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| 10/7/1996 12:00:00 AM

FANNY CALLAS

Fanny Mikey se le mide a uno de los mayores retos de su carrera al interpretar en las tablas el testamento artístico de la gran diva operática de todos los tiempos.

Este año parecía que todo se le había cumplido en la vida a Fanny Mikey. Nunca un Festival Iberoamericano había tenido tanto éxito como la pasada versión. Por otro lado, la Fundación del Teatro Nacional estaba más saludable que nunca. Además la celebración de los 50 años de su vida artística fue cantada en coro tanto por sus amigos de rumba, de vida y de arte, como por los periodistas de farándula, los editorialistas escépticos, los críticos sesudos, los políticos oportunistas o por varios festivales del mundo que la consagraron con premios en distintos idiomas. Sin embargo, algo le faltaba. Y era un papel que la devolviera al teatro. Porque una de las eternas nostalgias de Fanny es que en el país se le ha reconocido más por sus monumentales actividades de empresaria cultural que como la actriz que ella tiene dentro de sí. Y quería terminar este año, en el que le hicieron los homenajes que a los demás le rinden sólo cuando están muertos, regalándose una oportunidad, una inyección de adrenalina, es decir un reto dramático. Fanny lo encontró bajo el nombre de María Callas. Y sin duda, todo lo que tenga que ver con la diva por excelencia de la ópera es un asunto que ha de tratarse en palabras mayores. En uno de sus viajes a Nueva York de este año, la actriz descubrió una perla, redonda, dura, brillante. Se llama Master Class y es la última obra del célebre dramaturgo contemporáneo Terrence Mcnally, donde el fantasma de leona herida de la Callas se pasea por un escenario desgarrándose las entrañas para dejar su testamento artístico. Y cuando desde una butaca, como cualquier mortal espectadora Fanny escuchó a la actriz Patty Lupone repitiendo con mirada alucinada: "Esto es el teatro querida, aquí vemos el corazón y dejamos el alma en todo lo que hacemos", supo que allí en ese personaje y en ese texto estaba la gasolina que le faltaba para terminar en ascenso uno de los mejores años de su vida. Entonces empezó la carrera febril para comprar los derechos de autor y de la traducción de esta pieza desconcertante y precisa. Para elegir a un director como Ramiro Osorio. Para empezar a seguirle las huellas a una mujer que solo fue pasión, libertad y sobre todo un exceso de soledad cantada en tonos altos. La maquinaria de este montaje que en el mundo entero hace furor y detrás del cual hay actrices de la talla de la melancólica Jeanne Moreau, hoy definitivamente se echó a rodar por las tablas del Teatro Nacional. Desde hace dos meses actriz y director se encuentran desgranando punto por punto el magnífico texto de Master Class, lleno de ecos, referencias, claves, ritmo y silencios. Esta obra surgió de un documento vivo. Cuando la magnífica cantante había destrozado su voz siguiendo escalas imposibles y su vida tambaleaba sin amores ni amigos decidió dedicarse con su habitual entrega y disciplina a enseñar. Muchas de estas lecciones llenas de humanidad, sentido común y chispazos geniales quedaron consignadas en discos y libros en los que se inspiró el escritor para construir este moderno drama. Es que esa cátedra, como todo lo que hizo en su vida la Callas, se convirtió en un singular combate no sólo por dominar una técnica vocal sino por exorcizar los demonios que apagaban el fuego interior de sus alumnos. Así, entre las torpezas de musiquillos sin alma, María va dejando correr su vida y su arte, dos pulsiones que en ella nunca tuvieron fronteras.

De esta manera original y sin orden lógico, empiezan a aparecer las escenas claves de la vida de esta mujer que redescubrió el alma del bel canto cuando los otros cantantes se dedicaban a las florituras, que vivió donde ellos actuaban, que recorrió con mirada sabia y en carne viva los mitos de la brutal Medea, de Norma, de la romántica Violeta de La Traviatta. Su ascenso en la escena en la que pasó de ser una jovencita de 90 kilos con una voz interesante pero descontrolada a la encarnación de la mujer glamourosa, mágica, más bella que cualquiera, y dominadora de los secretos del ritmo, los gestos y los silencios, se van contando poco a poco en recuerdos que se retardan, se prenden y se apagan. La Scala de Milán, el descubrimiento de las posibilidades de su voz, de su estilo, de su cuerpo y sobre todo de su instinto, en una magnitud que no se veía desde las épocas de la tragedia, flotan en las conversaciones con sus alumnos.
El bagaje de la vida
Por las características de esta obra intimista toda su estructura necesariamente tiene que descansar en la fuerza interpretativa de la protagonista. Y Fanny cree que su vida le ha dado unos hombros lo suficientemente fuertes como para cargar con este peso que por un pase mágico puede transformarse en liviandad. Pues no sólo un entrenamiento académico puede garantizar esta alquimia de personajes. Es todo el bagaje de la vida lo que en este momento la actriz trata de poner en juego. Sin duda hay muchos vasos comunicantes, guardadas las proporciones, entre actriz y personaje. De alguna manera estas dos mujeres le han dedicado su vida al teatro, han sacrificado su esfera personal, han pagado con la soledad los aplausos, han visto su energía desbordada, desproporcionada para el mundo tranquilo de afuera, se han inventado un cuerpo, un estilo, un destino y han visto cómo se transforma el camino que pisan. Sin hacer apologías, la obra trata, según Ramiro Osorio de "desmitificar un personaje unidimensional ", para hablar de los miles de caminos que a veces tiene que seguir una mujer para encontrar su lugar en el mundo. A Fanny todavía no le ha llegado el tiempo de los testamentos. Pero sin duda es un buen momento para hacer un alto en el camino y desandar sus huellas de la mano de una diosa tutelar como la Callas que prefirió ladrar a cantar, amar con sangre, vivir con su corazón y destrozar las jaulas de cristal donde su voz interior pudiera opacarse. En octubre será el estreno de esta importante obra, donde la Callas dejará de ser recordada como la estilizada amante de Aristóteles Onassis, el hombre más rico del mundo, para mostrar su rostro valiente, sus indecisiones y su voluntad a toda prueba. Y Fanny Mikey volverá a recordar a los colombianos que más que una mujer con una computadora en la cabeza para hacer realidad sueños imposibles, es una actriz que quiere hacer las cosas bien
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