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| 3/19/2015 11:00:00 AM

Venganza o perdón, teatro para el posconflicto

Los elogios para ‘Labio de liebre’, la obra del dramaturgo Fabio Rubiano, son casi unánimes. Este fin de semana serán las últimas funciones.

“A mi hermano lo mataron en el 73 y cuando cogieron al tipo que lo mató yo le oí decir a mi mamá: ‘yo no quiero verlo… pa’ qué’. No decía que se pudriera en la cárcel ni nada por el estilo. No había una intención de venganza. Esto lo hablo desde lo personal”. Ahora, Fabio Rubiano habla desde lo profesional –el teatro– acerca del perdón.

Labio de liebre es una obra sobre el perdón pero también sobre la venganza. O sobre algo es está más allá de ambas. Nadie lo sabe, ni el propio Rubiano, quien la escribió, la dirigió y la protagoniza. 

“El teatro no enseña nada. Si una obra es para enseñar, está en camino al aburrimiento”, dice con énfasis quien es considerado el mejor dramaturgo del país.

En Labio de liebre se unen muchas emociones. Duele el alma, se corta la respiración, pero enseguida llega una carcajada que permite seguir adelante. Se entrelaza el humor y el horror, la risa y el dolor.

Inevitablemente, también, se entiende mejor el conflicto, y uno de sus ‘trofeos’: la venganza (que aquí se ve como poco más que una pobre y breve satisfacción). Así también se piensa en el perdón, una palabra muy difícil de materializar, que en la obra se confunde fácilmente con la culpa y el desespero.

Como le ocurre a Salvo Castello (Fabio Rubiano), un antiguo miembro de un grupo armado (no se dan nombres, da igual) responsable de desapariciones y masacres. Castello se encuentra en un lejano país frío y ‘neutro’, donde cumple su condena, con una familia a la que masacró. Aquí aparecen las actuaciones de Marcela Valencia, Jacques Toukhmanian, Liliana Escobar, Biassini Segura y Ana María Cuéllar.

“Castello es el visible victimario, pero en esta obra no hace más que sufrir por lo que hizo”. Está siendo tan acosado por las víctimas que se confunden los roles, no se sabe quién sufre más. “Aquí, en términos dramáticos, el victimario es la víctima”, explica Rubiano.

Todas estas ambigüedades capturan al espectador. Hay otra más en la que la risa se confunde con dolor: la niña le dice a la mamá: “Mi papá me tocaba y usted se daba cuenta y no hacía nada”, a lo que responde la mamá: “Uno tiene que obedecer al marido”. En ese caso, entonces, ¿quién es la víctima? “La compasión por unos es el dolor para otros”, dice Rubiano mirando al techo de su camerino.

“Ustedes no se daban cuenta, todo lo hicimos por el bien de la comunidad. Había que exterminar el mal aunque sucedieran cosas terribles”, dice Salvo Castello, una frase con la que se cree justificar la guerra y que se habrá repetido incontables veces por unos y otros actores armados.

La obra no es una invitación al perdón, no da lecciones de ética ni engaña haciéndonos sentir mejores personas. No es obvia, cursi ni burda (no se ven armas, tiros, no se habla en términos de guerrilleros ni paramilitares); pero sí motiva a pensar, obliga a sentir, genera preguntas y deja incertidumbres. Ahí está el placer estético. Porque además de la actuación, de la escenografía y del Teatro Colón, el arte y la música están bien cuidados.

En los últimos 25 minutos la tensión es abrumadora, se intercambian los roles y el espectador queda tieso, atrapado, conmovido. Y la última escena deja un cimbronazo de escalofrío.

“Yo tengo una responsabilidad moral, obviamente no voy a decir que es mejor la venganza, pero tampoco que es mejor el perdón”, recuerda Rubiano fuera del escenario. Y eso es lo que pasa aquí. Cada quien sabrá juzgar qué es perdonar. Porque eso no se enseña.


El elenco de la obra lo conforman (de izquierda a derecha) Fabio Rubiano, Ana María Cuellar, Jacques Toukhmanian, Marcela Valencia, Biassini Segura y Liliana Escobar.


Twitter: @miguelreyesg23
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