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| 3/11/2017 11:00:00 PM

La realidad también seduce

Una de las conclusiones del pasado Festival de Cine de Cartagena es que tanto público como realizadores le están perdiendo el miedo a los documentales.

No figuraron muchos documentales cuando SEMANA, hace un par de años, les preguntó a 65 críticos colombianos por las mejores películas nacionales de la historia. Los pocos que aparecieron resultaron categóricos: las obras de Marta Rodríguez y Jorge Silva, Chircales (1972) y Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1982), y varias de Luis Ospina, como Un tigre de papel (2007) y Nuestra película (1993). No había mucho de dónde escoger, y los espectadores dijeron que los sentían lejanos, aburridos, muy políticos, militantes y hasta demasiado académicos.

Como dice Nicolás Rincón, que el próximo 30 de marzo estrena su documental Noche herida, esas razones espantaban al público: “Se hacían para difundir tratados de salud o de antropología, y el cine no es un espacio para eso”.

Pero el panorama parece estar cambiando. El Festival de Cine de Cartagena (Ficci) que terminó el lunes certificó que el público buscó los documentales, habló de ellos y, para que no quedaran dudas, eligió a uno, Amazona, como la mejor producción colombiana del certamen.

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Este es un relato íntimo, muy personal, de una hija (la directora de la película) que busca a su madre en la selva para preguntarle por qué la abandonó. La historia personal de Clare Weiskopf -quien lidera esta producción en compañía de su esposo, Nicolás van Hemelryck- está en la misma línea de Yo, Lucas, un trabajo autobiográfico de Lucas Maldonado.

Muy opuesto a los anteriores es El silencio de los fusiles, de Natalia Orozco, una obra muy periodística sobre los altibajos de los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla de las Farc en La Habana. También estuvo en competencia otro documental, Señorita María, de Rubén Mendoza, sobre una campesina trans que impacta por su coraje y por el drama que ha vivido en Boavita, municipio del norte de Boyacá. A la par, en la muestra hubo cortometrajes y mediometrajes que, en la mayoría de los casos, tuvieron a las víctimas del conflicto como tema.

El balance final mostró diversidad de temas, nuevos creadores e interés por historias que ocurren más allá de las ciudades. Pedro Adrián Zuluaga, director de programación del Ficci, cree que el público tiene un deseo por lo real: “Hay urgencia por narrativas que nos devuelvan esa realidad que los medios y los políticos han oscurecido. Hay un reclamo por reconocer un país más diverso y complejo”.

Y si el público quiere esto, los realizadores también. El documental les permite asumir una problemática, por más trillada que esté, desde su mirada particular y siempre con algo nuevo. Así lo demostró el año pasado Jorge Caballero con su película Paciente, un examen a los barullos del sistema de salud en Colombia por medio de la tragedia de dos mujeres, una enferma de cáncer y su mamá, quien vela por ella.

Como dice su autor: “Vimos la relación de los cuidadores con los enfermos, el lenguaje de los médicos, las burocracias internas. Pusimos el foco en los detalles que pasan desapercibidos, pero que siempre son los más importantes”.

Documentales sobre el campo colombiano tal vez haya muchos, pero Rubén Mendoza lo hace muy a su manera en Señorita María donde, según él, refleja lo salvaje del supuesto campo idílico, la sordidez de ciertos vínculos y la tradición del abuso sexual (como en cualquier ciudad).


En medio de aplausos, ‘El silencio de los fusiles’ abrió el Ficci este año. Una producción sobre los diálogos de La Habana entre el gobierno y las Farc.

En video: “Sí, me veo muy bonita en la película”

Sin embargo, cuando se les pregunta a Clare Weiskopf y Nicolás van Hemelryck por qué se inclinaron por hacer un documental tan personal como Amazona responden que el tema no es importante, pero sí la forma como se aborda, explora y hace.

Ellos, como tantos otros realizadores, pertenecen a una generación a la que le correspondió otra realidad del cine nacional, la época en la que gracias a los incentivos estatales aumentó la producción de películas, de ficción y no ficción, y en la que la tecnología ha sido determinante, no solo por el acceso y la calidad de los equipos, sino porque abarata los costos de una producción.

Nicolás Rincón recuerda que hizo Noche herida solo con un ingeniero de sonido y un asistente de dirección, por un total de 50.000 euros, unos 158 millones de pesos, mientras que un argumental podría costar por lo bajo cuatro veces más. “Si uno quisiera ser muy extremo, dice, no se necesitaría plata para hacer un documental. Sería suficiente una cámara y un buen equipo de sonido”.

Los tiempos definitivamente han cambiado. Hoy más que nunca los realizadores colombianos se mueven entre el cine argumental y el real con el mismo rigor y calidad. Y piden que no los clasifiquen: “El cine es uno solo”, “todos somos cineastas”. Una de las claves es saber cuándo tomar uno u otro camino. SEMANA le preguntó a Mendoza si se le pasó por la cabeza recrear argumentalmente la historia de Señorita María y respondió: “Sería una tontería. Sería inverosímil. Teniendo la belleza pura, de frente, cruel y cruda, para qué jugar a fingirla”.

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Así como unos van y vienen entre estos dos formatos, otros prefieren quedarse en uno solo lado, el del documental. Dicen que este permite miradas muy personales y piensan que el espectador puede apreciar más lo real que lo actuado. A veces la mala ficción aburre por ser previsible y el público sabe cómo va a terminar todo; en un documental es inesperado y además, como dice Nicolás van Hemelryck, es imposible que una producción se parezca a otra.

Otra teoría para explicar la actual acogida del documental es que este estaría ocupando espacios periodísticos con buenas investigaciones y buenos reportajes. Para la periodista Natalia Orozco, directora de El silencio de los fusiles, “el reportaje busca responder preguntas para entregar una información; el documental busca abrirlas para plantear una reflexión”.

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