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| 3/28/1994 12:00:00 AM

ESPIAS Y LITERATURA

El género lo inaugura La Biblia, con Josue, Dalila y Judith. Los grandes escritores que fueron espías de carne y hueso.

Una espía colombiana, cuyas acciones hacen tambalear las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, y que además es de profesión filósofa, ofrece una gran tentación: hablar de la literatura y el espionaje. El tema es tan extenso como apasionante, pues hay muchísimos espías de ficción, así como varios escritores que fueron espías. Esta nota pretende ser una guía para el lector interesado en conocer ese fascinante mundo.
Es un lugar común decir que la literatura de espionaje se refiere sólo a la Guerra Fría. Mayúscula equivocación, pues ya en La Biblia aparecen espías. El inventor fue Josué, quien los utiliza para tomar a Jericó. Están también Dalila, agente de los filisteos, y Judith, la cual sedujo y asesinó a Holofernes, cuyo ejército asediaba a Betulia. En la literatura latina, Virgilio, en la Eneida da su propia versión de la toma de Troya, en la que interviene Xenón, agente de Ulises, quien se infiltra entre los troyanós para convencerlos de que los griegos se han retirado.
Y no cabe duda de que en Los tres mosqueteros, de Dumas, Milady de Winter es una espía al servicio del cardenal Richelieu. Kipling, a comienzos de este siglo, con su novela Kirel, plasma el tópico del ruso malo, vigente hasta hoy; el libro trata de una intriga rusa contra los intereses británicos en la India, la cual es develada por espías ingleses. Este escritor inaugura también la extensa y magnífica lista de escritores ingleses sobre espionaje: Conan Doyle, Conrad, Maugham, Greene, Durrell, Fleming, Le Carré...
Pero antes de hablar de ellos, hay que mencionar a otro precursor, un personaje bien singular, por cierto: Giacomo Casanova, quien fue el primer escritor que en la vida real actuó como espía. Casanova trabajó al servicio de Venecia y luego de Francia: en sus Memorias habla de ello. Luego vendrán varios espías-escritores muy notables: Somerset Maugham, espía inglés en Suiza y autor del conjunto de relatos titulado El agente secreto; no recuerdo bien si Una hora antes del amanecer, excelente novela del género cuya acción transcurre durante la Segunda Guerra Mundial, es suya o del estadounidense Wiseman. El húngaro Arthur Koestler, autor de El cero y el infinito, fue agente del Komintern en acciones del comunismo prusiano.
Graham Greene, maestro indiscutible, se desempeñó como agente británico en Africa; son varias sus novelas de espionaje: El agente confidencial, El americano impasible y El factor humano, que es la mejor de todas. Greene hace también una estupenda sátira del espionaje en Nuestro hombre en La Habana. Lawrence Durrell, quien actuó en Egipto como agente del servicio de inteligencia británico, escribió Aguilas blancas sobre Serbia, una intriga de ingleses y monárquicos contra el mariscal Tito. Ian Fleming, padre de la serie de James Bond, fue también espía británico en Moscú. Y, finalmente, John Moore Cornwell, más conocido por su seudónimo de John Le Carré, trabajó en el Foreing Office como agente secreto en Alemania. Le Carré, es el gran novelista del espionaje durante la Guerra Fría, su serie de Smiley y El espía que llegó del frío son inolvidables.
Hay un escritor que, aunque fue también espía, nunca se interesó en el género: Lawrence de Arabia. Sus contradictorias y arriesgadas acciones como agente del servicio secreto del ejército británico son bien conocidas; en el libro Los siete pilares de la sabiduría omite referencias a esa experiencia ak crucial de su vida. Josenh Conrad incursionó en el tema con su novela menos afortunada, El agente secreto, la cual resulta insólita dentro del conjunto de su obra.
La conclusión final puede ser que la literatura le debe mucho al espionaje, como lo comprueba esta rápida ojeada sobre los grandes escritores de todos los tiempos.


LA EMBARRADA DEL CARDENAL
ERNESTO CARDENAL ESTUVO LA semana pasada en Colombia y miles de personas se movilizaron a los auditorios de Bogotá, Medellín y Cali, donde leyó sus versos.
Sin embargo, los medios sólo le preguntaron sobre política y Cardenal se prestó gustoso a contestar. Y la verdad es que estuvo muy desafortunado. Aunque dijo -citando a Pablo Vl en su visita a Colombia- que la guerrilla no tenía por qué existir en nuestro pais, pues sólo se justificaba para combatir tiranías y dictaduras, hizo un insólito elogio del delincuente Manuel Pérez.
Tal vez en agradecimiento, al día siguiente, en su recital en el auditorio León de Greitf, de la Universidad Nacional, se presentó un grupo de encapuchados del ELN a saludarlo, metralleta en mano: luego de una arenga, se esfumaron.
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