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| 6/2/1997 12:00:00 AM

FUERA DE SERIE

La exposición de Henry Moore, exhibida en el Museo Nacional, es una de las más importantes que han llegado a Colombia en la última mitad del siglo. Análisis de Eduardo Serrano.

Una rápida mirada al calendario de las muestras artísticas llevadas a cabo en Bogotá en los últimos años hace manifiesto que el país fue sacado abruptamente del circuito de las grandes exposiciones internacionales. Ya no hacen escala en Colombia aquellas exquisitas presentaciones de los maestros de la modernidad que nos permitieron apreciar directamente su ingenio en la creación de nuevos estilos y tendencias. También dejaron de llegar aquellas muestras provenientes del Museo de Arte Moderno de Nueva York que nos pusieron en contacto con el arte producido a partir de la Segunda Guerra Mundial. Y ya ni siquiera se han vuelto a presentar exposiciones de los más logrados artistas de Latinoamérica, limitándose las posibilidades de conocimiento y experimentación de la historia del arte internacional a unas cuantas muestras de creadores jóvenes cuyas obras, en algunos casos, han sido reinterpretadas en Colombia. Por ello, y porque las esculturas de Henry Moore figuran entre las más vitales y sugerentes del siglo XX, su exposición en el Museo Nacional constituye el acontecimiento plástico del año, y posiblemente de la década -si se tienen en cuenta los costos cada vez más exorbitantes del traslado de obras de arte a un país que se considera de alto riesgo-.
La obra de Moore es muy numerosa pero la exposición fue cuidadosamente seleccionada de manera que están representadas todas sus etapas y, sobre todo, sus distintos propósitos dentro de una trayectoria en la que no se puede hablar de sorpresas sino de continuidad. La muestra se inicia con trabajos de su época de estudiante, como Cabeza de la Virgen de 1922, que permite identificar miras académicas, y como Perro, del mismo año, en la cual ya es claro el interés que le suscita el arte de los pueblos llamados primitivos, tanto contemporáneos como de la antigüedad.
Es decir, desde los inicios de su carrera Moore rechazó los conceptos de belleza del clasicismo y el Renacimiento, poniendo en su lugar el ideal de fuerza vital y vigor formal que reconocía en las esculturas de culturas no occidentales. Y este ideal se materializó en las formas claras y directas que adoptó en su producción, en el balance entre sus luces y sus sombras y en la energía que se deriva de sus protuberancias y vacíos. La monumentalidad que exteriorizan inclusive sus obras más pequeñas, es igualmente resultado de su simplicidad y esencialidad, dos virtudes de fácil identificación en las colecciones étnicas del Museo Británico.
En el trabajo de Moore es también reconocible un gran respeto por las propiedades, peso y carácter estático de los materiales, y aunque no se incluyen en la muestra obras en madera que permitan comprobar su atención a la orientación de las vetas y del crecimiento orgánico, es clara su cuidadosa consideración de las implicaciones de los distintos elementos. Gracias a ello obras como Perro, Muchacha con manos unidas y Talla, entre las incluidas en la muestra, dan la impresión de que el artista percibía de antemano las formas contenidas en los bloques de piedra y que su misión consistía únicamente en sacarlas a la luz. Las piezas en bronce son, a su vez, un elocuente testimonio de la conciencia del artista sobre los distintos colores y texturas de este metal, al igual que las obras en otros materiales como plomo, por ejemplo, Cabeza con Casco Nº 1, la cual guarda una estrecha relación entre su contenido antibélico y la forma y connotaciones de sus ingredientes. Su trabajo involucra algunas veces cuerdas que atraviesan las concavidades trazando líneas rectas que contrastan con las formas ondulantes.
Moore trabajó muchos temas de esencia figurativa (Familias, Guerreros Caídos, Figuras Sentadas, Reyes y Reinas) así como diversas composiciones abstractas, pero sus obras más famosas son las numerosas versiones de la Figura Reclinada y de La Madre y el Hijo. Las primeras fueron inspiradas por el Chac Mool, una representación maya del espíritu de la lluvia. Se trata de trabajos que tienen el impacto emocional de conformaciones naturales, y que se pueden mirar indistintamente como una figura que se parece a unas colinas, o como una piedra o una forma natural representada en bronce que sugiere un cuerpo femenino. El tema de la madre y el hijo también proviene de tiempos prehistóricos pero en las imágenes de Moore llama la atención la estrecha unión entre las dos figuras y su connotación de amparo y protección materna carnal: de la madre carnal y de la madre tierra.
Moore se acredita como uno de los primeros escultores que trabajó el hueco, el espacio dentro de un volumen, y como el creador de la forma externa que contiene otra forma en su interior. Su trabajo representa además una invitación a la comprobación táctil, pero sin ilusiones: lo que se toca es siempre piedra, bronce o madera. Es una lástima que no hagan parte de la exposición piezas que permitan su presentación al aire libre, donde se pueda comprobar su armonía con los accidentes de la naturaleza y su contraste con la rigidez de la arquitectura moderna, pero es una ausencia perfectamente comprensible dada las dificultades del transporte.
La muestra incluye también grabados y dibujos, algunos de ellos realizados como manera de generar ideas para el trabajo tridimensional. Para Moore el dibujo era un método de estudio y observación de las formas naturales en cuya elaboración combinaba lápiz, aguada y pastel. Se destacan como testimonio del comportamiento humano en condiciones adversas los dibujos basados en la vida en los refugios del subterráneo realizados durante la Segunda Guerra Mundial, y también los dos trabajos sobre las minas de carbón de Castleford, su lugar de nacimiento.
Aunque la obra de Henry Moore puede parecer repetitiva y no cuenta con muchos seguidores entre los escultores modernos, quienes se mostraron más interesados en el concepto constructivo y en las posibilidades inéditas de los materiales contemporáneos, se trata de un artista que logró cargar con fuerza y vitalidad las asociaciones sicológicas de las formas y que, precisamente por su mirada a culturas diferentes de la occidental, ha adquirido una nueva vigencia en el contexto pluricultural, naturalista y posmoderno de este fin de siglo.
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