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| 8/20/2001 12:00:00 AM

Esos clásicos...

Son los pilares de la literatura universal pero muchos de los más fervientes lectores han sucumbido ante ellos.

Despues de muchos años el escritor guatemalteco Augusto Monterroso se encontró ante lo inevitable: mientras hacía una larga fila frente a la caja de una librería se encontró de nuevo con La guerra y la paz de

Tolstoi. “Bueno, ¿qué esperas?, aquí estoy, llévame contigo. Y en efecto, estiro el brazo y lo tomo, calculo su peso, mido su precio y lo compro”, confiesa Monterroso en su ensayo ‘El humor de Tolstoi’. Ahí mismo advierte que años atrás intentó leerlo pero no pudo, tal vez por culpa de la edición. Como seguramente les ha sucedido a miles de lectores que una y otra vez se han dispuesto a leer tantas obras famosas.

Y Monterroso, como pocos lectores sinceros, admitió que no fue fácil leerlo pues siempre lo asaltó la afirmación que alguna vez hizo Thomas Mann: “Lo más grave es que Tolstoi no tenía ironía. Es un milagro que haya conseguido escribir tan bien. En una novela la ironía es como la sal en una sopa de lentejas, le da el sabor, el matiz; sin la sal es insípida”. Y lo peor, para Monterroso, es que pudo comprobar tal aseveración al llegar al capítulo VI de la primera parte, en la queTolstoi empieza a describir a Pedro Bezukhoi como un hombre alto, recio, tosco, y que según la novela “era, además, muy distraído. Al levantarse, en lugar de su sombrero, cogió el empenachado tricornio del general y fue sacudiendo las plumas hasta que aquél le rogó que se lo devolviese”. Monterroso confiesa: “No hay manera de creérselo pero a esas alturas uno ya no está para detenerse en trivialidades”.

Y a hombres tan apasionados por la literatura como Monterroso hay que agregar una larga lista de lectores que se reconocen en situaciones similares a la anterior. Hay libros que han estado allí por años, todos saben que son importantes, todos hablan de ellos, su historia siempre es conocida de una u otra forma, pero no siempre es fácil leerlos. Son libros que de una u otra forma pasan a llamarse clásicos. Pasajes memorables como “Al despertarse Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto”, lucen familiares pero no necesariamente porque el lector haya tenido en sus manos estas obras, como la de Kafka. Incluso Italo Calvino en su libro Por qué leer los clásicos asegura: “Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: ‘Estoy releyendo’ y nunca ‘estoy leyendo”.

“Les voy a confesar mi sucio y pequeño secreto: jamás he leído el ‘Ulises’. Lo he intentado, tantas veces, pero nunca me he conectado de verdad. Creo que el ‘Ulises’ de Joyce se ha convertido en un monumento no porque sea una gran novela sino porque ha sido excesivamente mitificada”, admitió el crítico Jonathan Yardley, del Washington Post Book Critic, una vez el periódico eligiera el libro de Joyce como el más importante del siglo XX. Y no es porque esa opinión sea la cierta sino que, como él, miles de lectores han encontrado una barrera cuando afrontan los llamados clásicos.

“Creo que no terminé de leer ninguno de sus dos ‘Trópicos’, un tanto hastiado por ese erotismo frenético que acaba por gastar todo su poder de sorpresa o de imprecación a la tercera página”, confesó Alvaro Mutis en ‘In memoriam de Henry Miller’, un artículo que publicó en México en 1980 al referirse a la obra del escritor norteamericano. Como también se manifestó Borges: “Yo pienso que García Márquez es un gran escritor. ‘Cien años de soledad’ es una gran novela, aunque creo que tiene 50 años de más”. Las anécdotas al respecto son innumerables. El propio Gabriel García Márquez contó que en el Liceo de Zipaquirá, en donde empezó su afición por la lectura, leía La montaña mágica saltándose páginas pues estaba más interesado en lo que pasara a los personajes y no a tantas disertaciones que se despliegan página tras página.

Precisamente la novela de Mann es una de las mitificadas. “Es un libro que siempre tengo ahí, pero he leído tanto sobre Mann, sobre su obra, sobre tantas interpretaciones, que nunca termino por leerlo. Sé que me estoy perdiendo de algo pero no he podido”, comenta Juan Gustavo Cobo, y añade: “Algo parecido me pasa con ‘La Divina Comedia’. Es tal el espesor de la red crítica que nos llega que en el caso de Dante me he quedado con Borges y sus ‘Ensayos Dantescos”.

Santiago Mutis, lector por excelencia, opina que para sentarse a leer estos libros no hay que sacar disculpas. “Es sólo cuestión de sentarse y leerlos. Eso es todo”. Calvino asegura: “Los clásicos son libros que cuanto más se cree uno conocer de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”. Lo cierto es que cualquier lector siempre va a sentir su presencia en bibliotecas y librerías. El llamado a leerlos puede estar vigente siempre pero no necesariamente existe el impulso necesario para hacerlo de una vez por todas. ¿Aburridos, extensos, densos? Qué mejor conclusión que la de Calvino: “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”.
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