Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/04/28 00:00

Fragmento del cuento Rompecabezas del libro Ardores y furores

Fragmento del cuento Rompecabezas del libro Ardores y furores

ANDREA ECHEVERRI

No entiendo nada. Me acabo de despertar, sin más, de un sueño que no recuerdo. Y no es sólo que no tenga presente ninguna imagen onírica, sino que no logro hacer memoria de cuándo y dónde me dormí, y ahora me levanto en una situación demencial. Todo está oscuro, negrísimo y silencioso. Bueno, no hay silencio real, a lo lejos oigo ruidos incomprensibles pero constantes. Además, estoy desnudo, pero aun así no siento frío. Mis ojos no se acostumbran a la ausencia de luz, así que es imposible entender el espacio. Voy dando pasos con cuidado de no caerme, mas no encuentro ningún límite, pared, mueble u objeto que me detenga. Tampoco hay un olor reconocible aqu1. En suma, no hay estímulo sensorial alguno. Qué cosa tan absurda. Me invade el temor de lo desconocido, por supuesto, y el desconcierto con respecto a las circunstancias, y sin embargo, para mi asombro, no me siento atacado, vulnerado.

Esta paradójica sensación no cambia ni siquiera cuando descubro la cercanía de otro cuerpo. Me tropiezo con él en mi andar a tientas, pero se queda inmóvil, no hay reacción física ni verbal. Así que me agacho para palparlo, y descubro que se trata de una mujer, también desnuda, y parece que aún duerme. Este encuentro me inquieta en otro sentido: me pregunto cuánta gente habrá, por qué estamos acá y qué tenemos en común. Sigo en cuclillas, y empiezo a recorrer el cuerpo femenino en busca de alguna señal, a ver si me es posible identificarlo, saber de quién se trata.

El ruido de fondo no me deja escuchar su respiración, pero s1ento como se mueve su pecho al exhalar. Su pelo largo está euredado y desmadejado en el suelo. Sus facciones no me dicen gran cosa. La frente es algo estrecha; su nariz es recta y poco prominente; sus labios entreabiertos, ligeramente carnosos, y un hilo de saliva se desliza por una comisura. El cuello parece largo, pero quizá es la posición en que se encuentra, pues lo arquea bastante hacia un lado. Tiene brazos gruesos pero débiles en su descanso, y sus manos son anchas, de uñas más bien cortas. Sus pechos son pequeños, desgonzados por el sueño pero firmes. Aparenta ser un cuerpo bien formado, quizá con algo de grasa de más en la cadera y unas piernas grandes. No puedo palpar su espalda ni sus nalgas, pues sería demasiado arriesgado darle vuelta; por otro lado, la noto bastante plácida durmiendo bocarriba.

Siento el tacto de su piel muy cálido, agradable. Su sueño, tan profundo, parece no permitirle notar mis manos tanteándola, así que continúo más allá de la curiosidad. Mis palmas se abren para abarcarla y se deslizan despacio por toda su superficie. Evito su rostro-una reacción súbita podría ser inconveniente-, prefiero internarme en el envés de su cuello para enseguida perderme entre sus cabellos despeinados, que me invitan a jugar en ondulaciones posibles. Me demoro cuanto puedo, hundo mi rostro en ellos para desentrañar su olor, que me resulta fresco, pero su cuerpo se hace imán y mis dedos descienden otra vez hacia sus hombros.

Por supuesto, el toqueteo de descubrimiento ha obrado en mí. Mis manos se hacen representantes de todo mi deseo. Aprieto sus pezones con la punta del pulgar y el índice, mientras trato de abarcar toda la circularidad del seno con la palma y el resto de los dedos. La mujer se retuerce sutilmente, un movimiento apenas perceptible, pero temo que se despierte, así que aflojo mi gesto y continúo el recorrido. Tiene las costillas ligeramente marcadas, así que sigo su curso, que me lleva a la cintura. Entonces busco su vientre, ligeramente abultado bajo un ombligo diminuto y apenas marcado. Cuando palpo los primeros vellos púbicos me detengo de repente. La sangre se me agolpa y tiemblo en mi anhelo. Dudo entre saltar el tesoro y descubrir los poros de sus piernas hasta encontrar los pies que no sentí, o repetir los pasos que he dado con la lengua, para demorar la llegada a esa meta que descubro tan próxima, aunque tan arriesgada.

