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| 8/8/2015 10:00:00 PM

Frida Kahlo o sufrir frente al espejo

Frida Kahlo está de moda. En Londres, París, Nueva York, Ciudad de México, Tijuana, Detroit y Fort Lauderdale, entre otras, se han inaugurado exposiciones sobre su obra.

Frida Kahlo duró años convencida de que su arte no entusiasmaría al público. Como su principal fuente de inspiración eran sus más íntimos pensamientos, creía que solo a ella misma podía interesarle. Se equivocaba. Sus cuadros reflexionan sobre la pasión, el dolor, la soledad, la feminidad y la muerte, es decir, sobre temas universales. Por eso, y por su encanto particular, este año varios museos y galerías alrededor del mundo han inaugurado exposiciones sobre su obra, su fogosa relación con el también artista Diego Rivera, su militancia política, su romance con León Trotsky y su interés por la naturaleza y la jardinería. En 2015, Frida Kahlo parece estar más viva que nunca.

La mexicana comenzó a pintar a los 18 años, poco después del accidente que le rompió la columna vertebral, la pelvis y una pierna, y la condenó a luchar el resto de su vida contra un dolor insoportable. Postrada en una cama durante meses, dibujó para combatir el aburrimiento. Como no podía mover su cuerpo, su dolor y sus pensamientos se convirtieron en la temática de sus cuadros. Solo de vez en cuando retrataba a los familiares y amigos que iban a visitarla. Pero el grueso de su obra es absolutamente egocéntrico. Hasta entonces ningún artista había mostrado tanto interés en sí mismo, y por razones tan íntimas.

En el siglo XV, el alemán Alberto Durero se había dibujado varias veces primero como artesano, luego como noble y por último con cualidades divinas. Pero su interés tuvo más que ver con el hecho de que los artistas comenzaban a ser reverenciados por la sociedad –y él quería impulsar ese cambio– que con una reflexividad casi obsesiva. Durante el Renacimiento dejaron de ser considerados artesanos –cuyo trabajo se reduce a la habilidad manual– y se convirtieron en sabios capaces de crear belleza, pues conocían al derecho y al revés las leyes de la geometría y los misterios de la naturaleza. En su condición de artista, Durero se sintió superior a los demás y lo reflejó en sus cuadros.

El caso de Frida es distinto. Ella pintaba autorretratos porque estaba encajonada dentro de sí misma y no porque quisiera hacerle saber a la sociedad la importancia de su persona. Kahlo –al igual que había hecho el filósofo francés Michel de Montaigne siglos atrás– se eligió como objeto de estudio y comenzó a reflexionar sobre cada uno de sus pensamientos, sus sentimientos y sus actitudes. Esta línea de investigación surge casi por instinto y a pesar de ser absolutamente subjetiva, siempre comparte el punto de llegada con los demás; en el caso de Frida, especialmente, con las mujeres.

Desde joven, Kahlo supo identificar a la perfección las particularidades que la harían inconfundible. En Autorretrato con vestido de terciopelo (1926) –pintado meses después del accidente–, aún no se ve a la mujer que exalta sus raíces mexicanas pero la mirada enigmática y la ceja unida ya están ahí. En el cuadro la artista parece una dama europea del Renacimiento, y se nota que en ese momento no dominaba las técnicas de la pintura porque su cuerpo es más tieso de lo que debería ser y los espacios dentro de la imagen no están bien distribuidos.

Con el tiempo, la icónica Frida –adornada con los coloridos huipiles, los elaborados peinados y la pesada joyería típica de su país– fue apareciendo en sus obras. Para entonces ya se había casado con Diego Rivera y sufría con la debilidad que este tenía por las mujeres: por las modelos que posaban para sus murales y, por un tiempo, por su propia cuñada Cristina, la hermana de Frida. Kahlo expresaba la amargura de la traición a través de su arte. En Diego y yo (1949) se pintó despeinada, con el rostro lleno de lágrimas y su propio pelo casi ahorcándola, pero con la imagen de Diego tatuada en la frente como si no pudiera dejar de pensar en él un segundo. Y en Las dos Fridas (1939) –realizado poco después de su divorcio– se ve a una Frida con el corazón palpitante unido a una pequeña imagen de Diego, mientras que la otra corta la vena que los unía y parte su corazón.

La imposibilidad de tener hijos la llevó a explotar lo femenino en su arte. Kahlo tuvo tres embarazos pero su cuerpo –maltrecho por el accidente– fue incapaz de llevarlos a término. Henry Ford Hospital (1932) narra la desolación y el vacío de una mujer que acaba de perder a su primer hijo y que sabe que su organismo jamás le permitirá ser madre. En el cuadro aparece ella en el momento del aborto, el niño que nunca llegó a ser y la pelvis fracturada. Kahlo hizo varias obras sobre el tema y en todas ellas resalta la fisiología femenina, el milagro de la reproducción y su desconsuelo al no poder vivirlo.
Frontera entre México y Estados Unidos (1932) –entre otras obras– hizo a muchos pensar que hacía parte de la corriente surrealista que por esos años estaba de moda en Europa. Pero Kahlo enfatizaba que no se inspiraba en los sueños sino en la realidad. La obra muestra a una mujer nostálgica que idealiza a su país y desprecia lo nuevo, y no un mundo en el que la irracionalidad del inconsciente es la ley predominante.

Kahlo inició la ahora popular tendencia de los artistas egocéntricos. En 1989, Jeff Koons –por ejemplo– creó la serie Heaven en la que se muestra teniendo relaciones sexuales con su entonces esposa Ilona Staller, la Cicciolina. Pero el actual egocentrismo parece distinto. Kahlo pintó para expresar y sobrellevar el intolerable dolor de su cuerpo, mientras que los artistas de hoy reflejan el creciente egoísmo de la sociedad y la moda de convertir la vida de cada quien en un espectáculo.
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