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| 11/5/2011 12:00:00 AM

Escribir en México

Un ensayo que busca desentrañar el carácter mexicano a partir de su literatura.

Philippe ollé-laprune

México: visitar un sueño

Fondo de cultura económica

134 páginas

Este libro es mucho más de lo que parece. Sí, es un ensayo sobre la literatura mexicana desde la Conquista hasta nuestros días. Pero es, también, una notable reflexión sobre las relaciones que entabla una sociedad con la palabra escrita, vale decir, con su literatura. Y, además, un intento personal, apasionado, por descubrir el inasible carácter mexicano. De alguna manera, una especie de Laberinto de la soledad escrito por un extranjero que ama y conoce como nadie ese país, por lo tanto, con la distancia necesaria para ofrecer una visión crítica. El francés Philippe Ollé-Laprune, con sus 16 años de residencia en México, no sucumbe al embrujo de su paisaje y, de paso, nos muestra cómo lo vivieron otros ilustres visitantes: William Burroughs, Malcolm Lowry y Bejamin Peret.

Hernán Cortés, ante la ausencia de escritura en los pueblos que conquista, entiende el poder que esta tiene como un instrumento de dominación. Cortés les envía textos a los jefes indios sabiendo que no pueden descifrarlos. Y ellos, a su vez, se los ofrecen a sus dioses pensando que contienen el poder de los invasores. Las primeras palabras escritas en México están destinadas a afirmar una superioridad y a poner al otro en una situación de inferioridad cultural. "Cortés toma la pluma para acomplejar y rebajar a sus interlocutores".

Por su nacimiento violento, México mantiene una relación sui géneris con la palabra escrita: escribir allí es conquista y ocupación de un territorio. Y una manera de percibir las fronteras difusas entre la verdad y la mentira. La realidad parece insondable, inaprehensible. Por eso, "producir una obra literaria es un método posible para descifrar los misterios de un país que se complace en el secreto, y apropiárselo". Y por eso, como en ninguna otra parte, la figura del escritor está sacralizada. Por cierto, la política cultural mexicana, desde la Revolución, se caracterizó por un apoyo masivo a los escritores. Los grandes escritores del siglo XX en su mayoría fueron funcionarios. "El poder político generaba esas plazas para que los artistas estuvieran contentos".

Después de la sociedad de los soldados y los curas, vino la de los "doctos", los que hacían las leyes y los sonetos. La sociedad colonial, y luego la republicana, perpetuaron la fidelidad a la tradición. Los géneros preferidos fueron -y siguen siendo- los de la metrópoli: el teatro, la crónica y la poesía. La narrativa es apenas del siglo XIX: durante la Colonia no se publicaron ni se leyeron novelas.

La continuidad consistía en fluir con la tradición, sin rupturas. A diferencia de Perú, Argentina o Brasil, en México no hubo vanguardias. No hubo conflicto con la generación anterior. Salvo algunas excepciones como los estridentistas y el movimiento de La Onda, de José Agustín. Y unos cuantos "insumisos" como José Revueltas, Juan Rulfo, Jorge Ibargüengoitia y Sergio Pitol. Para Philippe Ollé, este panorama cambia mucho después del terremoto de 1985, cuando aparece una sociedad civil menos pasiva y unos escritores más críticos y más abiertos a otras tradiciones.

México ama a los artistas extranjeros y los trata bien. Tiene una tradición de asilo y tolerancia. ¿Qué encuentran ellos en ese país? Un lugar que les permite proyectar sus fantasías y sus fantasmas. Propone una materia que cada cual puede moldear a su manera. Como lo hizo Malcolm Lowry, quien adaptó los valores mexicanos, el mundo metafísico de la culpa, a sus propios dramas. André Breton encontró el lugar surrealista por excelencia; Tennessee Williams, compañeros jóvenes; Ambrose Bierce, la muerte voluntaria en el fragor de la revolución. Como si México no fuera un país, sino una parcela de lo imaginario. "Muchos escritores, al entregarse a excesos imposibles en sus países, hacen de este paraíso su infierno personal". No por azar, dice Philippe Ollé, su color es el tezontle, la piedra volcánica que une lo negro de la noche con el ocre del ocaso del día. Una piedra del crepúsculo que juega con las sombras y borra las fronteras entre el día y la noche, la verdad y la mentira, el simulacro y la realidad: el espacio de la palabra.
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