Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/08/08 00:00

Fahrenheit 9/11

Michael Moore presenta, justo a tiempo, su extraordinaria versión de los peores hechos de estos años. ****

Moore descubre que Bush, de visita en una escuela de Florida el 11 de septiembre, tardó siete minutos en reaccionar a los ataques. Entrevista a una orgullosa norteamericana, Lila Lipscomb (foto), antes de que uno de sus hijos entre a la desoladora guerra en Irak.

Año de producción: 2004.
Dirección: Michael Moore.
Apariciones de: George W. Bush, Michael Moore, Lila Lipscomb, Richard Clarke, Britney Spears.

La gente aplaude cuando termina esta penetrante reconstrucción de los hechos. Y eso solamente ocurre en el cine cuando al final queda la sensación de que la película ha hecho algo importante por nosotros:

Fahrenheit 9/11 pone en evidencia realidades tristes que sospechamos desde siempre pero pocas veces logramos articular -en este caso: que nuestra percepción de las batallas cambia por completo cuando una historia concreta nos obliga a involucrarnos, que las guerras no se construyen ni se terminan sino que se trasforman con el objeto de perpetuar sociedades jerarquizadas y que la pregunta que debemos hacernos, cuando nos enteramos de cualquier noticia política, es ¿quién está ganando dinero en todo esto?- y no pierde de vista, del todo, un objetivo que en menos de tres meses estará pasado de moda: evitar que el cuestionado George W. Bush se quede con la presidencia de Estados Unidos en las elecciones del próximo 2 de noviembre.

Obra del cineasta norteamericano Michael Moore, autor de documentales satíricos tan discutibles, tal iluminadores y tan bien hechos como Bowling for Columbine y Roger y yo, Fahrenheit 9/11 es el recuento indignado de un gobierno que parece un mal sueño: no nos deja olvidar la inverosimilitud de aquellas elecciones de 2000; revive los horrores del 11 de septiembre de 2001, con la sutileza de una obra de arte, mientras nos presenta a un presidente que se parece a su caricatura y sólo abre los ojos a la hora de los negocios; retiñe los vínculos petroleros entre los Bush y los Ben Laden antes de recordarnos el desconcierto que sentimos cuando vimos en directo la invasión a Afganistán, cuando nos enteramos del bombardeo a la Bagdad que llevó adentro buena parte de la historia del hombre, cuando tuvimos en las manos las imágenes de cuerpos mutilados, calcinados, torturados, en otro lugar de este mundo en el que estamos todos; deja en claro (y el propio Bush oyó esto por primera vez, en París, hace unos meses) que la democracia no es un método sino una cultura. Y las culturas son relatos intocables.

El título del documental, tomado de una novela de Ray Bradbury en la que se imagina un futuro en el que "gobernar es preservar la ceguera del pueblo", nos advierte que estamos frente a un alegato irónico por nuestro derecho a no vivir en la ignorancia. ¿Que sólo muestra una versión de los hechos? Sí, es cierto. Pero también lo es que hemos visto la otra, en todos los noticieros que nos llegan, todos los días de los últimos tres años. ¿Que es astuta, tendenciosa, propagandística? Sí, es verdad. Pero también lo es que desde noviembre, cuando los últimos votos sean contados, y sepamos el nombre del presidente de turno, se convertirá en la mejor prueba de una época en la que era necesario gritar para ser oído y los medios de comunicación eran la técnica que usaban los líderes para llenarnos de miedo.

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