Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/04/25 00:00

Fiebre en las gradas

Un reportaje convertido en película de Hollywood cuenta cómo Nelson Mandela usó el deporte para evitar una guerra. Santiago Torrado, de SEMANA, habló con John Carlin, autor del libro.

El líder y ex presidente sudáfricano Nelson Mandela, y el capitán de la selección de rugby de su país, François Pienar, en una de las imágenes que le demostraron al mundo la esperanza de reconociliación tras décadas de ‘apartheid’, cuando Suráfrica ganó el Mundial de rugby en 1995

Las dos coronaciones de Nelson Mandela tuvieron lugar en estadios. En la primera, en 1990, más de 120.000 sudafricanos eufóricos abarrotaron el estadio de fútbol de Soweto, el día siguiente al de su liberación después de 27 años en la cárcel, para darle la bienvenida. Ese día se convirtió en el rey de la oprimida mayoría negra, y aprovechó el discurso para llamar a los suyos a desarmar los temores de los blancos y convencerlos de que "una Sudáfrica sin 'apartheid' será un hogar mejor para todos".

La segunda, en 1995, un año después de haber ganado en las primeras elecciones libres de su país, ocurrió en el estadio Ellis Park de Johannesburgo durante la final del mundial de rugby, donde 62.000 personas gritaban "Nel-son, Nel-son". Lo sorprendente es que en esa ocasión, como cuenta John Carlin en El Factor Humano, un libro que llega esta semana a las librerías colombianas, los que coreaban su nombre en las gradas eran parte de la minoría blanca que había perdido sus privilegios con el ascenso de Mandela, el hombre al que la propaganda oficial había pintado por años como el más peligroso de los terroristas.

Los 'Springboks', como apodan al equipo de rugby surafricano, se enfrentaban a los All Blacks, la mítica selección de Nueva Zelanda considerada, de lejos, como el mejor equipo del mundo. A la hazaña política le siguió la deportiva. Sean Fitzpatrick, el capitán neocelandés, reconoció mucho tiempo después el efecto intimidatorio de aquella atmósfera: "Les oímos corear su nombre y pensamos: ¿cómo vamos a derrotar a estos cabrones?". Los surafricanos ganaron el partido en el último minuto y Mandela, enfundado en la camiseta verde de los Springboks, entregó el trofeo al capitán, François Pienar, un musculoso afrikaner (la minoría blanca de origen holandés) de 1,92 de estatura y 120 kilos. Esa imagen, que ilustra la portada del libro, es una inmejorable postal de la reconciliación surafricana.

Acoger ese mundial tuvo una enorme carga emocional para la naciente y frágil democracia sudafricana. Las heridas de la división del apartheid estaban muy frescas y el rugby era mucho más que un deporte. Era la religión laica de los afrikaners. Pero a los negros, que habían hecho todo tipo de esfuerzos para lograr un boicot internacional a la selección surafricana en los años del apartheid, les recordaba la dominación de aquel experimento racista. "El simbolismo era alucinante. Durante décadas, Mandela había representado todo lo que más temían los blancos; durante más años todavía, la camiseta Springbook había sido el símbolo de todo lo que odiaban los negros -se lee en El Factor Humano-. Ahora, de pronto, ante los ojos de toda Sudáfrica y gran parte del mundo, los dos símbolos negativos se habían fundido para crear uno nuevo que era positivo".

Carlin, hoy convertido en reportero trotamundos del diario El País de España, tuvo la suerte de ser el corresponsal en Sudáfrica del diario inglés The Independent entre 1989 y 1995, los años clave en la transición surafricana. Según explicó en entrevista con SEMANA, desde esos tiempos tenía la vaga idea de escribir un libro sobre aquel episodio histórico, pero sólo años después tuvo la idea de que el clímax del drama fuera la final de rugby. Entrevistó a Mandela antes de que envejeciera demasiado y guardó ese casete durante otros tantos años. En 2006 retomó el proyecto y la historia, escrita originalmente en inglés, salió al mercado a finales del año pasado. El libro ha sido recibido con entusiasmo por la crítica y pronto se convertirá en película de Hollywood. Clint Eastwood ya dirige el rodaje en Ciudad del Cabo. Morgan Freeman, que no sólo parece genéticamente diseñado para el papel, sino que es un estudioso del fenómeno Mandela, interpreta al líder surafricano.

