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| 5/17/1999 12:00:00 AM

ESCULTURAS PROFETICAS

Feliza Bursztyn: la más sólida figura femenina en el arte colombiano de la segunda mitad del
siglo XX. En esta epoca de revisiones y balances es más que justo, imperativo, recordar los múltiples
aportes a la plástica que la escultora bogotana Feliza Bursztyn (1933-1982) realizó en su corta vida. La
escultora abrió caminos que hoy son transitados por artistas de generaciones posteriores, quienes en muchos
casos no conocen los extensos alcances de su actitud pionera, y su legado constituye un variado panorama
de formas, procedimientos y conceptos que todavía en este momento de apertura y globalización asombran
por el ánimo innovador y la coherencia con los cambios que entonces se gestaban internacionalmente en la
definición del arte. Feliza Bursztyn fue la primera artista del país que utilizó materiales de desecho, una
operación de vital importancia para los instaladores de hoy, e inclusive para muchos artistas del performance.
La artista recorría con regularidad los talleres del sur de Bogotá, reuniendo aquellas piezas a las cuales
respondía intuitivamente, para construir con ellas esculturas que implican, tanto una reflexión estética como
raciocinios de tipo ecológico y social puesto que ponen de relieve la importancia de los recicladores en la
sociedad contemporánea. También fue la primera artista del país en aportarle sonido y movimiento a la
creatividad visual. Sus Histéricas, obras realizadas en la década de los 60, contaban con un motor que hacía
mover cintas metálicas incesantemente, produciendo un ruido rechinante, el cual, como era de esperarse,
dejó al público del país estupefacto. Sólo Marta Traba reconoció de inmediato la validez de sus propuestas,
clarificando que en materia artística "la forma puede estar sostenida por el desborde igual que por el
equilibrio, por la arbitrariedad como por el rigor y por el humor como por la seriedad". Feliza Bursztyn fue así
mismo la primera artista en realizar instalaciones en Colombia _cuando esta modalidad creativa ni siquiera
había sido bautizada_ y la primera en producir trabajos artísticos interdisciplinarios. Su Baila Mecánica es una
especie de ballet hecho con chatarra, en el cual las figuras se desplazaban sobre una plataforma, mientras
que sus Cujas _o camas que se mueven con compás erótico_ fueron trabajadas en asociación con
Jacqueline Nova, una de las compositoras más sobresalientes de Colombia. Pero Feliza Bursztyn no fue
nunca asesora o curadora de instituciones que le permitieran autopromoverse y tal vez por eso no ha figurado
hasta el momento en las amañadas listas de los artistas más influyentes de este siglo publicadas en la
prensa. Lo cierto, sin embargo, es que la historia tendrá, tarde o temprano, que esclarecer su papel precursor
de actividades y actitudes que han probado ser definitivas en el desarrollo de la plástica reciente, ya que su
influencia puede compararse con la lluvia, que aunque pocos son conscientes de su origen y secuelas,
de todas maneras ha sido fundamental para la fertilidad y la frescura del arte realizado en el país después
de la modernidad. n Violencia y desesperanza La angustia expresionista de Natalia Granada. atalia Granada
heredó de su padre, el maestro Carlos Granada, no sólo la vocación por la pintura sino los lineamientos de su
estilo. No obstante, sus obras son inconfundibles puesto que también existen claras diferencias en sus
motivaciones y propósitos. La pintura del padre permite vislumbrar una preocupación política y social, mientras
que la obra de Natalia hace manifiesta una reflexión referida al ser humano como individuo y a los
conflictos interiores propios de la vida contemporánea. En las últimas pinturas de Natalia Granada
_expuestas actualmente en la galería El Museo_ la protagonista es generalmente una mujer, en ocasiones
grávida, plasmada a través de pinceladas impulsivas, rayas, raspaduras, restregados y chorreones, y de un
color restringido a tonos tierra aunque a veces combinado con el negro y el azul. Las figuras representan un
dolor sin esperanza en sus deformaciones y retorcimiento, mientras unas aves negras, de rapiña,
premonitorias de la muerte, las agreden intensificando su sufrimiento y soledad Su trabajo es vigoroso y
áspero, pero la agresividad de sus figuras a veces es inerte, la violencia pasiva del estado agónico, la
belicosidad impotente de la desilusión. En algunas de estas obras hay indicaciones espaciales mediante
elementos arquitectónicos que, lejos de proteger a las figuras, intensifican el sentido de aislamiento y
desamparo. Pero en general es la figura sola, planteada sin rodeos y expuesta al suplicio y la congoja, la que
hace manifiesta la aproximación de la artista a la pintura como expresión de inquietudes subjetivas, y
tal vez también como ejercicio para exorcizar la angustia que produce el solo hecho de vivir.
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