No sé si hay prisa, cuán denso suele ser su dormir, cómo será su ánimo al despertar, qué actitud tomará, en fin, desconozco por completo quién es la dueña de este cuerpo que me está deparando un placer inusitado en una situación tan extraña. El miedo por estar aquí, las preguntas acerca de qué me puede pasar, a qué se debe esto, se han esfumado en mi excitación, y han cedido su lugar al espanto de que me pueda ver obligado a detenerme ahora. No logro pensar en otra cosa que no sea sentirla, recorrerla, apropiármela, incluso llego a agradecer las circunstancias. Es casi mágico poder tener así a una mujer, literalmente fuera de contexto...

Recuerdo ahora un viejo relato japonés, acerca de un anciano que pagaba por dormir en la misma habitación con una hermosa joven sedada... ¿Estará la mía en iguales circunstancias? ¿A qué se debe su sueño tan intenso? ¿Por qué estará ella acá? Y por otro lado... ¿será joven, será bella? El tacto puede engañarme en ese aspecto, sus proporciones podrían ser poco gratas a la vista, su cara es imposible de componer a través de mis manos en una imagen coherente, su piel no es más elástica o áspera de la cuenta como para darme un indicio. Además, falta todo el resto: su voz y, tras ella, sus palabras. Sus gestos, su historia, sus proyectos...

Pero no quiero dispersarme, dejar evaporar esta mágica oportunidad. Reconecto mi mente a mis sensaciones y advierto que me he desentendido de lo que mis yemas me decían acerca de sus pantorrillas y tobillos; entonces me propongo explayarme en los pies, de corta planta, algo áspera y forma egipcia, regular. Y mi boca ya no logra reprimirse: se apodera con timidez de su dedo mayor, que choca suavemente contra mi paladar. Tras recorrer la escala, deshago mis pasos con la punta de la lengua, que sube muy despacio por una de sus piernas sin perderse detalle. Beso con suave pasión la curva de sus rodillas y mantengo el ritmo del ascenso. Su muslo es demasiado extenso y las manos regresan como apoyo. De nuevo eludo toparme con el escondite que más ansío encontrar, pues antes prefiero humedecer su torso con mi aliento, buscar su cuello, bajar por su garganta, perderme entre su busto, descansar mi cabeza en su estómago...

Es imposible reprimirlo más: mis dedos se enredan en los pelos de su monte y se preparan para describir la anatomía secreta. Tengo que usar algo de fuerza para entreabrir sus piernas que con pericia guardan la entrada, pero pronto, tras un par de caricias intrépidas, ceden y me ofrecen la vía al infinito. Abro mis sentidos para captar cualquier alteración en su estado, pero no me devuelve nada, ni un gesto de asentimiento ni una negativa, por mínima que sea. Comienzo entonces mi laborioso intento de seducción a tientas. Repaso con suavidad la superficie carnosa, que imagino rozagante, si bien está cerrada aún al goce. Entonces decido inmiscuirme entre los primeros pliegues, la comisura de su otra sonrisa, y empiezo a deshojar la flor que me está haciendo herir. Traspaso una a una sus puertas, hasta llegar a las profundidades prometidas. Su cueva es cálida y cerrada, pero le hace falta humedad. Intento conseguirla con movimientos, que se van haciendo cada vez más ágiles, más intensos, más profundos, pero noto que hace falta más. Así que intento encenderla con la fiebre de mi lengua...

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