Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/12/07 00:00

Escribir como quien graba

Un intenso relato sobre la vida de un grabador francés del siglo XVII

Pascal Quignard
Terraza en Roma
Espasa, 2002
137 paginas

Su nombre es Meaune. Un nombre cualquiera. Pero después de oírlo hablar, de conocer la historia de su vida, será difícil olvidarlo.

Meaune. Un grabador francés del siglo XVII. "Aguafuertista", decían antes. Estudió con Follin en París, con Rhuys y Heemkeens en Touluse y en Brujas. Su oficio le parecía bello. El barniz, que tiene la consistencia de la miel en invierno, es mordido por el ácido. Aunque la aplicación resulte penosa para la mano que la extiende, no importa, vale la pena: las tallas siguen las sombras, las sombras siguen el vigor de la luz. "Todo fluye y resplandece en un único sentido".

Ahora vive en Roma. Ha viajado por muchas ciudades -así era entonces la vida de los pintores-: de París a Lavour, luego Tolouse, Brujas, el Milanesado, la República de Venecia, el Ducado de Parma. La terrible soledad de Ravello. Vendrán España, el Perreux, Quend, Amberes, Londres y, finalmente, Utrecht. En Roma, en su terraza, se dedica a hacer grabados eróticos, casi obscenos, que vende en la Via Giulia.

Tiene 40 años y podría resumir su vida en "ocho éxtasis": un sueño, un recuerdo, un lienzo pintado por Gellée que representa a santa Paula en el puerto de Ostia, una muchacha delante de los barcos en Brujas. No puede hablar de los otros cuatro porque "sufre en presencia de las imágenes". Y porque no puede hablar del más importante. El que tiene que ver con su exilio en Roma, con su intempestiva huida de Brujas. Con una dolorosa y terrible historia de amor ocurrida en el pasado.

Se llamaba Nanni. Era rubia, muy blanca, alta, ligeramente encorvada, con la cintura fina, las manos finas, el pecho abundante, muy silenciosa, hija de Jacob Veet Jakobz, orfebre de la ciudad de Brujas y juez electivo. El tenía 21 años cuando la vio. "¿Que hombre no ama cuando estalla la infancia?". Su belleza lo dejó vacío, su mirada viviría en él durante toda su vida. Al comienzo, un amor correspondido: "Pero ella sí que se dio cuenta. Meaume sorprendió la mirada que le dirigió". No obstante, prohibido: Nanni Veet Jakobz estaba comprometida con Vanlacre, mayordomo de su padre. Por eso ocurrió la tragedia, el ácido arrojado por Vanlacre que desfiguró su cara. "Me gustaba el rostro de antes. Me entristece que lo hayáis perdido... Ahora sois horrible", le dice Nanni.

Años más tarde, Meaume llegará a la conclusión que el amor consiste en imágenes que acosan el espíritu, en visiones irresistibles que se suman a una conversación inagotable que se dirige a un solo ser, al que dedicamos todo cuanto vivimos. Amó a una mujer y su rostro se quemó; fue abandonado por ella. "Incapaz de aceptar el dolor de su pérdida la introdujo en lo más profundo de sí mismo", dice Pepe Alcalá a propósito de esta obra. Quedó atado al pasado. No pudo olvidar, es decir, no pudo ser. "Ser no es otra cosa que olvidar -decía Lacan- y en efecto, reprimir, olvidar, simbolizar, son mecanismos que todos necesitamos para seguir viviendo". Meaume, alejado de los hombres y las mujeres, se convierte en un marginal absoluto: "Durante dos años oculté un rostro horripilante en el acantilado que se alza sobre Ravello, en Italia. Los hombres desesperados viven en ángulos. Todos los hombres enamorados viven en ángulos. Todos los lectores de libros viven en ángulos".

Sólo se comunica a través de su arte, el cual describe con una precisión extraordinaria. Un mundo sin colores, sin la tentación de seducir, pero con más fuego. Y Quignard, su creador, hace lo mismo con el relato que nos está contando. Desde su misma estructura, la novela quiere asemejarse a un grabado. Está hecha de luces y sombras, de silencios e intensidades. Terraza en Roma es una novela inexplicable y esto es lo que la hace tan hermosa, dijo Nouvel Observateur. Las palabras son justas, profundas allí nada es gratuito-, escritas con la intención de dejar una huella perdurable en la memoria del lector de la misma forma que el buril del grabador penetra en la plancha metálica.

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