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| 9/24/2001 12:00:00 AM

Final fantasy

Un alegato por la vida plagado de gráficas atractivas, filosofías baratas y actores artificiales.

Directores:
Hironobu Sakaguchi, Motonori Sakakibara
Voces de:
Ming-Na, Alec Baldwin, James Woods, Donald Sutherland, Steve Buscemi, Ving Rhames

Es para morirse de la risa y no tiene sentido del humor. Sólo hay dos o tres chistes, pero en el teatro, durante la última media hora, el público no para de reír. Las frases son vergonzosas, la historia conmueve por lo torpe y el mensaje, que es una mezcla de ecologismo y religiosidad de la nueva era, resulta cínico y paradójico. Es, simplemente, mala, muy mala. Ed Wood estaría orgulloso de ella.

Si no fuera el primer largometraje animado que trata de generar seres humanos por computador, si sus imágenes no fueran tan atractivas como las de los juegos de PlayStation en los que se origina, si su campaña publicitaria no nos chantajeara con que tardaron casi cuatro años en producirla y con que ha sido filmada para la sensibilidad de los espectadores de hoy y la ansiedad de los fanáticos de los juegos de rol, diríamos que estamos frente a una especie de caso siquiátrico. Porque, claro, si queremos que una película parezca real, ¿por qué no filmar la realidad?, ¿no se trata de reducir la burocracia?

Final Fantasy ha sido realizada por Square Pictures, el mismo equipo que, desde 1987 hasta hoy, ha construido la famosísima serie de videojuegos del mismo título. Narra la historia de Aki Ross, una científica llena de fe y de compasión que, en una época en la que los espectros de un planeta destruido se han tomado la tierra y la vida comienza a agotarse por culpa de la soberbia humana, aún cree en Gea, el espíritu del mundo, y está dispuesta a sacrificarlo todo para conseguir que la naturaleza vuelva a respirar. Para ello cuenta con la sabiduría del doctor Sid, su mentor, un visionario sólo comparable con Galileo Galilei, y con la fuerza y la lealtad del capitán Gray Edwards, su amigo. No, no es poco.

He aquí, ahora, la paradoja: la película completamente creada por computador, la primera aventura filmada que intenta sustituir a los actores por seres programados —que para decir verdad tienen el desparpajo de Willington Ortiz en De pies a cabeza— es, al tiempo, un furibundo alegato a favor de la vida. Sus actores sin alma fruncen el ceño y dicen, sin pudores, que lo más importante es el espíritu. Y sí, si no se trata de una ironía es, sin duda, un ejemplar caso de cinismo.

Así lo justifiquen todo anunciando que hemos llegado al futuro del cine y desde ahora habrá hologramas con ánima, aun cuando eleven un discurso sobre la sensibilidad del nuevo espectador y concluyan que entre gustos no hay disgustos y que hay que respetar incluso a quienes disfrutan de las tragedias de Charles Bronson, al final, cuando el sargento Ryan Whittaker les pide a sus compañeros que se vayan, que no den la vida por él y más bien se salven como puedan, uno se rinde y se muere de la risa.

Porque, por Dios, ese tipo es de mentiras, no va a morirse, no tiene luz en los ojos. No, él no. El se prende y se apaga. Como los malos actores.
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