Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1999/06/14 00:00

GAJES DEL OFICIO

Detrás de las grandes obras de la literatura hay un proceso creativo, a veces tormentoso, al <BR>que ningún escritor ha escapado.

GAJES DEL OFICIO

Alguna vez el norteamericano Ernest Hemingway confesó al periódico Paris Review que la
última página de su novela Adiós a las armas le costó tanto trabajo que tuvo que repetir- la 39 veces antes
de escribirla en su versión definitiva. Algo no menos anecdótico le sucedió a León Tolstoi con su obra Ana
Karenina. El escritor ruso creía tener todo tan claro en su mente que llegó a afirmar que en 15 días la
escribiría. Pero no fue así. Sólo después de desechar tres versiones completas, de sufrir el apuro que
implicaba su compromiso de publicación y luego de tres años de trabajo Tolstoi logró terminar la novela.
Aspectos como estos podrían resultar irrelevantes para los lectores, quienes opinan que al fin de cuentas lo
que vale es la obra final. Sin embargo para los escritores son situaciones a las que parece imposible
escapar. El caso de Los miserables es uno de los más llamativos. Víctor Hugo tardó 25 años en consolidar
una idea que nació con la intención de hacer un breve relato sobre la injusticia en las cárceles de Francia.
Después de dejar y retomar el proyecto muchas veces, siempre con el temor al fracaso, finalmente Hugo
culminó la novela impulsado por la figura de un obispo que llamó su atención y por ideas que no lo dejaban
tranquilo, como la cadena perpetua impuesta a un ladrón que robó un pan. A toda prueba Ejemplos como los
anteriores colman la historia de la literatura universal. Conscientes de que no siempre la fluidez en la
redacción se alcanza cuando se quiere, o simplemente porque han advertido que trabajar a partir de
ciertos elementos facilita su trabajo, los escritores se han visto en la necesidad de apoyarse en métodos
que ayuden a la construcción de sus personajes, de la trama y hasta del espacio físico donde se desarrolla
la novela, desvirtuando la creencia de que todo es cuestión de inspiración. En este sentido hay autores que
no han tenido problema en confesar sus procesos creativos. Los surrealistas no dudaron en difundir la
escritura derivada del llamado 'binomio perfecto', que partía de la unión de dos palabras que no tenían nada
en común. Otro ejemplo conocido es el del italiano Umberto Eco, quien una vez terminada su novela El
nombre de la rosa publicó las apostillas del libro, en las cuales afirma que tardó un año para fijar los más
mínimos detalles de la la abadía que sirve de escenario para la obra. Para él, tener este aspecto claro le
permitió la máxima coherencia hasta en los diálogos: "Cuando dos de mis personajes hablaban mientras
iban del refectorio al claustro yo escribía mirando el plano y cuando llegaban dejaban de hablar". El
norteamericano Edgar Allan Poe también consideraba que escribir iba más allá de la inspiración que se podía
tener en un instante, y por ello concibió su famoso poema El cuervo de manera matemática. De
antemano sabía que el efecto de melancolía que quería producir en el lector debería ser proporcional a la
extensión del poema. Se propuso escribir alrededor de 100 versos y finalmente hizo 108. Así mismo
empleó el estribillo never more, (nunca más) que se repite a lo largo del poema, para enfatizar el
sentimiento de tristeza de la composición sin que necesariamente él la estuviera sintiendo cuando la
escribió. Incluso hay escritores que son más mecánicos. El argentino Osvaldo Soriano, en su libro Piratas,
fantasmas y dinosaurios, cuenta que su compatriota Manuel Puig no escribía ni una palabra mientras no
supiera qué iba a pasar de principio a fin, capítulo tras capítulo. Otros, según Soriano, como Antonio Dal
Masetto, suelen recurrir a la recolección de apuntes tomados en diferentes momentos de la vida para
darle rienda suelta a una historia. El cubano Guillermo Cabrera Infante, por su parte, necesita tener el
título de la novela en su mente antes de escribir. Para él lo demás se desarrolla de acuerdo con el nombre
que escogió. Mientras que para algunos como Gabriel García Márquez, su principal inquietud ha sido siempre
la concepción del primer párrafo. Pero también hay quienes admiten estar presos por algo inexplicable. Jorge
Luis Borges sostenía que el escritor es un "amanuense" entre la realidad y el papel. Según él, un cuento
podía partir de una imagen, una frase, un recuerdo o, como en el caso del cuento El Zahir, de la palabra
"inolvidable". Para Julio Cortázar las historias tienen su propia vida y por ello decía desconocer el final de sus
narraciones al momento de sentarse frente a la máquina de escribir. Empezaba por cualquier parte, sus
