Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/04/15 00:00

Eternamente Turín

La ciudad alpina italiana es desde este 23 de abril la nueva capital del libro de la Unesco, como lo será Bogotá el próximo año. Un paseo por una ciudad vital e intelectual, obrera e industrial. Texto de Héctor Abad.

Eternamente Turín

La trama de los primeros libros que fui capaz de leer enteros en una lengua que no era la mía, el italiano, ocurrían en Turín: Lessico familiare, de Natalia Ginzburg, y Marcovaldo, de Ítalo Calvino. Para apropiarse de una ciudad, ante todo, hay que caminarla de arriba abajo, para perderse y encontrarse en sus mercados populares, en sus plazas, calles, avenidas y rincones. Pero al mismo tiempo conviene leer las novelas que suceden en ella, porque los escritores captan una temperatura de las ciudades y un temperamento de sus habitantes que no está ni en los libros de historia ni en las guías de viaje ni en los tratados de sociología.

El Léxico familiar de la Ginzburg habla de una familia de judíos cultos, profesores universitarios, industriales y estudiantes, totalmente integrados a la vida italiana, con matrimonios mixtos, sin sinagogas, hasta que llega el fascismo a romper, con toda su carga de brutalidad, esa integración que de la noche a la mañana deja de ser real para convertirse en la pesadilla de los campos de exterminio. A otro turinés, quizá el más grande de todos sus escritores, Primo Levi, le tocará contar en primera persona la terrible experiencia de aquellos que un día fueron sacados a la fuerza de sus casas, para morir en los Lager de Hitler, o para sobrevivir, casi milagrosamente (y con horrendos sentimientos de culpa), sólo por el azar de haber llegado al campo de concentración no mucho tiempo antes de la derrota de los nazis.

Si esto es un hombre, La tregua, Los hundidos y los salvados, la trilogía de novelas testimoniales de Levi, se leen con un nudo en la garganta y una explosión de ideas, iras y reflexiones en la cabeza. Mediante un tono de honda conmoción que no recurre a la fácil estrategia del patetismo, con una prosa precisa, sin retórica, Primo Levi relata de una manera perfecta su directa experiencia del Mal. Estaba yo leyendo, por apropiarme de Turín a través de sus escritores, el primero de estos libros, Se questo é un uomo, cuando el periódico me golpeó una mañana con la noticia de que Levi se había suicidado ahí, a pocas cuadras de mi casa. Había tomado la misma decisión que Pavese algunos años antes, en esa Turín tan literaria. Ambos reemplazaron la escritura por un último gesto.

Ginzburg y Levi, laicos de familias completamente integradas a Italia, no tenían la intención de escribir libros judíos (y Levi, tal vez, ni siquiera de escribir libros), pero se vieron obligados a hacerlo, forzados por las circunstancias, cuando sus conciudadanos los consideraron "distintos", de un día para otro, solamente por la religión a la que habían pertenecido sus antepasados. Algo parecido ocurrió con mi profesora de literatura española en Turín, Lore Terracini. Ella, muy niña, había tenido que huir con su familia de médicos y matemáticos a refugiarse en Argentina durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Argentino era su acento en español, y de esa experiencia provenía su pasión por las letras castellanas. Fue ella misma la que me presentó a otro gran intelectual turinés de origen judío, Norberto Bobbio, cuyos libros sobre la política, la democracia o la senectud son una fuente inagotable de moderación política y sensatez vital.

El segundo libro que leí en italiano, Marcovaldo, de Ítalo Calvino, además de hacerme reír a las carcajadas, me hizo conocer otra parte de Turín no menos importante que la de sus judíos hundidos o salvados. Marcovaldo es el nombre de un obrero de la Fabbrica Italiana di Automobili di Torino (Fiat), y a través de los cuentos que Calvino escribe sobre él, aprendí lo que era vivir en una cittá operaia, una ciudad obrera, en la que una sola megaindustria formaba el núcleo alrededor del cual palpitaba la ciudad completa. Los increíbles desfiles del Primero de Mayo, y las buenas fiestas que organizaba el periódico comunista, L'Unitá, me dieron una visión nueva de una izquierda posible, moderna y democrática, sin coqueteos con la dictadura del proletariado ni con aquella furiosa lucha de clases que es la antesala de la lucha armada.

