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| 9/12/1994 12:00:00 AM

¡FIGARO, FIGARO, FIGARO!

Con el estreno del Barbero de Sevilla, segundo título de la temporada, Colombia finalmente entra a la corriente internacional de las ediciones críticas.

EL CASO DEL 'BARBIERE DI SEVIGLIA', la obra maestra de Rossini, segundo título de la Temporada de Opera del Camarín del Carmen, es una paradoja. Su estreno en Roma en 1816 fué un fracaso: las óperas sobre la obra de Beaumarchais estaban de moda y la de Rossini no fue bien recibida. Sin embargo, se impuso rápidamente hasta convertirse en el primer título en la historia que jamás ha salido del repertorio.
Esto generó una contradicción: la popularidad suscitó un clima de permisividad que hizo escuela y a la vuelta de un par de décadas lo que el público aplaudía nada tenía que ver con el original. Hasta que la Fundación Rossini de Pessaro, tomó cartas en el asunto. El italiano Alberto Zedda se encargó de hacer la edición crítica en 1970, basada en el manuscrito de la biblioteca musical de Bologna. Claro, la edición crítica es una base sobre la cual se deben lucir las condiciones belcantísticas de los solistas, es decir, que cada uno de ellos, dentro de los límites del estilo, tiene la posibilidad de añadir pasajes vocales de su propia cosecha, o de quien dirige musicalmente la representación. Esto es exactamente lo que ocurrirá en el Colón la noche del jueves 18. La Nueva Opera invitó al estadounidense Will Crutchfield, un investigador rossiniano, especialista en 'ornamentación' vocal. Este estudió cuidadosamente el elenco y se dió a la tarea de ajustar, dentro de la más respetuosa tradición, ornamentaciones acorde con cada uno de ellos.
No es exagerado decir que Bogotá, como los más exclusivos teatros del mundo, escuchará una especie de ópera 'sobre medidas'. Así, para Juan Carlos Mera, el barítono que hará el Fígaro, voz de corte verdiano, la ornamentación será muy sobria. La Rossina, a cargo de la soprano española Teresa Verdera, está muy inspirada en la histórica versión que a principios de siglo cantaba la legendaria Totti dal Monte, en tanto que para Juan José Lopera, Conde de Almaviva, voz de auténtico tenor lírico-ligero, seleccionó brillantes cadenzas y exigentes incursiones en el registro sobreagudo.
No termina aquí el rigor de la producción. El director escénico Anthony Pilavacchi, luego del suceso de Traviata, aceptó dirigir Barbiere. No en la tradición ya muy agotada de la Comedia dell 'arte, sino en la más literalista e histórica de la Comedia napolitana, que se cuida más de la comicidad de la situación que del efecto preestablecido. Su concepto parte de la teoría de que Barbiere, más que una ópera cómica -que lo es- es un canto a la libertad.
Quizá el momento más provocador y original de su propuesta teatral sea la utilización de la tormenta del acto II para que Rossina, en una escena de línea freudiana, aparezca niña, en sueños, como víctima de las agresiones de los mayores: Bartolo, Berta y Basilio.
Para Pilavacchi la figura centralísima de la producción será Fígaro "alón y al cabo es el puente entre el interior y el exterior, entre la cárcel y la libertad". Como se ve, no será 'un Barbiere más', hay la intención de trascender en términos del purismo tan en boga hoy en día en los grandes teatros del mundo; en tanto que en lo teatral se busca romper estereotipos que por siglos han sido la tónica que ha hecho tradición. -
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