gusta la literatura, para qué quieres tener un libro!

SEMANA: ¿Cómo mantener hoy la fidelidad de esos lectores de hace 25 años o ahora tiene un nuevo público?

R.L.: Eso lo he pensado. A veces cuando uno canta una canción, y a la gente le gusta, quieren escuchar la misma canción, pero uno no puede estar siempre cantando la misma, sobretodo en la literatura. Porque un cantante o compositor de pop, o lo que sea, puede tener un repertorio con canciones nuevas y la gente puede ir asimilándolas, pero siempre quieren escuchar las canciones de hace 25 años. Como si vinieran los Stones y no tocaran su repertorio: la gente pediría que le devuelvan el dinero.

SEMANA: ¿Y en la literatura?

R.L.: Los escritores tenemos que hacer cada vez lo que va surgiendo y lo que pensamos debe ir. ¿Qué pasa con esto? que se puede perder público y que la gente diga: ‘es que a mí lo que me gustaba de Ray Loriga era Héroes y ahora no hace esos libros’. Pero hay otros que crecen contigo y te siguen, o que van entendiendo para dónde vas, o ellos también van cambiando durante ese tiempo. Ahora con el premio Alfaguara encontré lectores primerizos.

SEMANA: ¿Uno puede hablar de evolución o de madurez en un escritor?

R.L.: Madurez es una palabra que siempre la quito, porque después de madurar está podrirse. Prefiero no madurar, evolucionar sí. No tengo claro que un escritor escriba mejor 20 años después de lo que escribía 20 años antes.

SEMANA: ¿Cuál es su rutina para escribir, a veces pareciera que hay estallidos?

R.L.: Esa es la impresión que quiero que quede. Escribo muy de seguido y como en explosiones. De alguna manera sin corregir en ese momento, y luego corrijo y corrijo hasta el agotamiento, pero intentado guardar algo de ese primer impulso.

SEMANA: ¿Y así salen frases como la de Rendición: ‘Desde que empezó la guerra las sospechas han hecho más daño que las balas’?

R.L.: Tengo una técnica muy personal: relleno muchas servilletas de frases, luego las pierdo de apostas y pienso que las buenas ideas son las que vuelven, y las que no regresan a mi cabeza no eran tan buenas. Ese sistema me funciona muy bien desde hace años.

SEMANA: Llama la atención como nombra a sus personajes, en muchas páginas solo encontramos él o ella. ¿Por qué?

R.L.: En todo el libro, en realidad, no hay nombres. En este caso, como el libro se basaba en invitar al lector al rumor de la cabeza de un hombre, él no lo está contando, él se lo está contando así mismo, y el lector es un invitado. Él no dice como se llama porque no tiene porque decírselo; él sabe cómo se llama, el que no sabe cómo se llama soy yo. Y ella es ella, y no hay nadie más que ella, y él piensa en ella como ella, y si pones un nombre parece que él la está presentando a alguien y él no tiene porqué presentar a su esposa. Solo los niños tienen un nombre.

SEMANA: ¿Algunos se nombran solo con una letra?

R.L.: En general tengo muchas novelas sin nombres y sin descripción física. Me importa más lo de adentro, lo que piensan, lo que sienten, y en este sentido las descripciones limitan.

SEMANA: Premios y giras, muchos lo ven como un rockstar…

R.L.: ¡Un rockstar que no sabe tocar guitarra!

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