Marcovaldo, el personaje literario, tenía para mí una precisa encarnación real en Falino, el papá de una de mis mejores amigas de entonces, y compañera de la Universidad, Anna Intonti. Inmigrante del sur, sereno comunista a la italiana, afiliado desde siempre al sindicato, de gran calidez y dignidad en el trato, Falino era para mí como el rescate del personaje de Marcovaldo, y la constatación real de que tal vez era posible (si coincidían un industrial refinado e inteligente como Gianni Agnelli, el dueño de la Fiat, y unos obreros fuertes y luchadores como Falino) un acuerdo de mutua conveniencia entre obreros y patronos, en el que las ganancias de los unos no fueran vulgares y el trato a los trabajadores fuera digno y humano.

En Einaudi, la gran editorial de Turín, se publicaban todos estos libros de mis primeras lecturas en italiano: los de Levi, Calvino, Ginzburg, Pavese, Bobbio, Terracini… En Einaudi se publicaban también las teorizaciones de la nueva izquierda italiana. Una izquierda pacífica, democrática, muy inteligente, poco militante y nada sectaria, la izquierda de Bobbio, el moderado, y de ese otro egresado genial de la Universidad de Turín, Umberto Eco, que en esos años publicaba su primera novela. En esa misma universidad enseñaba el todavía muy poco conocido Claudio Magris, que al poco tiempo se trasladó a Trieste, otra ciudad muy literaria, y la única italiana de Mitteleuropa.

De Einaudi era además la nueva Enciclopedia que se publicaba entonces, con unas diderotianas ansias de conocimiento total, y que yo fui comprando tomo por tomo, en esos ejemplares imperfectos que vendían a precio de huevo en las librerías de viejo de la via Po. Via Po, la que llevaba al río del mismo nombre, era mi calle preferida, pues tenía que recorrerla todos los días camino de la Universidad. Bajo sus pórticos (sus aceras techadas tienen el diseño ideal para pasear en invierno), por el costado izquierdo, queda el claustro principal de la antigua Universidad de Turín, donde una vez enseñara Erasmo de Rotterdam. Por esta misma calle los hombres pasean a bracetto, es decir, de gancho, y a ratos se detienen a mirar los libros viejos que en ese costado de los soportales están exhibidos -innumerables- sobre le bancarelle, los mesones de madera de los buhoneros, unos barbudos con cara de letrados sin cátedra, que no se sabe nunca si son hoscos o cordiales. Pero la última vez que estuve en Turín, hace pocos años, ya los mejores libros de via Po no eran los de Einaudi, porque Berlusconi, que todo lo compra, había comprado también la gran editorial de via Biancamano.

La última vez tuve que volcarme sobre los libros viejos, y ahí compré un centenario elogio de la ciudad, Torino, escrito por Edmundo de Amicis, el novelista de aquel libro lacrimoso, pero bonito, Cuore, Corazón, que es una especie de canto a la escuela pública igualitaria, hija de la Ilustración. Dice Edmundo de Amicis que Turín, su ciudad, "recibe un reflejo particular de belleza, de la gran cadena alpina que corona el horizonte con sus desmesuradas pirámides blancas. Parece que los Alpes arrojaran en sus plazas y en sus calles el sentimiento del inmenso silencio de su soledad. Se creería que las últimas casas de Turín están construidas sobre las faldas de las montañas". La ciudad está en la llanura, pero enmarcada por los Alpes de la frontera con Francia, enormes montañas rosadas, blancas o amarillas, según la hora del día. El espectáculo, desde la colina de Superga, en un día claro de invierno o primavera, es bellísimo, y nos da la idea de esa ciudad mixta, llanura y montaña, obrera e industrial, vital e intelectual.

Es la ciudad italiana que más quiero. Nunca leí tanto en mi vida, ni con tanta pasión, como en los cinco años que pasé en Turín. Su Museo Egipcio esconde tesoros como los de El Cairo. Sus largas avenidas, anchas, perpendiculares, con los plátanos de hojas verdísimas y negrísimos troncos, me dan una sensación de orden sereno y austera elegancia. Y las plazas de Turín, Carlo Alberto, Vittorio Emanuele, Santa Teresa, La Consolata, producen emociones estéticas que alimentan la compasión humana. Son las plazas metafísicas de De Chirico y siempre me pareció natural que Nietzsche se enloqueciera definitivamente en una de ellas, después de ver cómo un cochero burdo apaleaba brutalmente a un caballo viejo. La última imagen que quiero dejar de Turín es la de Nietzsche, con sus inmensos bigotes, en la metafísica plaza San Carlo, besando largamente en los belfos a un caballo. X

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