Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/06/19 00:00

Felicidad

El crudo retrato de una ausente, o el álbum de las banalidades.

Felicidad

No es fácil hablar de felicidad, aunque se sepa que “no está en el dinero”, mientras muchos cantan “quiero comprarle a la vida cinco centavitos...”. Todd Solondz, el director de Bienvenida a la casa de las muñecas, se atrevió a hacerlo.

Para hablar de una palabra tan fundamental (y trillada) como la que titula su segundo largometraje, Felicidad, Solondz abarca la soledad total y la mala compañía; altruismo y egoísmo; la inocencia infantil y la perversión adulta (o adúltera), y la baja autoestima y el sinsabor del éxito. Aquí, donde todos son personajes centrales, parece evocarse a Noel Clarasó: “La felicidad es como las corbatas, cada uno escoge el color de la suya”.

Así aparecen, sobre el agudo humor negro de Todd, las hijas del agrietado matrimonio de los Jordan (Ben Gazzara y Louise Lasser). Joy (Jane Adams) acaricia la felicidad en la melancolía de su guitarra. Trish (Cynthya Stevenson) está ‘felizmente casada’ y no muestra su tristeza. Helen (Lara Flynn Boyle) es la ‘realizada’ mujer moderna en busca de pasión para escribir.

Pero Solondz escarba en el bajo mundo y en las bajas pasiones para estampillar, como un huevo crudo en la pantalla, la inocua y cotidiana búsqueda de la felicidad. Así, las tres disímiles hermanas interactúan con otros personajes como el tímido pervertido (Phillip Seymour Hoffman); la aparentemente indefensa vecina; el padre y sicólogo pedófilo (Dylan Baker); el hijo preadolescente que ansía ‘venirse’ para sentirse realizado, y el hermanito menor con todo su amor puesto en un tamagotchi, entre otros patéticos cazadores de la felicidad perdida, surgen de los suburbios de Nueva Jersey, donde se crió Todd, más espiados que filmados por una incisiva cámara que incita a la risa, al nudo en la garganta o al escándalo.

Para Epicteto, “la felicidad consiste en ser libre, es decir, en no desear nada”, pero algunas de estas personas estarán tan ocupadas en sus deseos y frustraciones que a pesar de tenerla a su lado o llevarla puesta se mantendrán fieles a la consigna de George Eliot: “Hay muchos que adquieren la mala costumbre de ser infelices”.

Mientras Ruth Benedict decía que el problema no es que los seres humanos nunca sean felices sino que la felicidad sea tan episódica, Ingrid Bergman afirmaba que “para ser dichosa basta tener buena salud y mala memoria”.

Todd Solonz parece haber reunido estos ingredientes en una cinta modesta e intimista, lenta pero entretenida, y engancha al espectador en una tragicomedia salpicada de escenas repulsivas, sugestivas o sorprendentes, con la complicidad de un reparto que sabe lo que quiere el director, así como el equipo realizador. Aclamada y controvertida, por su factura y sus logros puede calificarse de excelente.

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