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| 12/13/2008 12:00:00 AM

A Fanny lo que es de Fanny

Este año el público presenció la partida de Fanny Mikey, la mujer que cambió para siempre la manera de ver, sentir y vivir el teatro en Colombia.

Lo inevitable, lo que nadie quería aceptar que algún día sucedería, sucedió. Y el país, y un poco el mundo también, tuvo que hacerse a la idea de que la vida, como la función, debe continuar. El teatro colombiano en general, y el Festival Iberoamericano de Teatro en lo particular, es el gran legado que dejó para Colombia la emprendedora y visionaria artista y empresaria Fanny Mikey. Por eso, continuar con su labor de promover las artes escénicas es el mejor homenaje que se le puede rendir.

A lo largo de su incansable vida, Fanny Mikey fue actriz y directora de innumerables obras de teatro; creadora de La Gata Caliente y promotora del café concierto en Colombia; gestora de la Fundación Teatro Nacional, que cuenta con tres salas; jurado en festivales internacionales de teatro; actriz de cine y televisión; productora de películas, y, sin lugar a dudas, creadora y organizadora del evento cultural más importante de los últimos 20 años en Colombia. Ícono de las artes escénicas, recibió múltiples premios y condecoraciones. Desde la Orden del Congreso de la República de Colombia en el Grado de Cruz de Caballero y la Condecoración presidencial Andrés Bello en Venezuela, hasta el Reconocimiento Alicia Moreau de Justo por "una actitud ante la vida", en Buenos Aires, o el Premio Max Hispanoamericano de las Artes Escénicas, otorgado por la Sociedad General de Autores y Editores de España, entre muchos otros.

Pero con seguridad su mayor reconocimiento estuvo en los aplausos y las sonrisas que despertó a lo largo de su vida artística. Y especialmente, en el lugar que se ganó en los corazones de los colombianos.

A sus 78 años, 60 de ellos dedicados al arte, Fanny Mikey, debido a una complicación renal, tuvo que suspender las presentaciones de la obra Perfume de arrabal y tango, con la cual se encontraba de gira en Cali. Paradójicamente, la ciudad donde había llegado de su natal Argentina en 1959 para unirse al Teatro Experimental de Cali junto a Enrique Buenaventura y al actor Pedro Martínez. El culpable, si es que se le puede decir así a quien, con amor, logró que Fanny llegara a Colombia para convertirse en una de las más grandes y queridas promotoras de la cultura de todos los tiempos.

Murió en la sucursal del cielo, lo cual, sumado a su devoción por María Auxiliadora, le garantiza acceso directo a un mundo mejor. Tal vez el mundo que siempre soñó para todos los colombianos por quienes siempre, y de manera abnegada, entregó su tiempo, su salud, su vida. Soñaba con morir sobre el escenario del Teatro Nacional de La Castellana, según su propio obituario publicado en SoHo. No lo logró. Pero fue velada en el Teatro Municipal de Cali con los alabaos y salves de los grupos de cantaoras Aurora al Amanecer y Asoculcar, y luego en el Teatro Nacional con salsa, como ella quería.

Estuvo en cámara ardiente en el Capitolio Nacional. Y en la Plaza de Bolívar, la misma donde terminaron tantos festivales de manera apoteósica, donde la Orquesta Filarmónica de Bogotá interpretó tangos de Piazzola. Como fue también su deseo, su cortejo fúnebre se transformó en carnaval. El público agradecido la acompañó recorriendo las mismas calles donde ella montó festivales de teatro callejero. Donde cada dos años desfilaron las más de 520 compañías de 51 países que también lloraron su partida.

Gracias a su carisma, su alegría, su derroche de vida y su labor de haberle mostrado el mundo a Colombia, la muerte no le ganó a Fanny. Lograron quedar en tablas.
 
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