Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/10/31 22:00

La Escuela que protege la artesanía colombiana

El 3 de noviembre la Escuela de Arte y Oficios Santo Domingo cumple 20 años. Esta institución ha logrado reivindicar la artesanía en Colombia, un oficio históricamente subvalorado.

Beatrice Dávila de Santo Domingo y Poli Mallarino Foto: Carlos Julio martínez

La familia Santo Domingo ha tenido durante casi medio siglo múltiples causas filantrópicas. Sin embargo, ninguna tan cercana a Beatrice Dávila como la Escuela de Arte y Oficios. Se trata de una labor a la que la viuda de Julio Mario Santo Domingo ha entregado su alma y corazón durante los últimos 20 años con un solo propósito: recuperar el patrimonio artesanal del país.

A mediados de los noventa llegó a la conclusión de que oficios como la platería, la talabartería, la carpintería y el tejido podían tener un potencial enorme si contaban con una infraestructura y apoyo institucional que no existían. Su gran amiga y socia Poli Mallarino compartía esa inquietud y por eso la embarcó en esa aventura: “A Poli y a mí nos daba la impresión, rememorando el pasado y observando los objetos que se producían en el país, que Colombia estaba perdiendo parte de la riqueza artesanal que habíamos conocido en nuestra infancia. ¿Qué se habían hecho las costureras que sabían bordar el lino de un mantel? ¿Dónde estaban los maestros talabarteros y carpinteros que convertían un baúl o una mesa en una obra de arte? ¿Y dónde los joyeros que trabajaban el oro y la plata con destreza y maestría?”, relata Beatrice Dávila en el prólogo del libro que la escuela publicará el 3 de noviembre con ocasión de su vigésimo aniversario.

Desde entonces estas dos mujeres lograron convertir en realidad lo que hace dos décadas no era más que un sueño: profesionalizar la artesanía y derrumbar la idea de que el artesano solo quiere una fuente azarosa de ingresos. Con lupa salieron a las calles a comenzar a buscar los verdaderos maestros del oficio. Encontraron en las carpinterías, en los talleres de soldadura y en las talabarterías de la capital a los que serían los primeros transmisores de esa tradición perdida. Personas que originalmente fungían como ebanistas, soldadores, tejedores, plateros y marroquineros en barrios populares de Bogotá se trasladaron a los alrededores de la plaza de Bolívar para enseñar sus respectivas técnicas en las icónicas edificaciones que componen desde sus inicios el campus de la escuela.

Por su arquitectura y ubicación, los recintos donde se imparten las clases son fascinantes. Tres casas de estilo republicano y colonial, entrelazadas por jardines internos y en restauración constante desde hace 18 años, constituyen la sede de este plantel educativo. “Las casas están en una de las ocho manzanas que rodean la plaza, por lo que quizá son las construcciones más viejas e importantes –arquitectónica e históricamente– de la ciudad”, cuenta Luis Restrepo, miembro de la junta directiva de la escuela y líder de su restauración.

Adquirieron y remodelaron las casas poco a poco. La primera, un predio de estilo republicano que bordea la carrera octava, ostenta imponentes trabajos en madera grabada y yeso, mientras que la segunda preserva su estilo colonial con muros de bahareque. La tercera, la más grande y antigua de todas, guarda entre sus solares un tesoro arquitectónico: una piscina en piedra precedida por un portón restaurado en ladrillo que para Restrepo motivó la compra de aquel lote: “Un día subimos al techo en construcción de una de las otras dos casas y nos asomamos al patio vecino. De la montaña de escombros y maleza que había sobresalían unas piedras muy bien talladas. Ese acabó siendo el portón de la piscina que, a mi parecer, es lo más bonito de la escuela”.

Hasta el momento, en esas construcciones que alguna vez fueron inquilinatos, restaurantes, colegios, cafetines y casas de familia, se han formado más de 20.000 artesanos. Hombres y mujeres que nunca terminaron el bachillerato, jóvenes recién salidos del colegio y pensionados ansiosos de explotar un talento que siempre había sido subestimado, se forman en cuatro disciplinas: cuero, madera, platería y bordado. Pagan solo el 20 por ciento del valor de la matrícula –aproximadamente 2 millones y medio de pesos- y además reciben clases de gestión administrativa para sacar adelante sus proyectos de emprendimiento, un beneficio que los egresados ven como uno de los principales valores agregados de la escuela.

“El gran legado de esta institución es que logró profesionalizar tanto los oficios hechos con las manos, que demostró que pueden ser una fuente de ingresos seria y sostenible que te da calidad de vida”, piensa Nicolás Caro, un maestro en platería graduado allí hace 13 años, quien hoy en día se dedica a hacer montajes museográficos en el país.

Muchos de los discípulos incluso han regresado a la escuela como maestros. Edwin Montero, por ejemplo, comenzó sus estudios en plata a los 15 años y hoy es docente del plantel: “Esta es una muy bonita oportunidad para ejercer y vivir bien de algo que nos gusta y qué mejor que poder enseñarlo a la vez”, afirma.

El impacto del esfuerzo conjunto de Beatrice Dávila y Poli Mallarino ha sido tal, que las piezas fabricadas en la escuela han llegado a manos de personalidades de talla mundial. En su visita a Colombia en 2006, el dalái lama se llevó un rosario de cuentas de filigrana y la reina Letizia conserva en el Palacio Real de Madrid una pieza de plata.

Laura Mejía, la actual directora de la escuela, no duda en decir que la labor de estas gestoras en Colombia es loable pues dos décadas después de comenzar su cruzada siguen totalmente comprometidas: “Doña Beatrice, desde Nueva York, permanentemente está buscando maestros internacionales que vengan a dictar cursos –cada año la escuela recibe cuatro maestros invitados-, y Poli, por su parte, ha sido los ojos de Beatrice en la escuela. Hablamos tres veces al día y mínimo viene cada dos semanas al campus”.

El trabajo de Beatrice Dávila no se limita a encontrar maestros invitados sino también compradores para los productos nacionales. Recientemente, logró internacionalizar esos trabajos de tal suerte que la casa de subastas Sotheby’s en Nueva York exhibirá el 5 de diciembre 65 referencias elaboradas por estudiantes y maestros de la institución, en la inauguración de una compraventa conjunta de joyas y carros. Con los recursos recaudados se creará un fondo de becas para beneficiar a más alumnos.

El próximo martes 3 de noviembre, en las instalaciones de la escuela, amigos, familiares y colaboradores de estas guardianas de la tradición se darán cita desde las cinco de la tarde para celebrar los 20 años de la causa a la que ambas le apostaron un día cualquiera de 1995. Por lo pronto, su esfuerzo no fue en vano y la desaparición de la riqueza artesanal que tanto temían se detuvo, en gran parte, gracias a ellas.

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