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| 5/15/2000 12:00:00 AM

Espiral de palabras arrojadas al cesto

La última novela de Héctor Abad: una reflexión sobre la inutilidad de los actos humanos y a la vez su exaltación por ser únicos.

Poeta, no regales tu libro, destrúyelo tú mismo, era la sabia recomendación de Eduardo Torres, el inolvidable y absurdo profesor inventado por Agusto Monterroso en Lo demás es silencio. Sobre esta idea, la inutilidad de la escritura, construye Héctor Abad su novela Basura.

Un viejo tema conocido por todos los artistas modernos desde Baudelaire. No creer en ninguna trascendencia —ni de ellos, ni de lo que hacen— produjo un arte demasiado lúcido y a la vez demasiado nihilista. Los artistas modernos están atrapados en un callejón sin salida: no creen en el arte pero no pueden dejar de hacerlo. Son —hasta el extremo de la autodestrucción— los más implacables críticos de sí mismos. Pero sobre dicha paradoja se han realizado grandes obras o, como dijera Octavio Paz, negando la poesía, los poetas modernos escribieron los más bellos poemas.

Por su talante, por su preferencia hacia lo prosaico y lo paródico, desde luego que Héctor Abad se inscribe más en la tradición de Eduardo Torres que en la de Octavio Paz: “Lo que me intrigaba, lo que también me fascinaba, era la fidelidad de Davanzati a su oficio solitario, silencioso, inédito, y yo me sentía a la vez un traicionero y un salvador, el Max Brod de Davanzati, un Max Brod criollo y anónimo que recogía los desechos de un mediocre Kafka”.

El Max Brod criollo es el narrador del libro, quien ha decidido rescatar de la basura los textos escritos por su vecino Bernardo Davanzati. Borradores de novelas, de aforismos, de poemas: lo que escribe Davanzati es pésimo, por lo que el apelativo de Kafka mediocre resulta bastante generoso.

El narrador sabía vagamente de la existencia de Davanzati: había leído hacía muchos años —y le había gustado— una novela suya que no fue muy bien recibida por la crítica, Diario de un impostor. Y nunca pudo conseguir su otro libro, Adiós a la juventud, publicado por él mismo en una edición limitada. Conocía de sus notas ocasionales en el Magazín de El Espectador. Es decir, se trataba de un desconocido, un olvidado. Ahora el azar le deparaba que el enigmático y huraño vecino del 301 que arrojaba papeles arrugados por el shut del edificio era Bernardo Davanzati: ¿Por qué no leerlos? ¿Acaso tiene dueño la basura?

El narrador se convertirá —y nosotros con él— en un voyeurista, en un mirón de la vida de Davanzati. Analizar sus textos, hacer conjeturas sobre su vida misteriosa, inferir una posible biografía a partir de aquellos fragmentos, será su obsesiva tarea. Como hemos dicho, muy pronto se sabe que no vale la pena lo que escribe: “En sus períodos de extravío, como ya les he dicho que a veces pasaba, en el basurero yo podía hallar páginas enteras con una sola frase, o divagaciones incomprensibles o, francamente, tonterías, parrafadas insulsas que no transcribo porque uno ha de tener compasión con lo que quiere, y yo a estas alturas ya quería a Davanzati y me producían pesar, más que pesar, angustia, sus caídas en la literatura deleznable, sosa impublicable, en la literatura que no se merecía otro nombre que basura, su basura, mi querida basura”.

Y sin embargo, seguimos adelante. ¿Esperando qué? ¿Conocer las razones de su vida que lo atan a esa actividad estéril? Es probable. Pero es más probable que, como el narrador, a estas alturas el lector sienta compasión por el personaje y una extraña atracción por “la querida basura” que produce. Si persiste, será recompensado: el borrador de La virgen manca es insuperable y deliciosamente malo.

Esta novela es una consoladora caricatura y una plegaria por todos los que se dedican —desde los modestos reseñistas hasta los encumbrados escritores— al maravilloso e inútil oficio de escribir. Es también una respuesta —a nuestro juicio demasiado explícita—: la vida y todo lo que hacemos está destinado a ser basura, pero no por eso podemos permitir que se convierta en un basurero. Hay que pulirla, mimarla, cuidarla, acicalarla, aunque se vaya a morir, aunque se acabe: no hay que tirar a la basura comida que todavía no está podrida ni pasada.
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