personajes nacían de la unión de dos o tres individuos que conocía en la vida real y su único objetivo
siempre fue trabajar la mezcla entre lo cotidiano y lo fantástico. Ni siquiera el norteamericano Henry Miller
quien concibió casi todas sus obras de manera autobiográfica pudo escapar a los esquemas previos a la
redacción. Son conocidos los manuscritos donde diseñó el plan a seguir en su Trópico de Capricornio y
las novelas que componen su Crucifixión Rosada: Sexus, Nexus y Plexus. Otros escritores se han
preocupado más por el ambiente y la forma de trabajo. Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa dejaron en claro
que preferían hacerlo a mano. Otros, llegaron a seguir la afirmación de Henry Miller: "Yo soy una máquina
de escribir", y en el caso de William Faulkner siempre advirtió que no importaba cómo, pero que el mejor
lugar para hacerlo era un burdel. Hemingway, se sabe, prefirió el hotel 'Ambos Mundos' en La Habana, donde
concibió muchas de sus obras. ¿Oficios inoficiosos? Algunos escritores creen poco necesario el empleo de
cualquier técnica o método, pero para otros son casi indispensables. No en vano el mexicano Octavio Paz
decía que escribir era un proceso doloroso y de enormes esfuerzos: "Escribir es una maldición. Lo peor
es la angustia que precede al acto de escribir... las horas, días o meses durante los que buscamos en
vano la frase que abre el grifo que hace fluir el agua". Las anotaciones que el escritor ruso Mijail Bulgakov
hizo al margen en los borradores de una de sus novelas lo ratifican: "Dios mío, ayúdame a terminarla". Ante
eso Ernesto Sabato siempre defendió su posición: "No se debe escribir si esa obsesión no acosa, persigue
y presiona desde las más misteriosas regiones del ser. A veces, durante años". Las confesiones al respecto
son de tanta magnitud que muchos libros se han dedicado exclusivamente a contar las intimidades que
antecedieron a los textos finales más famosos dentro de la literatura mundial. Lo cierto es que, contrario a
lo que se puede pensar, los grandes genios de la literatura siempre han tenido que debatirse con la
permanente amenaza de que el don de la escritura los abandone en algún momento. Y más cuando se
enfrentan a lo inevitable: una hoja de papel en blanco.
Julio Cortázar Empezó Rayuela por el capítulo 62, que está ubicado en la mitad de la novela. Nunca sabía los
finales de sus cuentos cuando se sentaba a escribirlos y sus personajes eran el producto de la fusión de
dos o tres personas de la vida real que él conociera. Creía que cada historia tenía su propia vida: "Siempre
me he sentido un poco médium cuando escribo cuentos, veo nacer frases con cierta independencia de mis
decisiones", afirmaba. Ernest Hemingway Cuando se cansaba escribía una frase sólo hasta la mitad para
al siguiente día poder retomar la idea fácilmente. Cuando terminaba sus novelas hacía una lista con 100
nombres de personajes y de allí seleccionaba los que más le gustaban. Consideraba una buena jornada de
trabajo cuando gastaba por completo siete lápices. William Faulkner En mi caso una historia
generalmente comienza con una sola idea, un recuerdo o una imagen mental", dijo alguna vez. Para
Faulkner el mejor ambiente en el que podía trabajar era en el de un burdel. No creía en los métodos
mecánicos: "Un artista es una criatura impulsada por demonios". Muy pocos escritores creen que sus
libros son producto de la inspiración Umberto Eco En El nombre de la rosa empleó todo un año
solamente para construir con lujo de detalles la abadía donde se desarrollaría la obra. "La cuestión es
construir el mundo, las palabras vendrán por sí solas", afirma. Leyó durante meses a los cronistas
medievales para que su tono se asemejara al de ellos y así escapar a expresiones del siglo actual.
Después de pensar en títulos como Adso de Melk y La Abadía del crimen optó por el que se conoce para
despistar a los lectores. Mario Vargas Llosa Siempre trabaja en las mañanas, pues facilitan su creación.
Escribe a mano aunque nunca más de dos horas seguidas: "Se me acalambran las manos", dice. En el
período de descanso pasa a limpio sus textos a un computador y hace las correcciones respectivas. Antes
de empezar hace un bosquejo general de lo que será la novela. Trabaja seguido de lunes a sábado sin recibir
ni siquiera llamadas telefónicas. Milan Kundera Para él sus novelas se sustentan siempre en cinco
palabras, las cuáles va analizando, estudiando, definiendo y transformando a lo largo del relato. En La
insoportable levedad del ser se basó en el peso, el alma, el cuerpo, la fuerza y la levedad. Algo similar
ocurrió con El libro de la risa y el olvido, La broma, La despedida y La inmortalidad. Muchos coinciden en
que no siempre escriben lo que se proponen

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