Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1984/08/06 00:00

FOUCAULT O LA ETICA DE LA EXISTENCIA

Muere en París el mayor crítico moderno de la sociedad autoritaria.

FOUCAULT O LA ETICA DE LA EXISTENCIA

"El trabajo del intelectual no es modelar la voluntad política de los otros. Por los análisis que hace en los campos que son los suyos, su trabajo es interrogar de nuevo las evidencias y los postulados, sacudir las costumbres, las maneras de hacer y de pensar, disipar las familiaridades admitidas, retomar la medida de las reglas y de las instituciones y, a partir de ese replanteamiento, participar en la formación de una voluntad política en donde tiene que jugar su papel de ciudadano".Esta declaración define bien a su autor, el pensador francés Michel Foucault, fallecido el 25 de junio en París.
Desde hacía varios años, el filósofo sufría de tumores cancerosos que habían terminado afectando su cerebro. Sin embargo, tras su deceso, un rumor circuló en la capital francesa: Michel Foucault fue víctima de un síndrome inmunológico (Sida), enfermedad que ha atacado a los homosexuales en particular. Foucault lo era, pero ninguno de los datos suministrados por los médicos permite sustentar ese rumor.
Fuchs (zorro) como lo llamaban sus amigos había nacido el 15 de octubre de 1926 en la ciudad de Poitiers. En 1945, después de la liberación, este hijo de una familia de la burguesía católica decidió entrar a la Escuela Normal Superior, en donde militó durante un corto lapso con el Partido Comunista Francés (PCF). Después siguió cursos de psicología en la Sorbona. Sus amigos lo describen como un alumno discreto y estudioso, capaz de leer y traducir los textos de Platón o de Hegel. Licenciado en psicología y en filosofía, Michel Foucault se dedicó a la enseñanza pero no abandonó la investigación. En Varsovia, aprovechando el tiempo libre que le dejaba su cargo de director del Instituto Francés, preparó el libro que lo daría a conocer: "La historia de la locura". En él, Foucault no explicó las teorías mentales o los métodos de tratamiento empleados en los siglos pasados, sino la práctica misma del encierro. Mostró cómo los hombres "normales" de la era de Descartes, expresaron el miedo frente a otro lenguaje, a otro tipo de comportamiento decretando lo que es "normal" y "patológico". Según el filósofo André Glucksmann, ese libro "que analiza las estrategias del encierro de los siglos pasados, nos hizo comprender el nuestro. Abrió la primera brecha teórica fuera de las movilizaciones de la guerra fría. Asimilándolo nos volvimos definitivamente incapaces de justificar los campos de concentración de unos por los campos de concentración de los otros o de escoger entre el método de Pinochet y el de Chernenko".
"La historia de la locura" jugó, igualmente, un gran papel en el movimiento "anti-psiquiátrico" animado en los años setenta en Francia, Estados Unidos, Italia e Inglaterra por los doctores Laing, Cooper, Basaglia y Esterton. Esta obra, así como "El nacimiento de la clínica" (1936), y "Las palabras y las cosas" (1966), situaron definitivamente a Foucault como el pensador de la transgresión y del estudio de los límites (entre la razón y la locura, el error y la verdad). En "Vigilar y castigar", publicada en 1975 el filósofo francés analiza el poder pero no concebido como una institución o instrumento alrededor del cual se oponen dos clases, sino como un conjunto de mecanismos y procedimientos complejos destinados a dirigir y a controlar la conducta de los individuos. El prototipo de esa sociedad disciplinaria es la prisión. Foucault descarta la idea de un poder centralizado para estudiar ese dispositivo fraccionado que ejerce su acción, a todo nivel y de mil maneras, sobre el conjunto de la sociedad y de lo que ella produce.
Abandonando lo que "no somos" (locos, enfermos, prisioneros), Michel Foucault inició en 1976, con la "voluntad de saber", la historia de la sexualidad, cuyos tomos 2 y 3: "El uso de los placeres" y "La preocupación por sí mismos" fueron publicados a mediados de junio. En ellos, Foucault no describe la historia de las concepciones sucesivas del deseo, de la concupiscencia o de la libido sino que analiza, según sus propias palabras, "las prácticas por las cuales los individuos fueron llevados a poner cuidado en ellos mismos, a descifrarse, a reconocerse, a confesarse como sujetos de deseo". Esta genealogía de la manera como el hombre occidental se convirtió en sujeto de deseo lo llevó a reconstruir la genealogía de la subjetividad moral y a mostrar que las nociones de sexualidad y de deseo son culturales: es decir, provisorias.
"Quisiera mostrar, escribió Foucault, cómo en la antiguedad la actividad de los placeres sexuales fueron problematizados a través de prácticas de sí, haciendo jugar los criterios de una estética de la existencia". Para ello, el filósofo muestra que los griegos no consideraban que el sexo fuera un problema importante y cómo la ética se preocupaba más por la conducta moral del hombre y su relación consigo mismo y con los demás. El amor hace parte de esa conducta moral del hombre y su relación consigo mismo y con los demás. El amor hace parte de esa conducta, afirma el pensador galo. Pero el hombre libre le concedía más importancia a la alimentación, a la medicina, al gobierno de su casa y a los asuntos públicos. Conclusión: la moral sexual se estableció en la antiguedad a partir de una búsqueda continua de autonomía individual.
Foucault opone esta moral a la del cristianismo, basada en reglas exteriores, trascendentes, válida para todos e impuestas. ¿Michel Foucault lanzaba así en Europa las bases de una moral propia a esta época huérfana de religiones e ideologías? En la historia de la sexualidad -que debía tratar en seis volúmenes- el filósofo invita al hombre a construir -como los griegos- una ética que sea una estética de la existencia, es decir, a hacer de su vida una obra de arte, con sus valores estéticos.
Frente a su siglo, Michel Foucault encarnó el estilo del nuevo intelectual que no tiene necesidad de una ideología o de un sistema para justificar sus actos o sus tomas de posición. Las generalizaciones o las abstracciones no lo atraían, cuentan sus amigos, pero se movilizó -al lado de Sartre- contra las injusticias, el racismo, la situación de los prisioneros en las cárceles o las víctimas del totalitarismo en España (bajo Franco), Chile o Polonia. Ferviente partidario de conservar por encima de todo la "voluntad de verdad", Michel Foucault nunca hizo diferencias entre la historia y lo cotidiano ni entre el acto de pensar y el acto de luchar.

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