Pero esta historia, a pesar de su hollywoodesco final feliz, bien podría haber terminado mal. Sin el talento de Mandela, los sueños de democracia se pudieron haber ahogado en sangre. El milagro sudafricano no estaba completo con las primeras elecciones libres. "Todavía existía el enorme reto de estabilizar el país de una vez por todas y convencer a los blancos de que él era su presidente también, de que esta era su nación -explica Carlin-. Por primera vez, blancos y negros tuvieron una causa común. El genio de Mandela fue entender esa tremenda energía emocional, colectiva, que genera el deporte y tener la astucia de saber canalizarlo para sus fines políticos. Fue la apoteosis de todo el proyecto de vida político de Mandela. No sólo unificó al país. Evitó una guerra".

El libro cuenta mucho más que aquella final, pues abarca los 10 años que transcurrieron entre el primer contacto de Mandela con un representante del gobierno blanco y aquel día en que todas las piezas encajaron en su sitio. En realidad, trata de cómo Mandela derrotó al enemigo al echárselo al bolsillo. En lugar de hacer una revolución sangrienta para dejar al establishment blanco destruido y humillado, los convirtió en aliados de su causa. En prisión, Mandela aprendió el lenguaje de sus opresores y estudió su historia y su cultura, incluido el rugby que tanto los apasionaba. Después, al momento de las negociaciones, usó esas armas. Uno por uno, los blancos que fue conociendo sucumbían a sus encantos. No era algo ingenuo. Mandela tenía el propósito deliberado de lograr sus objetivos políticos a través de conquistar los corazones de sus enemigos. Primero fueron sus carceleros. Luego, el ministro de Justicia. Después, el jefe de la inteligencia sudafricana, Niël Barnard. Este ansiaba tanto que Mandela causara una buena impresión en su primer encuentro con el entonces presidente, P.W.Botha, que llegó al punto de amarrarle el cordón del zapato antes de la trascendental reunión. Ya libre, poco a poco también conquistó a la prensa blanca y, quizá su reto más complicado, al ex jefe de las Fuerzas Armadas Constand Viljoen, un general retirado que estaba a punto de organizar un ejército guerrillero para hacer la contrarrevolución. El sucesor de Botha, F.W. de Klerk, llegó a decir sobre Mandela, en la última rueda de prensa antes de las elecciones en las que él también competía: "es un hombre predestinado".

Mandela apostó por organizar el Mundial de rugby para convertirlo en un vehículo de reconciliación, y Carlin recoge con destreza narrativa los episodios que dejó el camino a ese desenlace. Por ejemplo, cuando el puñado de atletas blancos de talla monumental que era la selección de rugby se esforzaba en aprender la letra de Nkosi Sikelele, una canción en lengua xhosa difícil de pronunciar que se convirtió en uno de los dos himnos de Sudáfrica junto al Die Stem afrikaner. La final de Ellis Park fue el sello. Mandela había terminado por ganarse la simpatía de todo el país.

Han pasado casi 15 años y Sudáfrica se prepara para acoger de nuevo un gran evento deportivo, el primer Mundial de Fútbol en el continente africano. Tanto el estadio de Soweto como Ellis Park, los lugares donde negros y blancos coronaron a Mandela, serán sedes de Sudáfrica 2010. Pero es un momento muy distinto. El país ha perdido la heroica singularidad de aquellos tiempos y los partidos políticos, incluido el Congreso Nacional Africano de Mandela, son más mezquinos. Las pugnas internas por el poder, los escándalos de corrupción y la delincuencia protagonizan las noticias. Sin embargo, independientemente de lo que ocurra con Sudáfrica, asegura Carlin, "las lecciones que da Mandela sobre cómo desarmar al enemigo, esa combinación de generosidad y pragmatismo, de idealismo y astucia política, tienen un valor ejemplar para la humanidad en todos los sitios, en todos los tiempos. Siempre. La historia de Mandela tiene valor universal". Los políticos deberían tomar nota. n

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